12 de febrero 2003 - 00:00

¿Se reconcilian Lula y Menem?

La izquierda que respaldó a Lula hierve en Brasil. Le atribuyen un doble discurso ahora que el presidente asumió prácticas e inevitables medidas económicas (conseguir más superávit para honrar las deudas). También en Buenos Aires hubo sorpresas por ese aparente doble discurso. Aunque como candidato y luego como mandatario en ejercicio se pronunció contra Carlos Menem, ayer ensayó una disculpa que revela un propósito de acercamiento: su embajador en la Argentina convocó al riojano a un almuerzo en la preciosa sinecura del palacete Pereda. Algo más que una reparación. Hay quienes atribuyen esta invitación del embajador José Botafogo a una interna de Itamaraty, a conflictos políticos sobre cómo manejar las relaciones externas del Brasil, pero la realidad indica que el diplomático -con el conocimiento y seguramente la instrucción de su Ejecutivo- le brindó a Menem una cordial recepción, ceremonia que hasta ahora no cumplió con quien Lula dijo -remedando a Duhalde- que ganaría las elecciones en la Argentina. No se sonroja Lula con estas actitudes, tal vez le moleste confirmar lo que había anticipado Menem de él: «Será un presidente más capitalista que yo».

Fue casi como la foto con Otto Reich para Carlos Menem haber comido, el lunes por la noche, en el Palacio Pereda, la sede de la Embajada de Brasil. José Botafogo Gonçalves, el dueño de casa, demostró otra vez que Itamaraty, la cancillería de su país, es lo más parecido que pueda encontrarse al Vaticano en el terreno internacional. Aunque el presidente opine sobre el día a día de la política, la mirada de la diplomacia profesional debe levantarse más allá del horizonte. ¿Doble juego de Itamaraty u otra señal del giro de Luiz Inácio Lula Da Silva hacia el centro, como el ajuste fiscal o la sanción a los diputados disidentes de su partido?

Sea como fuere, Menem se sintió reivindicado. Lula lo enumeró en una lista de presidentes que, según él, dejaron el gobierno por la corrupción (Collor de Mello, Salinas de Gortari y Fujimori eran los otros integrantes del infierno petista). Y cuando le preguntaron en Francia por las elecciones argentinas, el presidente del PT suscribió la opinión de Eduardo Duhalde: «El próximo presidente va a ser Kirchner» (esa tarde habló por teléfono con Duhalde e hicieron chanzas sobre el incidente). Celso Amorim, el canciller brasileño, no pudo explicar a su jefe y respondió con irritación cuando este diario lo consultó sobre esta «gaffe».

Por eso, la autonomía demostrada por Botafogo puede llamar a asombro. Y hasta podría considerarse valiente, si no fuera porque también los diplomáticos de Brasil juegan su inter-na. En Itamaraty están por lo menos desconcertados con la bicefalía que Lula le imprimió a sus relaciones exteriores, delegando las cuestiones específicamente políticas en un asesor personal, Marco Aurelio García, y limitando a la Cancillería los temas económico-comerciales. A García le atribuyen los profesionales estos desaciertos de su presidente.

Menem no se quedó atrás y llegó al lugar con una persona que en esa casa es de infeliz memoria: Diego Guelar debió ser retirado de Brasilia como embajador cuando en la trasnoche de un asado calificó al titular del Banco Central, por entonces Gustavo Franco, de «petiso traidor». Fue casi un detalle de buen gusto llevar a ese lenguaraz para aliviar las explicaciones que debió ofrecer Botafogo sobre los dichos de su presidente. Por suerte, estaba Jorge Castro, un viejo amigo de Botafogo y de la diplomacia brasileña.

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