Desde el mismo momento en que el gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann, desistió públicamente de su candidatura presidencial a la interna del PJ comenzó a oscurecerse la democracia en la Argentina por esta circunstancia: con su paso al costado el grupo fuerte de intendentes bonaerenses justicialistas, unidos detrás de Eduardo Duhalde, sintieron que entraba en riesgo su hegemonía de años en sus lares dado que no tenían otra alternativa electoral nacional fuerte para enfrentar el posible retorno del ex presidente Carlos Menem, encumbrado día a día, más que por sus acciones por la desesperación transformada en torpeza de sus adversarios. De ahí en más comenzaron las maniobras que buscan culminar entre noviembre y marzo próximos y que se lanzarán con los decretos de convocatoria.
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Este actual proceso electoral desde ya no fue impuesto por la sensatez política, que no la hay suficiente como para superar en el país el conjunto de desmedidas ambiciones personales de sus hombres públicos, con la quizás única excepción de Carlos Reutemann. La elección se tornó ineludible como salida a una crisis económica extrema.
Extrema pero no suficiente como para hacer ceder en sus posiciones egoístas a muchos políticos.
Se arrancó la etapa con sueños de «no votar más listas sábana», que disimulan a los ineficientes; de reformar la Constitución nacional para volver al Colegio Electoral; de reducir el Senado. Se proponían leyes para bajar el costo de la política vía menos escaños en todos los niveles. Hasta el actual presidente -comenzando a mostrar sus apetencias quedantistas en cuanto al poder- insinuaba un cambio tan profundo que implantaría por primera vez en América el régimen parlamentario tipo europeo. Se pretendía por ese atajo -totalmente inadecuado en países americanos en desarrollo, díscolos y necesitados de ejecutividad- el aprovechar más legisladores en el Congreso. Que la provincia de Buenos Aires, o en realidad unos cuantos intendentes justicialistas con mentalidad muy particular, se erigiera en República central con una serie de provincias satélite alrededor y que no abandonara más el poder de decisión nacional que, curiosamente, nunca logró con uno de sus gobernadores que haya sido electo en urnas sino «designado», precisamente como es ahora Eduardo Duhalde. Los tan criticados «mercados» terminaron siendo más democráticos que los políticos argentinos al enfilar con su accionar una elección democrática que provea un gobierno electo sólido. Pero el duhaldismo no lo permitirá y la lucha entre mercados representantes de miles de voluntades y políticos quedantistas para defender intereses privados destrozará más el país, si aún fuera posible.
De todas aquellas fantasías de cambiar las aberraciones políticas tradicionales se derivó a algo pequeño pero que sonó valioso: ley electoral sancionada para obligar a democratizar y abrir oportunidades con figuras nuevas en los partidos políticos con elecciones internas abiertas y simultáneas que serán el 24 de noviembre próximo. Pero a la ley el mismo Duhalde le vetó un artículo aparentemente intrascendente aunque era su gran sustento democrático: decía que debía hacerse con padrones «diferenciados», o sea los generales separados de los de afiliados a partidos.
Se hizo una parodia de discusión en la Casa Rosada con jueces federales (ver nota aparte) y el presidente de la Nación donde quedó claro el desprecio a la voluntad de los ciudadanos. Allí se ratificó que «no había tiempo» de elaborar padrones de afiliados a partidos separados del padrón general de ciudadanos «independientes». Ya el veto había sido dispuesto antes de esa reunión. Los jueces electorales creyeron que fueron a opinar. En realidad dentro de la trama, sólo fueron llevados a convalidar el plan en marcha porque era obvio lo que iban a decir: con los escasos medios actuales en la Justicia no tienen posibilidades materiales de llegar a noviembre realizando «padrones diferenciados». Jamás se les ofrecieron más medios para hacerlo. Es lógico, no conviene al plan bonaerense.
La fantasía de una gran reforma política en la Argentina derivó así, por «falta de tiempo», a una encerrona como será esta «interna» de noviembre y, por el mismo camino, su derivación a la posibilidad de una elección presidencial condicionada a los candidatos, por lo menos del justicialismo, que al actual gobierno le interesen.
¿Consecuencia? Se puede proclamar otro presidente de la Nación con pies de barro en marzo, algo que sólo ahondaría los problemas de la gente.
Porque los decretos de convocatoria que -con alarmante fruición por todo lo antidemocrático-anunció el monopolio «Clarín» el sábado (el lector lo puede ver en ambitoweb.com) incluyen esta tropelía: los candidatos presidenciales de un partido los pueden designar, en definitiva, los afiliados de otro partido. Esto es porque se agregó la cláusula de que los partidos con «lista única», los más autoritarios por carecer de disidencias inter-nas o creados para un político, no tienen obligación de cumplir con tal elección y sus afiliados pueden sumarse a los «independientes» e ir a votar a las mesas de los partidos rivales para acre-centar en votos al candidato más leve que pueda enfrentarlos en marzo.
Curioso país la Argentina que proclama Padre de la Patria a un general como José de San Martín, que en menos de 900 días armó un ejército en Mendoza bajo el lema «Si no tenemos uniformes iremos en pelotas, como nuestros hermanos los indios»; cruzó los Andes; ayudó a liberar dos pueblos, y consolidó la independencia del propio. Ahora los «hijos» de tal Padre dejarán mutilar la voluntad ciudadana y la democracia como principio de vida por no poder hacer simples padrones diferenciados impresos para votar como se debe en una interna partidaria.
Rápido en reflejos para su quedantismo acendrado, Eduardo Duhalde pensó: «O sigo yo hasta que tengamos padrones separados o hacemos votar a todos en todos los partidos». Como la situación económica apremia entonces...
Lo que no se dan cuenta en el gobierno -o se dan cuenta pero no les importa ante sus intereses privados en juego- en estas estrategias mezquinas es que si un presidente de la Nación no es correcta e incuestionablemente electo en marzo no se solucionará la economía porque estaremos en la misma endeblez institucional que ahora y con De la Rúa. Quizás un poco, sólo un poco menos. Pero no bastará, sin duda.
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