25 de enero 2008 - 00:00

Un soldado de las fuerzas de paz

Ha fallecido el teniente general Carlos María Zabala. Siento un deber ineludible el referirme a este argentino, que llevó la bandera de la Patria a recónditos lugares del planeta donde imperaba el odio, ofreciendo nuestros colores como prenda de paz.

Cuando nos hicimos cargo de nuestro primer período de gobierno, uno de los objetivos de Relaciones Exteriores que nos fijamos fue el de cumplir con la palabra que la Nación toda había empeñado cuando firmó la Carta de las Naciones Unidas: librar a las generaciones futuras del flagelo de las guerras.

Hasta ese momento, nuestro país había contribuido tibiamente en las operaciones de mantenimiento de la paz de Naciones Unidas. Pero siempre tuve en cuenta que nuestro Estado no sólo se componía de un gobierno, el territorio y su pueblo, sino también por sus Relaciones Exteriores que establecían sus vínculos con otros Estados, y sus Fuerzas Armadas, quienes eran las que sostenían su estructura en el concierto internacional, independientemente de cualquier sombra de conflicto que pudiese aparecer.

Simultáneamente, emprendimos la ciclópea tarea de dar por terminados los conflictos limítrofes con los hermanos países vecinos, como una medida firme de confianza mutua en nuestra región. Si mal no recuerdo, solucionamos en breve lapso veintiuno de los veintitrés de estos problemas con Chile, de los que quedan pendientes aún dos a los que no pude darle feliz término durante mis mandatos. Esto se hizo con el acuerdo de los pueblos y de sus representantes, para aventar cualquier sombra de sospecha o segunda intención de políticas de oficio.

Fue así que a partir de 1992, dispuse que la Argentina contribuyese no sólo con observadores militares -como se había hecho hasta ese momento- sino con Comandantes, miembros de los Estados Mayores de Naciones Unidas y tropas. Así fue como a fines de Febrero de 1992, Naciones Unidas nos requirió un Batallón del Ejército Argentino para participar en las operaciones militares de paz de la ex Yugoslavia, sangrientamente fragmentada entre tres grupos étnicos. El requerimiento incluía la designación de un general argentino como Comandante de uno de los cuatro sectores protegidos de las Naciones Unidas que iban a establecerse en el actual territorio de Croacia. Elegí para esta misión a un general de quien me habían hablado mucho: el general Carlos María Zabala. El general Zabala ya tenía experiencia como observador militar en Medio Oriente, cuando tenía el grado de mayor. Era un hombre muy inteligente, firme en sus convicciones, y por sobre todo, de una humildad extrema.

Parecía serio, pero en realidad después de tratarlo, uno notaba en él un extraordinario sentido del humor y una afabilidadsin límites, que florecía más en situaciones difíciles.

Se le encargó una tarea muy difícil: debía ir a Sarajevo, recibir las órdenes del Comandante de UNPROFOR, (acrónimo en inglés por Fuerza de Protección de Naciones Unidas) el general Nambiar de la India, dirigirse al que se denominó Sector Eslavonia Occidental o más simplemente, el Sector Oeste, pactar con serbios y croatas un plan de separación de fuerzas para detener la sangrienta lucha, e imponer la autoridad de Naciones Unidas. En esta ciclópea tarea fue secundado por un puñado de oficiales argentinos.

  • Acuerdo de paz

    Su tarea fue un éxito total, porque supo encontrar una salida a esta carabina de Ambrosio, a este nudo gordiano en el que se involucraba a las Naciones Unidas en un esfuerzo por la paz internacional. A mediados de 1992, el general Zabala había conseguido lo que nadie había logrado: la firma de un acuerdo de Paz en el Sector Oeste entre serbios y croatas, que se denominó «El Acuerdo de Daruvar».

    Esto fue extraordinariamente difícil, puesto que este Sector era el único de los cuatro en el que convivían ambas facciones en pugna. Pero el general Zabala tenía grandes dotes de negociador y conciliador, virtudes que le fueron inmediatamente reconocidas ya que apenas cumplió sus deberes como Comandante de Sector, Naciones Unidas lo requirió para ocupar el puesto de Oficial Militar Negociador en la ex Yugoslavia, misión que abarcaba no sólo el actual territorio de Croacia, sino que incluía también Bosnia. No accedí a tal requerimiento, porque consideré que el general Zabala debía cumplir otras tareas que dejasen tan bien plantado el prestigio argentino en otros lugares del mundo. Lo menos que merecía era que se lo condecorase con la Medalla de los Servicios Distinguidos, que le fue otorgada por su invalorable contribución a la paz mundial.

    El general Zabala era graduado de la Universidad Nacional de Defensa de los Estados Unidos, en el Colegio Nacional de Guerra. Esta institución también reconoció la tarea ímproba del general, colocando su nombre en el Hall de la Fama donde figuran sólo un puñado de oficiales de todo el mundo.

    Todos los argentinos deberíamos estarle agradecidos. El comportamiento del general Zabala en el cumplimiento de su deber es una clara muestra de cómo la firmeza y determinación, unido un exquisito sentido de moderación y diplomacia, pueden contribuir efectivamente al logro de la paz mundial. Era un caballero y un oficial pundonoroso, de costumbres austeras y sencillas.

    Siento un deber el despedirlo para esta travesía final que ha emprendido el 14 de enero, y que lo lleva a cumplir su última guardia junto a Dios.
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