Es curioso de qué modo permanecen en la historia mentes que -supuestamente- inician movimientos para «cambiarlo todo». Las fechas de jueves y viernes pasado vieron nuevamente como una de las víctimas preferidas, para descargarle todas las iras, los edificios de la Bolsa de Comercio. Manifestantes que no se contentaron con el desfile o los cánticos agresivos, sino agregando acciones más directas (como tirarle botellas con pintura a los frentes de 25 de Mayo). Si estos recintos resultan ser los representantes de la riqueza, vaya que nos hemos quedado sin un cobre... Pero nadie se encargó de comunicarles que esos objetivos ya no alcanzan la categoría de ser centro de capital, de los principales millonarios del país, de aquella obra de Julián Martel -«La Bolsa»- solamente una sombra ha quedado y se fueron los dineros de allí, así como las levitas y los sombreros de copa. En el país que se vive, la Bolsa es una muestra más de tierra devastada, apenas con un puñado de sociedades listadas, comisionistas que deben luchar la gota gorda para cubrir los gastos de las oficinas, entidades del sistema que pierden operativamente con derechos de mercado que ya no cubren el colocar el estadio y prender las luces, por los bajos negocios que se manejan. En esos dos días se daba el grotesco espectáculo de sufrientes afuera, sufrientes adentro... y la Policía colocada en el medio. Estos mismos manifestantes que después parecían alumnos perfectamente disciplinados, en el acto central, hasta constituyendo ellos mismos vallas humanas y escudos para algunos que pretendían salirse de marco. Eran los que se las habían tomado con la Bolsa de Comercio, creyendo que hacia sus entradas iban a dirigirse «los ricos» y -seguramente- «los opresores». Le erraron el tiro, no andaban por allí los que se rotulan como: «los que se quedaron con la plata del pueblo». A nuestra Bolsa, que debería poder estar irrigando el capital que falta y dirigirlo donde pueda producir, también le ha pasado la topadora por encima. Quizá sigan utilizando un diagrama de símbolos de lo que creen causales de sus males que está amarillento de caduco. Convendría no solamente revisar esa hoja de ruta, sino también que alguien se encargue de explicarles qué notable función debe cumplir una Bolsa de Comercio, la única institución dentro del sistema que estuvo cumpliendo todos los compromisos con sus inversores, sin caer en las chicanas que se generaban en todo el circuito económico. Seguro que este año estuvieron mucho más seguros los ahorros en el recinto bursátil que en cualquier otra inversión de alternativa. El riesgo puro, la Bolsa, pasó a resultar una bóveda de tesoros, mien-tras en su derredor se trababan todas las demás opciones. Vendiendo acciones -el ideal sería suscribir-, las sociedades pueden hacerse de una liquidez que los créditos niegan. Un ejército de «confusos» atacó la Bolsa. Son inimputables...
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