El activo Diego Rinaldi dirige cinco obras simultáneas, “Radojka”, “Ampelman” y “Despojo” en la calle Corrientes, y otras dos en Bahía Blanca y Santa Fe. El estreno más reciente es “Despojo”, de Patricia Suárez, con Esther Goris, Fabio Di Tomaso, Barbie Vélez y Mauro Francisco en el Picadilly. Se trata de una comedia de intriga sobre una madre que, tras una crisis de bipolaridad, comienza a regalar todas sus pertenencias y genera estupor e incertidumbre en sus hijos. Dialogamos con Rinaldi.
“Despojo”: sobre la crisis familiar enfocada de una manera inédita
Diálogo con Diego Rinaldi, director del drama de Patricia Suárez que interpreta Esther Goris en el Teatro Picadilly.
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Diego Rinaldi. “Me sorprende que hoy tenga que contener a actrices a las que yo veía de chico”.
Periodista: ¿Cuál es el disparador de “Despojo”?
Diego Rinaldi: Se pregunta qué pasa cuando una madre te estalla en la cara, cuando se desdibujan los recuerdos, cuando se deshereda a los hijos no sólo de lo material sino de lo afectivo. Algo le ocurre que quiere despojarse de todo aquello que construyó durante una vida. Pero cómo olvidarse y empezar de cero, cómo arrancar una nueva vida, que a veces en el hastío, el hacer del día a día, es una fantasía recurrente. Esta madre despoja a los hijos desde lo afectivo, de aquello que le trae recuerdos de una vida que hoy en este estadio quiere soltar. Quiere sacarse las mochilas y andar libre.
P.: ¿Qué efecto produce esta crisis en los dos hermanos?
D.R.: Compiten por un montón de cosas, no sólo lo material sino el amor de la madre, quien eligió a uno para que salga a trabajar y mantener la casa, y al otro lo cuidó tanto que lo mandó a la universidad desde esa protección. Uno de los dos empieza a querer huir de ese mundo en el que está atrapado, hasta que los dos terminan queriendo salir de esa relación filial agobiante y simbiótica. Hay una rivalidad fuerte entre ellos en torno a una mujer joven y bella que entra para enloquecer a todos. Arman un triángulo amoroso porque no parecen saber vincularse de otro modo y se arma un juego perverso que espeja esa competencia incestuosa por la madre.
P.: ¿A qué atribuye el éxito inesperado de “Radojka”, que va para los dos años en cartel?
D.R.: Junto con “Brujas” fue de las primeras en estrenarse con aforo del 30%, saliendo de dos años de desolación. Es una comedia negra, con sorpresa y trama bien llevada, le corre a la obviedad y siempre se está renovando el conflicto. Visualicé a Patricia Palmer, quien se sumó junto a Cecilia Dopazo y la obra agotó en todas las instancias, luego hicimos Mar del Plata, giras por provincias, y seguimos en calle Corrientes en el verano.
P.: Dirige actrices consagradas como Goris, Palmer, Dopazo, Emilia Mazer en “Ampelman”, ¿qué puede decir de su trabajo con ellas?
D.R: Esther Goris, con el gran recorrido que la llevó a hacer Eva Perón en el cine, siempre tiene miedos e inseguridades, temor a no saber la letra, pero es una gran mentira porque cuando sube al escenario es un gigante que te aplasta de fascinación. Palmer siempre trae propuestas y está abierta a mis marcaciones. Dopazo, cuando la llamé, dudó porque temía sumarse a una obra con sólo dos actrices sobre el escenario. Yo no podía creerlo al recordarla de niño en Santa Fe viendo sus novelas con mi madre. Me sorprende que las vi en cine y TV y hoy soy yo quien tiene que contenerlas, porque el actor siempre está sensible, es como un bebé expuesto que hay que cuidar, arropar, mimar. Esther me dijo hace poco que le gustó trabajar conmigo porque quiero mucho a los actores. Y con Mazer todo el tiempo tengo que pensar cómo abordar lo que hay que indicarle. No puedo decirle así como así ´sentate, parate, correte´, es una actriz muy pensante, pasional y cada día hay una construcción nueva para guiarla hasta donde quiero que llegue. Ella necesita estar segura.
P.: ¿Qué otras obras dirige en el interior?
D.R.: En Bahía Blanca “Los dueños de la funeraria” y en Santa Fe “El frenético show”, de Florencia Aroldi, adaptación de la emblemática “Maratón” de Ricardo Monti. Me interesa especialmente porque siento que hacen falta autores argentinos en las carteleras, sobre todo en Buenos Aires.




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