Se exageró pero no lo extrañarán

Política

«Estoy frito», se le escuchó decir a Aníbal Ibarra al entrar a la sala donde le leerían la sentencia de destitución. Minutos antes, desde el despacho del presidente de la Legislatura, confesó por teléfono a un secretario de Estado del gobierno Kirchner que estaba «desolado» porque se había enterado del voto en contra de Helio Rebot, espada del oficialismo que fue apoderado de la fórmula Kirchner-Scioli en las presidenciales de 2003. Ese voto a favor de la destitución de un hombre a quien debió controlar el principal aliado de Ibarra hasta ayer -el gobierno nacional a través del propio presidente y de Alberto Fernández- era inevitable que arrastrase a un hombre en las antípodas, el anarquista Gerardo Romagnoli, que accedió a la banca con la sospecha de una ayuda de campaña del macrismo.

Cuando se sentó a escuchar los votos que lo mandaron a su casa, Ibarra ya sabía qué carpeta elegir para sus palabras finales. No creía las últimas palabras que le había transmitido Alberto Fernández: «Con Rebot está todo bien, pero ya sabés que es un tipo suelto». Tampoco prosperó una gestión del propio ex jefe de Gobierno de la Ciudad ante Jorge Argüello, un peronista que pasó del macrismo al kirchnerismo, a quien se le atribuye un padrinazgo por sobre Rebot. Nadie del peronismo que se hizo ayer con el Gobierno de la Ciudad a través de Jorge Telerman ayudaría a Ibarra.

Aunque se fue a dormir el lunes con cierto margen de optimismo -confiaba todavía en las abstenciones de Rebot y Romagnoli-, había dedicado Ibarra ese día a preparar en la oficina que tiene en la Fundación dos discursos para enfrentar cualquier resultado. «Plan A y Plan B», sonrió al mostrarle las carpetas a un auxiliar antes de irse ese día a su casa. Eligió la que explica este final. De la otra, la triunfante, no trascendió nada.

• El resultado de ayer en realidad es una muestra de que la crisis política que se abrió en el año 2001 no ha cesado en sus efectos en la Argentina. La presión de un grupo de ciudadanos, los doloridos familiares de las víctimas de Cromañón, torció la voluntad del gobierno de Kirchner (que alardeó aquí de una fuerza que no tenía) sumada al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el tercer presupuesto del país, y al arco de referentes que se manifestaron en favor del destituido jefe de Gobierno, de Raúl Alfonsín a Estela de Carlotto, pasando por Chacho Alvarez, Daniel Scioli, Vilma Ibarra, Aníbal Fernández, Hermes Binner, Víctor Santamaría y Felipe Solá, los bloques legislativos del oficialismo y decenas de organizaciones presentes en el acto de la semana pasada en la Plaza de Mayo y que publicaron varias solicitadas en la prensa. Todos integraban hoy una larga lista de perdedores.

• Lo que más influyó en el final de Ibarra es que quienes le votaban en contra también sabían que no suprimían un administrador exitoso. Lo mismo sentía la gente que no percibe ahora que le hayan arrebatado nada que apreciara.

Esta confirmación del protagonismo de la muchedumbre por sobre las instituciones -como aboga el anarquismo de Toni Negri- es para algunos auspiciosa. Para otros es el síntoma fatal del temor de los gobiernos ante la sociedad que supera -cada vez que tiene la oportunidad- al Estado, como ocurrió en 2004 con la aparición del fenómeno Blumberg o en las últimas elecciones legislativas de 2005, cuando la opción «No Voto» fue la expresión mayoritaria con 35,4% de las adhesiones, por encima de las que recibiera cualquier partido político. Los entrerrianos que llevan al gobierno a un estado de duro enfrentamiento con el Uruguay por la construcción de las papeleras no son muchos más que estos doloridos padres de Cromañón. Titubean frente a ellos el gobierno nacional y provinciales, también sin respuesta ante un reclamo de principio como es la defensa del medio ambiente.

• Esa debilidad alimenta la idea que siempre tuvo el gobierno nacional -uno de los principales perdedores de ayer- de que el costo de la caída de Ibarra lo pagaría también Kirchner. Estragado por la lectura de las encuestas, el Presidente participó de todos los esfuerzos de autodefensa que emprendió el ex jefe de Gobierno a partir de diciembre de 2004. Desde acompañarlo en el ocultamiento ante la opinión pública el día de la tragedia durante cuatro días, siguiendo por el auspicio de la designación de Juan José Alvarez como fugaz secretario de Seguridad de la Ciudad. En este nombramiento juntaron fuerzas todos quienes en enero del año pasado creyeron que la caída de un jefe de Gobierno por una tragedia de esta naturaleza los perjudicaría a todos: Kirchner, Eduardo Duhalde, Mauricio Macri, entre otros.

• Ese acompañamiento siguió hasta las últimas gestiones que hicieron en vano los funcionarios de la Jefatura de Gabinete nacional sobre el voto del legislador porteño Rebot. La derrota de Rafael Bielsa en las elecciones del 23 de octubre frente a Macri y Elisa Carrió fue un primer pago del costo de la Casa de Gobierno a esta adhesión a Ibarra, con quien el candidato del oficialismo se sacó una foto aun cuando ya corría la veda electoral. Con timidez el Presidente apenas habilitó a algunos funcionarios de su entorno para que le atendieran el teléfono al primer beneficiario de la sentencia de ayer, Telerman. Embalados por esta oportunidad de esmerilarlo a Alberto Fernández en las cercanías de Kirchner, estos funcionarios -entre quienes están Carlos Zannini y Julio De Vido- hablan desde hace un mes de que el vicejefe será el candidato del oficialismo a jefe de Gobierno en 2007. El peronismo, fracción a la cual el electorado porteño ha desairado históricamente en las urnas, cumpliría un sueño con aliados impensados.

• Un rol clave en este final obró el marco político en que transcurrió: los adversarios de Ibarra se quitaron cualquier insignia partidaria y concentraron el fuego en los reproches a su gestión no en las causas y consecuencias de la tragedia. El procesado, en cambio, forzó hasta donde pudo la dialéctica política de la situación: se dijo abanderado de un gobierno progresista acosado por el centroderecha de Macri y la «frivolidad» que adjudicaban a Carrió. Le sirvió para juntar fuerzas pero también para que sus enemigos se mantuviesen unidos en el objetivo de destituirlo. No se animó a hacer figurar entre esos adversarios al cardenal Jorge Bergoglio, que dedicó muchos esfuerzos a contener y hasta albergar -con más eficacia que el Estado- a los padres de las víctimas. Cumplía con un rol pastoral pero también con su tácita misión de obispo que es ponerse enfrente de un gobierno laico, de centroizquierda, protagonizado por un ex militante de la Federación Juvenil Comunista y que promueve leyes de educación sexual, etc. Quienes hurgan en lo invisible afirman que hubo en Bergoglio algo de sus convicciones políticas, ligadas a su pasado en el peronismo y también a su pertenencia a la Compañía de Jesús. Para los jesuitas el proverbio latino «vox populi, vox dei» es una ley y son educados en escuchar el clamor de la gente, y seguirlo por sobre cualquier otra consideración.

• Dividir las aguas en punto a ideología buscaba arrinconar a Macri y Carrió como únicos culpables, de manera de replicar en la plaza el resultado electoral de 2003, cuando Ibarra le ganó en ballottage a Macri. Olvidó que había otro mapa, el de las elecciones de octubre pasado, cuando el gobierno salió tercero en las urnas; la gente que logró reunir la semana pasada en la Plaza de Mayo es la misma que apoyó al perdedor Bielsa. Vista desde el resultado de ayer, esa concentración y exhibición de adhesiones fue una sobreactuación innecesaria. Nadie puede decir que influyese sobre votos de legisladores ya decididos en uno u otro sentido, pero seguramente irritó a muchos moderados a quienes Ibarra hubiera podido convencer con más eficacia. Después de todo Ibarra no puede reprocharle a Macri o a Carrió que hagan lo posible para perjudicarlo -es una ley odiosa de la política- y tampoco que legisladores que hacen todo para que el público los aclame hayan buscado una hora de calor popular sin pensar en la jurisprudencia que dejan asentada.

• Estos manejos desnudan otra causa del resultado de ayer: Ibarra cae como el resto arqueológico de una Argentina política que ya no existe. Llegó a la política como concejal del «chachismo» en 1991, fue convencional antipactista en 1994 y en 1997 ascendió a las alturas en las listas de la Alianza con la UCR. Lo sucedió a Fernando de la Rúa en el año 2000 en la Jefatura de Gobierno junto a un personaje que parece de otra era geológica, Cecilia Felgueras. Repitió en 2003 ya transferido al kirchnerismo. Logró todo eso explotando en su favor todos los recovecos de la crisis política del país, que lo pusieron en uno de los cargos políticos más altos pero sin un partido ni un bloque de legisladores que lo apoyasen. Hijo de la crisis, se lo lleva la crisis.

• Antes de la tragedia de Cromañón el cielo parecía su límite: pensaba hasta en ser candidato en 2007 a presidente, o a vice de un Kirchner reelecto, o en reformar la Constitución porteña para perpetuarse en la Jefatura de Gobierno. En dos horas su destino se convirtió en un infierno y su persona en otro rostro de esa misma tragedia. En otros tiempos lo habrían descripto como modelo del pecado de desmesura («hybris» lo llamaban los griegos); tuvo tanto que se creyó eximido de defenderlo como los otros defienden lo poco que tienen. Quienes gustan de la justicia poética miran también hacia las entretelas de ese poder ilusorio que construyó Ibarra: lo hizo como el perpetuo fiscal que derrumbaba prestigios al ritmo de las presentaciones judiciales. Aprendió pronto cómo podía emplearse la justicia para construir poder político, y sus víctimas -Carlos Grosso, Matilde Menéndez- sonríen hoy cuando lo ven al final de la cola de los réprobos. Cuando se haga el balance político de este final se entenderá cómo el peronismo porteño no le dio ningún apoyo a Ibarra: nunca lo iba a ayudar en la hora de desgracia. El discurso del diputado que lo sepultó, Rebot, estuvo plagado de menciones a Perón y Evita.

• La misma lección puede servirles a los victimarios de hoy: ¿podrán terminar su mandato los futuros jefes de Gobierno luego de que se haya asentado ayer la jurisprudencia de que tragedias, accidentes y otros cataclismos pueden convertirse en incriminaciones que derrumben gobiernos? Por lo menos se cuidarán -es el legado de Ibarra- en no designar parientes ni recomendados en puestos de expertos de carrera en una administración. La tragedia de Ibarra es una advertencia a los que mandan porque es lo peor que pueda esperar un político, que lo juzguen y lo condenen no por lo que hizo sino por lo que es: el mandatario de un Estado que no funciona y que no puede impedir ni éste ni otros cromañones. En esto Ibarra no es el único, apenas el primero, cuando la política se ha desjerarquizado tanto y se llenan los cargos no con los mejores sino con los que tienen respaldo de dineros públicos.

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