Se exageró pero no lo extrañarán
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Aníbal Ibarra en el momento de escuchar ayer la sentencia en el juicio político por Cromañón que lo destituyó del Gobierno porteño.
• Lo que más influyó en el final de Ibarra es que quienes le votaban en contra también sabían que no suprimían un administrador exitoso. Lo mismo sentía la gente que no percibe ahora que le hayan arrebatado nada que apreciara.
• Ese acompañamiento siguió hasta las últimas gestiones que hicieron en vano los funcionarios de la Jefatura de Gabinete nacional sobre el voto del legislador porteño Rebot. La derrota de Rafael Bielsa en las elecciones del 23 de octubre frente a Macri y Elisa Carrió fue un primer pago del costo de la Casa de Gobierno a esta adhesión a Ibarra, con quien el candidato del oficialismo se sacó una foto aun cuando ya corría la veda electoral. Con timidez el Presidente apenas habilitó a algunos funcionarios de su entorno para que le atendieran el teléfono al primer beneficiario de la sentencia de ayer, Telerman. Embalados por esta oportunidad de esmerilarlo a Alberto Fernández en las cercanías de Kirchner, estos funcionarios -entre quienes están Carlos Zannini y Julio De Vido- hablan desde hace un mes de que el vicejefe será el candidato del oficialismo a jefe de Gobierno en 2007. El peronismo, fracción a la cual el electorado porteño ha desairado históricamente en las urnas, cumpliría un sueño con aliados impensados.
• Un rol clave en este final obró el marco político en que transcurrió: los adversarios de Ibarra se quitaron cualquier insignia partidaria y concentraron el fuego en los reproches a su gestión no en las causas y consecuencias de la tragedia. El procesado, en cambio, forzó hasta donde pudo la dialéctica política de la situación: se dijo abanderado de un gobierno progresista acosado por el centroderecha de Macri y la «frivolidad» que adjudicaban a Carrió. Le sirvió para juntar fuerzas pero también para que sus enemigos se mantuviesen unidos en el objetivo de destituirlo. No se animó a hacer figurar entre esos adversarios al cardenal Jorge Bergoglio, que dedicó muchos esfuerzos a contener y hasta albergar -con más eficacia que el Estado- a los padres de las víctimas. Cumplía con un rol pastoral pero también con su tácita misión de obispo que es ponerse enfrente de un gobierno laico, de centroizquierda, protagonizado por un ex militante de la Federación Juvenil Comunista y que promueve leyes de educación sexual, etc. Quienes hurgan en lo invisible afirman que hubo en Bergoglio algo de sus convicciones políticas, ligadas a su pasado en el peronismo y también a su pertenencia a la Compañía de Jesús. Para los jesuitas el proverbio latino «vox populi, vox dei» es una ley y son educados en escuchar el clamor de la gente, y seguirlo por sobre cualquier otra consideración.
• Dividir las aguas en punto a ideología buscaba arrinconar a Macri y Carrió como únicos culpables, de manera de replicar en la plaza el resultado electoral de 2003, cuando Ibarra le ganó en ballottage a Macri. Olvidó que había otro mapa, el de las elecciones de octubre pasado, cuando el gobierno salió tercero en las urnas; la gente que logró reunir la semana pasada en la Plaza de Mayo es la misma que apoyó al perdedor Bielsa. Vista desde el resultado de ayer, esa concentración y exhibición de adhesiones fue una sobreactuación innecesaria. Nadie puede decir que influyese sobre votos de legisladores ya decididos en uno u otro sentido, pero seguramente irritó a muchos moderados a quienes Ibarra hubiera podido convencer con más eficacia. Después de todo Ibarra no puede reprocharle a Macri o a Carrió que hagan lo posible para perjudicarlo -es una ley odiosa de la política- y tampoco que legisladores que hacen todo para que el público los aclame hayan buscado una hora de calor popular sin pensar en la jurisprudencia que dejan asentada.
• Estos manejos desnudan otra causa del resultado de ayer: Ibarra cae como el resto arqueológico de una Argentina política que ya no existe. Llegó a la política como concejal del «chachismo» en 1991, fue convencional antipactista en 1994 y en 1997 ascendió a las alturas en las listas de la Alianza con la UCR. Lo sucedió a Fernando de la Rúa en el año 2000 en la Jefatura de Gobierno junto a un personaje que parece de otra era geológica, Cecilia Felgueras. Repitió en 2003 ya transferido al kirchnerismo. Logró todo eso explotando en su favor todos los recovecos de la crisis política del país, que lo pusieron en uno de los cargos políticos más altos pero sin un partido ni un bloque de legisladores que lo apoyasen. Hijo de la crisis, se lo lleva la crisis.
• Antes de la tragedia de Cromañón el cielo parecía su límite: pensaba hasta en ser candidato en 2007 a presidente, o a vice de un Kirchner reelecto, o en reformar la Constitución porteña para perpetuarse en la Jefatura de Gobierno. En dos horas su destino se convirtió en un infierno y su persona en otro rostro de esa misma tragedia. En otros tiempos lo habrían descripto como modelo del pecado de desmesura («hybris» lo llamaban los griegos); tuvo tanto que se creyó eximido de defenderlo como los otros defienden lo poco que tienen. Quienes gustan de la justicia poética miran también hacia las entretelas de ese poder ilusorio que construyó Ibarra: lo hizo como el perpetuo fiscal que derrumbaba prestigios al ritmo de las presentaciones judiciales. Aprendió pronto cómo podía emplearse la justicia para construir poder político, y sus víctimas -Carlos Grosso, Matilde Menéndez- sonríen hoy cuando lo ven al final de la cola de los réprobos. Cuando se haga el balance político de este final se entenderá cómo el peronismo porteño no le dio ningún apoyo a Ibarra: nunca lo iba a ayudar en la hora de desgracia. El discurso del diputado que lo sepultó, Rebot, estuvo plagado de menciones a Perón y Evita.
• La misma lección puede servirles a los victimarios de hoy: ¿podrán terminar su mandato los futuros jefes de Gobierno luego de que se haya asentado ayer la jurisprudencia de que tragedias, accidentes y otros cataclismos pueden convertirse en incriminaciones que derrumben gobiernos? Por lo menos se cuidarán -es el legado de Ibarra- en no designar parientes ni recomendados en puestos de expertos de carrera en una administración. La tragedia de Ibarra es una advertencia a los que mandan porque es lo peor que pueda esperar un político, que lo juzguen y lo condenen no por lo que hizo sino por lo que es: el mandatario de un Estado que no funciona y que no puede impedir ni éste ni otros cromañones. En esto Ibarra no es el único, apenas el primero, cuando la política se ha desjerarquizado tanto y se llenan los cargos no con los mejores sino con los que tienen respaldo de dineros públicos.




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