Uno de los secretos que tiene el fútbol para ser un espectáculo tan atractivo es que no siempre gana el que mejor juega o el que hace más merecimientos. Le pasó a Boca, que buscó el gol de todas las maneras posibles. A veces con orden y otras, con desorden, por arriba y por abajo, con aciertos y desaciertos, pero no pudo vencer a un equipo que sólo quiso defenderse y que tuvo como estandarte al arquero Claudio Flores, con una actuación excepcional.
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Ese Lanús que planteó el partido para empatarlo sin goles (con una línea de cinco defensores, dos volantes de marca adelante de ellos, un jugador de creación y dos delanteros más preocupados en tapar las subidas de los defensores de Boca que en atacar) se encontró con un obsequio del árbitro Claudio Martín, que le concede un penal y terminó llevándose un triunfo que ni él mismo esperaba.
Seguro que en un análisis profundo de los noventa minutos se le pueden encontrar méritos al planteo mezquino de Osvaldo «Chiche» Sosa, y algunos -con el resultado puesto-hablarán de orden defensivo y concentración en la marca, pero la realidad es que si a un equipo le llegan con posibilidades de gol una veintena de veces, le pegan dos pelotas en el travesaño de su arco y convierten al arquero en la gran figura de la cancha, no tiene mucho mérito su trabajo. Tal vez habrá que hablar de desmérito del rival, que no pudo aprove-char ninguna de las oportunidades que tuvo.
En ese contexto, Boca atacó 80 de los 90 minutos y tuvo en la definición una colección de «bloopers» digna de un programa cómico. Hizo lo imposible para no convertir ningún gol y obtuvo como premio una derrota inesperada. Lanús aprovechó el regalo que le dieron y se llevó tres puntos.
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