29 de abril 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Los desarrollos de la pasada semana, teniendo frente a sí la gran frontera del domingo, resultaron de la más pura cepa, de los mejores frutos que puede dar la Bolsa. No lo decimos por los resultados materiales, sino como ese tipo de espectador neutral, que suele extraer todo lo que posee de bello un match deportivo: despojado de la fobia que solamente deja percibir el resultado.

Es una buena forma de dividir opiniones, el hecho de estar o no incurso dentro de la masa de los que tienen intereses en juego. Y es típico que cuando uno dialoga con algún inversor que se mantiene al margen de los negocios, afloran con propiedad aquellos principios con que la misma Bolsa nos educa a lo largo de sus ciclos. También es cierto que la veteranía no resulta ningún salvoconducto, ni conlleva algún título de maestros en las artes bursátiles. Se pueden peinar muchas canas, haber visto mucho mercado: y opinar para el demonio. Cuántas veces se cruza uno con personas jóvenes, sin demasiados kilómetros recorridos en la inversión y que lucen no solamente en su preparación, sino en la manera de sacar conclusiones. Pero, la experiencia si se está con las luces para decantarla, los varios ciclos de alturas o de depresiones, van otorgando una cultura bursátil que suele aparecer en superficie: a condición de que el hombre no está opinando su dinero en juego.

Muchísimas veces se puede chequear cómo cambian los modos de pensar, según se esté dentro o fuera del mercado. Tanto los que esperan que una baja se haga más pronunciada, siempre, porque están viendo cuándo entrar o aquellos que no salen de las posiciones por más diferencias que estén haciendo.

Lo que sí es sumamente interesante, es recorrer un movimiento corto y comprobar que cuando se respetan los pasos clásicos, el mercado es un concierto de voces, donde no parece ninguna desafinar. Acumular, hacer posiciones, barrer el mercado subiendo el volumen hasta lo que se precisa. Tardarse el número de ruedas que la propia oferta requiera, afirmar los pisos sin tentarse demasiado. Tantear el avance y registrar las reacciones que existen en la «primera línea», del mercado, los que son simples jugadores cortos. Si hay terreno despejado, buscar la aceleración y sacar partido de cierta euforia que se contagia. Después, otra vez medir el ritmo, manejar los límites, y predisponerse a aceptar la «toma de utilidad» que es tan saludable a los movimientos. No colocarle el pecho a las balas, no excitar el volumen agregando más y más sino dejar que sean los precios las naturales «variables de ajustes». Y, una vez producida la brecha, replicar con una contracción de órdenes vendedoras: sin desesperar sino «vender promediando». Esto permite, como sucedió entre jueves y viernes, que de una baja se consiga una reacción positiva. Todo pasa por lo mismo: si la base se formó de buenos compradores, serán buenos vendedores. Y nunca será buen vendedor quien es un mal comprador.

Dejá tu comentario

Te puede interesar