17 de febrero 2005 - 00:00

Tras la utopía imposible, una meta inútil: 25 diputados más

Eduardo Duhalde
Eduardo Duhalde
C asi desprejuiciadamente, en los últimos días se hizo trascender que el Presidente convoca a gobernadores y, al margen de cuestiones provinciales vitales -firma de acuerdos, créditos, obras y otras cuestiones importantes-, les conversa sobre una cuestión quizá menor para los incautos ciudadanos: la posibilidad (o el imperativo) de incluir hombres de su línea política en las listas de esos distritos. O sea, con vistas a las elecciones de octubre, distribuir en todas las provincias militantes que le respondan más a él que a los propios gobernadores. Así, piensa, construirá el kirchnerismo en el Congreso. Cálculo en números: sumar unos 25 legisladores más para establecer su propio bloque (hoy dispone en Diputados de 7 fieles y unos 13 más de orientación transversalista).

«Podés incluir todos los que quieras», le replicó uno de los gobernadores. «En nuestra provincia hay internas y, por lo tanto, si ganás hasta podés tener lista completa», añadió el mismo con zumbona ironía. Ese fue uno de los que no comulgan demasiado con Néstor Kirchner. Otros, en cambio, aceptan solicitudes (el manejo de la caja hace milagros en ese sentido) y negocian por ahora cantidad y luego nombres. Ayer, por ejemplo, se descontaba que el mandatario hablaría de esa cuestión con José Manuel de la Sota (al menos, así confiaban los allegados a la Casa Rosada, seguramente para disgusto del cordobés).

• Reparto bonaerense

Lo que está claro, sin embargo, es que ese interés de poder personal constituye hoy parte sustancial del diálogo entre Kirchner ( también el de su intérprete para el universo bonaerense, Alberto Fernández) y Eduardo Duhalde. Para seguir con los números, las partes están convencidas de que el PJ en Buenos Aires por lo menos cosechará 18 legisladores y, por lo tanto, la cuestión es saber cuántos de ellos se repartirán entre la Rosada y Lomas de Zamora, cunas de los futuros representantes. Se afirma que la distensión entre los dos jefes justicialistas -a pesar de ciertos desencuentros y las visiones diferentes sobre la gestión de Felipe Solá- se debe a un presunto entendimiento y, de acuerdo con versiones de la Capital, Kirchner ya habría logrado que Duhalde le cediera la mitad de ese potencial capital legislativo. O sea, van juntos -al revés de lo que se dice-y comiéndose el postre quizás en forma equitativa.

Esta presión del Presidente sobre los gobernadores justicialistas obedece, se cree, no sólo a la concesión de fondos a las provincias, sino al óptimo registro de Kirchner en la opinión pública. A nadie le conviene, desde el interior, en apariencia, enfrentar a ese poder central. Por lo menos, es lo que entiende Duhalde, quien se preocupa por organizar candidatos propios con más relieve que los que pueda sugerir el mandatario (ya optó por el empresario Francisco de Narváez y por el ex funcionario menemista y legislador Miguel Angel Toma), sabiendo de la aun más paupérrima cantera del santacruceño.

•Posibles derrotas

A pesar de ese voto de confianza que sostienen las encuestas, los gobernadores más remisos a ceder porciones de terreno invocan que Kirchner, a fines de febrero y a principios de marzo, quizá padezca la derrota del peronismo en Santiago del Estero y en Catamarca (más por la división del partido en esos distritos que por la envergadura de la oposición, algo parecido a lo que ocurrió con la intendencia de Río Gallegos en la última elección). Entonces, ¿ asumirá la responsabilidad de dirigente máximo del justicialismo, aunque carezca de ese título?

Y agregan: tanta influencia en los sondeos, sin embargo, no le alcanza para imponer su voluntad al electorado en dos distritos clave. Sucede que en Capital Federal, por efecto sin duda del derrumbe de Aníbal Ibarra como consecuencia de la tragedia de Cromañón, el kirchnerismo difícilmente pueda imponerse y hasta duda sobre el candidato a elegir frente a la ascendente Elisa Carrió y Mauricio Macri. Y en Buenos Aires, además de transar con Duhalde -algo que imaginaba todo el mundo, pero con lo que él no quería soñar-, la mayor decepción es percatarse de que Cristina Kirchner, su esposa, casi con seguridad no se presentará a la senaduría (a pesar de todos los carteles pegados por doquier y a las organizaciones que han operado generosamente en esa dirección). De postularla, ellos mismos razonan, la jugada implicaría un alto riesgo político por múltiples razones: podría no ganar en la interna del PJ bonaerense (siempre y cuando haya) y, aunque se pactara un acuerdo, la feligresía del duhaldismo nadie sabe cómo responde ante una candidata que no la representa. Es obvia la falta de entusiasmo partidario con ella y, además, la obediencia debida a veces no funciona con el aparato cuando se trata de elecciones legislativas. Por si no bastaran esos miedos, hay otros: no se distingue en las encuestas la posible reacción del electorado independiente, habituado a no concurrir a las urnas en ese distrito (el secreto de la continuidad del duhaldismo) y en apariencia para nada fascinado con la mujer del Presidente.

O sea que el avance electoral de Kirchner parece más que limitado en territorio (secreto del dominio en la política, véase el manual Duhalde) y su última jugada apunta a conseguir diputados que repitan su nombre como jefe. Como si él necesitara ese respaldo -el cual, como se sabe en el peronismo, siempre desaparece cuando empieza la tormenta: preguntarse por los menemistas de otrora-y resultara gratis malquistarse con los gobernadores, cuando hasta ahora el bloque de legisladores peronistas (se incluyen senadores) votaron siempre a pie juntillas todo lo que se le ocurrió a la Casa Rosada. Ni siquiera los propios de Kirchner cumplieron con tanta docilidad las órdenes; basta citar como ejemplos a Chiche Duhalde o a Carlos Ruckauf -no precisamente admirados en el oficialismo-, quienes soportaron esperas, humillaciones y votaron lo que se les pedía, aunque fuera con la nariz tapada.

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