Inquieto se revela Néstor Kirchner por el armado imperfecto y poco satisfactorio que ha realizado, con vistas a las elecciones de octubre, para su partido en todo el país. No logró lo que pretendía, al menos en lugares como Chaco, Mendoza, Santa Fe y Misiones, pero su mayor preocupación hoy pasa por las dificultades surgidas tras su sordo enfrentamiento con el justicialismo de Eduardo Duhalde en la provincia de Buenos Aires. Y, como siempre se debe buscar un responsable, parece que la ha emprendido contra su ministro de más confianza, Julio De Vido, quien desde el inicio de su gestión realizó encuentros diarios o de fin de semana con intendentes y sindicalistas para convertirlos a la religión kirchnerista.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Ahora esa captación ofrece enormes debilidades a pesar de los esfuerzos económicos (subsidios y obras), y De Vido, su organizador, debe recibir las críticas. Tanto que ni siquiera cena ya con los bonaerenses y, como el fin de semana pasado, se distrae con otros contertulios más sofisticados en «Cornelio», casi disimulando su ministerio ya que se enfunda en jogging negro, zapatillas al tono y remera color naranja. Lo del equipo de gimnasia es comprensible: el médico le recomendó ejercicio y él, en principio, comenzó con el atuendo.
Es el propio mandatario quien, teléfono en mano, ha empezado a llamar a posibles desertores de lo que él imaginaba su ejército, sobre todo porque ha advertido que los intendentes -quienes en rigor no juegan su pellejo en la próxima contienda electoral- parecen más preocupados por conseguir las empresas que realizarán las obras prometidas por el gobierno que por abocarse a la causa oficial. Uno de esos casos, en los que en apariencia tuvo éxito Kirchner, fue el del sindicalista de la construcción, Gerardo Martínez, altamente involucrado por la cantidad de obras que implican a su gremio. Como circuló la versión de que él podría integrar la lista de candidatos de Eduardo Duhalde, el propio Presidente lo consultó sobre esa eventualidad. El sindicalista, de reconocida supervivencia luego de los tiempos de Rogelio Papagno y la intervención militar, aclaró que sabía de esa posibilidad, pero que él no había concedido el sí correspondiente. Aprovechó entonces Kirchner y le hizo recordar que su esposa, Cristina, iría como aspirante a la senaduría; por lo tanto, requería su colaboración. Por supuesto, escuchó lo mismo que de De Vido en otras oportunidades: «Dalo por descontado».
Estos pormenores y presiones de las últimas horas, que se incrementarán en toda la previa a los comicios, permitió a su vez develar el detalle de la gota que rebalsó y frustró la negociaciónentre la Casa Rosada y Duhalde. Hasta el momento de la ruptura, se avanzaba con un entendimiento de una mayoría nítida para el duhaldismo en los legisladores provinciales y, por el contrario, con una inversión de ese factor para Kirchner en la hilera de candidatos nacionales.
• Rechazos
Pero sucedió que Duhalde también pretendía un lápiz rojo -como el Presidente- para no prohijar en una lista común a indeseables a su figura y como desde la Casa Rosada se amenazó con algunos piqueteros, montó en cólera rechazando cualquier acuerdo.
Simultáneamente, Kirchner aguardaba que Duhalde ofreciera una lista de 4 o 5 candidatos en el orden nacional ya medianamente establecidos (Jorge Villaverde, Silvia Martínez, Rodolfo Frigeri y Jesús Blanco), pero su oferta se extendió a 9 y con algunos que el Presidente detesta (allí utilizó la palabra «impresentables», con su característico seseo). Hubo entonces un reproche telefónico por la aparente ampliación de la nómina bajo la pregunta: «¿De dónde pretendés nueve?». «Simple -respondió el hombre de Lomas de Zamora-; ése es el número que yo puedo sacar si voy solo con Chiche». «Así no hay negocio», le espetaron, a lo que Duhalde replicó: «De otra manera, no es negocio para mí». Desde entonces, la brecha no ha cesado de ampliarse y cualquier atisbo de arreglo ya se asemejaría a una claudicación personal de cualquiera de los dos protagonistas. Mientras, en el medio, alguno cargará con culpas.
Dejá tu comentario