«Ya no se encuentran virtuosas, ni entre las violinistas...» decía, con esa fina gracia que han perdido los tiempos modernos, un autor del que no recordamos el nombre, pero sí nos quedó grabada la ironía. Tal vez sea hora, también, de ver si han quedado virtuosas dentro de las empresas que cotizan sus acciones en Bolsa. Está a la vista que se han tenido que ir bajando las miras, ser mucho más complacientes los inversores con las relaciones contables actuales que los de hace unos cuantos años. Ya otras veces le comentamos al lector no veterano que en tiempos de nuestro ingreso en lo bursátil -de empezar a frecuentar las «catacumbas» del sobresuelo, donde se reunían los hombres sabios, a escudriñar la llegada de los balances- existían ciertos límites muy rígidos, que si se transgredían recibían un castigo de precios inmediato. Hablamos de inicios de los '70, época de «viejo recinto», con pizarras que se anotaban «a tiza», pero densamente pobladas de papeles de todos los rubros y magnitud.
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Por caso, una acción sin ganancias debía cotizar a la mitad del valor libros. Y a este parámetro se le otorgaba la mayor confianza -el del valor contable- ya que era el respaldo técnico por acción, aquello que ponía a cubierto en caso de retiro de cotización (con el llamado «derecho a receso») y un modo de vivir más tranquilos, cuando la acción no excedía la marca contable. La que podía superarlo sin que el mercado la castigara, debía reunir otras condiciones precisas. Como la división en dos grupos: las que se movían con necesidad de fuertes activos fijos -como siderurgia- o aquellas que basaban lo suyo en la capacidad de ganancias, sin que fueran necesarios altos «bienes de uso». Para que un «dinosaurio» pudiera cotizar encima del valor de libros, lo que presentara en el balance debía ser poco menos que espectacular. Lo mencionado era nada más que una de las facetas, a la que se podía agregar que cualquier compañía que estuviera incursa en algún rumor sobre «convocatoria» resultaba crucificada.Y más, debía ir a cotizar -en caso de ser así- a una pizarra especial, donde figuraban todas las condenadas hasta que salieran del paso. Esa pizarra cotizaba en «rueda reducida», no en el horario extendido, y resultaba plato fuerte para los más audaces: porque era la nómina donde se podía ganar, o perder, mucho con esas acciones. El tiempo fue mellando esas condiciones, la economía horadó estructuras, todos nos acostumbramos a tener que hacer «la vista gorda» frente a casos antes inauditos (como cotizar con patrimonio neto negativo, algo ahora habitual) y los mismos organismos a cargo de la supervisión de los balances fueron adelgazando las exigencias. La huida de empresas de los paneles seguramente ayudó mucho a un mercado «light» y hoy, sinceramente, encontrar virtuosas de pies a cabeza... ni las violinistas. Informate más
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