21 de octubre 2022 - 00:00

“Una casa de muñecas”: el Ibsen cuya vigencia nunca se extingue

Lorena Ballestrero estrenó una nueva versión del clásico por excelencia del feminismo, a partir de una lectura propia que no busca reinterpretarlo sino darle una dinámica distinta en la puesta en escena.

lorena ballestrero. Una nueva versión del clásico de Ibsen.
lorena ballestrero. Una nueva versión del clásico de Ibsen.

“Tenemos prejuicios hacia los textos clásicos y un cierto respeto extraño. Sería bueno sacarnos los prejuicios y ponernos a ver qué hacen teatralmente”, dice Lorena Ballestrero, directora de “Una casa de muñecas”, nueva versión de la obra de Ibsen, ganadora de la beca a la creación del FNA en pandemia y que acaba de estrenar en el Teatro 25 de Mayo, con funciones los martes a las 20.

Ballestero también diseñó la escenografía de la puesta, que cuenta con luces de Ricardo Sica y actuaciones de Malena Figó como Nora, Marcelo Mininno como Torvaldo, Yanina Gruden, Martín Urbaneja, Pablo Caramelo y Karina Antonelli. Esta versión transcurre en Navidad. El matrimonio está feliz porque él fue nombrado director del Banco. Luego de una serie de acciones que involucran a la amiga de Nora y al abogado, el secreto de la protagonista saldrá a la luz. Dialogamos con Ballestrero.

Periodista: ¿Por qué Ibsen y por qué esta obra?

Lorena Ballestrero: Quería abordar un texto clásico y cuando la releí para mis clases, me impresionó la vigencia de los personajes, los vínculos y especialmente una Nora que había quedado atrapada en un sistema de vida que ni ella quería. Todos los feminismos pueden pensarse en esa obra icónica del siglo XIX y que fue discutida desde entonces hasta acá. Más allá de la relación específica con su marido, habla de un deber ser que Nora quiere dejar: ella toma la decisión de irse frente a la posibilidad de tener una vida estable y acomodada, resuelve con valentía dejar a los hijos, algo que sigue siendo hoy cuestionable. Ahí aparece la maternidad como obligación, porque dejar al marido está más aceptado que dejar a unos hijos que, dice, no puede cuidar. “No sé por qué elegí esto”, señala Nora, y la paradoja está en que quiere mucho a sus hijos. También me interesaron los personajes masculinos en tanto ocupan papeles casi sin reflexión, con una naturalización del deber ser. Otro gran desafío para encarar la obra fue contarla de manera entretenida y con la distancia del tiempo.

P.: ¿Que le añade desde la puesta a este clásico para que se justifique volver a verla?

L.B.: Lo interesante era hacerlo desde la dirección y generar entretenimiento desde lo teatral. Reconstruir la obra de 1879 implica aplicar nuevas ideas escénicas para el público contemporáneo e inclusive ampliarlo a públicos más jóvenes. Desde la dirección tomo herramientas para agilizar el texto clásico, me valgo de la intriga que es lo que nos cautiva de una novela, cuento o película de época. Por eso planteo un espacio que tiene que ver visualmente con una casa frágil, provisoria e infantil, como de muñecas, con materiales que parecen algo que no son, sin solidez. También busqué acompañar momento a momento lo que le va pasando a Nora, lo que siente cuando se da cuenta de que su vida no es feliz, cómo eso genera tensiones, conflicto, desesperación y necesidad de actuar. Para abordar la obra no reescribí sino que pensé desde la dirección. Vi muchas puestas y películas como las de Elfriede Jelinek o Griselda Gambaro, entre otras, pero no elegí reescrituras contemporáneas sino trabajar el clásico.

P.: Dice que quiere hacer entretenido el texto clásico, ¿cree que no lo es?

L.B.: Es entretenido desde cómo se resuelven los pequeños conflictos, hasta el de Nora. Quise captar ese espíritu de la intriga y la situación dramática para jugar con el elenco. Había que lograr ese presente escénico interesante para que valiera la pena verlo en teatro y no sólo leerlo.

P.: ¿Cómo ve la relación del público joven con los clásicos?

L.B.: Tenemos muchas ideas sobre lo que son los clásicos sin habernos relacionado con ellos. Shakespeare, Chéjov, Ibsen, Strindberg, hay ideas sobre su escritura pero poca relación concreta. Ibsen no es sólo “Casa muñecas”; en Chéjov no es lo mismo “La gaviota” que “El jardín de los cerezos”; no es lo mismo “Hamlet” que “Otello”. Cuando nos metemos a ver qué nos plantean es entretenido y apasionante porque aparece algo de la condición de lo humano en el teatro. Vinieron alumnos a verla y me llevé una linda sorpresa. En el trabajo con el elenco intentamos no juzgar a los personajes y plantear las contradicciones de lo humano con todos: inclusive Torvaldo, más allá de los maltratos, algo que responde al patriarcado y el machismo.

P.: ¿Cómo avanzó el proyecto luego de la beca del FNA?

L.B.: Gané una beca para hacer una adaptación a partir de traducciones. Había registros de puestas en escena y me presenté en pandemia con el tiempo disponible para trabajar y desde una propuesta que tenia que ver con respetar la lógica de construcción del texto de Ibsen. Y también pensando en una puesta contemporánea que pudiera relacionarse con el público actual. Busco que ese público la reciba de la misma manera que aquel en Noruega cuando Ibsen la estrenó. Fue suspendida porque generó revuelo e identificación de los espectadores con los personajes. Me preguntaba cómo lograr en el lenguaje algo que conservara esa potencia de Ibsen.

P.: ¿Cómo llegó al 25 de mayo?

L.B.: Mi abuela materna vivía a la vuelta del teatro. De chica yo siempre veía la cúpula y me contaban que estaba cerrado, así que estrenarla en esa sala recuperada por vecinos tiene un valor agregado. Se la dedico a ella, a quien llegué a contarle en pandemia que tenía este proyecto. Mi abuela no pudo llegar al estreno para verla, sin embargo, me quedo con que ella es el corazón del proyecto más allá de lo teatral.

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