13 de febrero 2006 - 00:00
“Asesinato de policía en Sta. Cruz y guerra santa”
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Esta matriz de análisis puede ser adaptada a un fenómeno de nuestro país. El asesinato esta semana del policía Jorge Sayago por parte de una turba que iba a rescatar a un preso de una comisaría en Las Heras, Santa Cruz, ocurrió por la actuación en nombre de creencias y no de un sistema racional, predeterminado y común a todos para dirimir conflictos.
Los grupos que incentivaron la protesta creen que el respeto de las leyes es relativo a sus interpretaciones ideológicas de la realidad. Es así como creen que el policía asesinado -al que el Estado le paga un sueldo con dinero de todos para que haga respetar la ley- es bueno cuando los defiende de un ladrón, pero es un agente de la opresión burguesa cuando defiende la comisaría del ataque de quienes vienen a liberar a un líder piquetero que ha sido detenido por orden judicial. Si la orden judicial de detención es incorrecta, el sistema prevé instancias para llegar a la liberación del detenido.
Habitué
Lo que no puede ocurrir, al estilo del ataque a las embajadas de los países donde se publicaron las caricaturas de Mahoma, es que se asalte la comisaría a los balazos para hacer prevalecer las creencias de un grupo. Sin embargo, no se puede olvidar para comprender el clima que hoy impera en la Argentina que es habitué de la Casa Rosada un piquetero que encabezó hace poco el asalto a una comisaría de La Boca.
Por eso se equivoca el presidente Kirchner cuando sólo pone la lupa sobre los agitadores profesionales que cree apuntan a él. Debe entender también que su legitimación reiterada de modos ilegales de protesta son tanto o más culpables de que esos agitadores tengan tierra fértil y de que se produzcan muertes como las de Sayago. Si no hay el delito original del piquete a cargo de mucha gente que no es agitadora, esos disociadores quedan aislados y no tienen espacio donde desarrollar su actividad sin quedar en evidencia y no escondidos detrás de mujeres con niños en brazos. En la medida en que haya un sistema legal que se aplique en la Argentina y que se lo legitime con el ejemplo desde los niveles más altos del Estado, no serán violentos. Si lo que se sigue es el deseo del caudillo, del profeta o de la masa encendida y no las leyes, no hay modo de no terminar quemando embajadas, comisarías o matando infieles o policías. La decisión de cambio debe empezar en la cabeza.




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