Ese día -15 de agosto, en el que se celebra a Nuestra Señora de la Asunción, la «mamita» de los collas-, los jóvenes puneños se animan a enfrentar al toro azuzándolo con un poncho colorado y mucha fe en el corazón. Los improvisados toreros no visten capotes ni trajes de luces, como en las espléndidas ventas de España, ni estos toros son miuras temerarios, sino toritos criollos.
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Sin embargo, el toreo, innegable herencia de los conquistadores españoles, no se arraigó en estas tierras ni entre estos hombres. Sólo la fe hace posible que estos toreros se acerquen al animal para arrebatarle la vincha con monedas de plata que enlaza sus cuernos. Cuando lo logra, el júbilo estalla y el torero ya tiene entre sus manos la codiciada ofrenda para la virgen. La imagen de Nuestra Señora de la Asunción preside la incruenta corrida desde la puerta del ruedo que lleva hacia la iglesia, considerada «la Catedral de la Puna».
No es fácil para los toreros de la Puna jujeña enfrentar al toro, soportar su ancestral aplomo sobre la arena y esa manera de olfatear el aire y sacudir las patas, levantando nubes de polvo, para arremeter sobre el poncho colorado.
También este 15 de agosto -según el intendente de Abra Pampa, Salomón Herman Zerpa; y el presidente del Centro Vecinal de Casabindo, Irineo Cusi-, los visitantes que vinieron a esta fiesta de fe cristiana y ritos ancestrales fueron alrededor de 4 mil personas. Los dos participaron del acto de apertura, donde la Banda de Músicos de Abra Pampa tocó el Himno Nacional, y donde se rindió homenaje a Oscar Colqui, 33 años, torero de la fe que murió pocos días antes de esta fiesta.
Dicen los peregrinos que para disfrutar de la fiesta de Casabindo hay que llegar temprano, escuchar la primera misa y rezar ante los misachicos, pequeñas procesiones que vienen desde el inmenso mar blanco de las Salinas Grandes y de Abra Pampa. Luego, alrededor del poblado surgen los fogones de comidas regionales y todos beben abundante chicha, mientras le piden buenas cosechas a la Pachamama y que los ayude a vivir otro año en la soledad de la Puna. Hasta que nuevamente llegue el día de fiesta y todo vuelva a comenzar.
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