23 de diciembre 2002 - 00:00

Diálogos en Wall Street

(El periodista dialoga con el jefe del departamento económico de un importante banco extranjero -personificado en Gordon Gekko, el protagonista de la película «Wall Street»-sobre el impacto que tendrán los cambios en el equipo económico de Bush. Hay opiniones muy interesantes. Veamos.)

Periodista: Paul O'Neill se oponía a una nueva rebaja agresiva de impuestos. ¿Fue esa postura, finalmente, lo que le costó el puesto?

Gordon Gekko:
Eso se dice, pero recuerde que Larry Lindsay, que no se oponía, tambien tuvo que abandonar el barco...

P.: ¿Quizás haya sido culpa de la extrema facilidad de palabra de O'Neill? Hay que reconocer que el ex secretario mostró una envidiable predilección por los exabruptos...


G.G.:
Menos que menos. Yo creo, más bien, que esa cualidad le debe haber facilitado mucho su acceso al gabinete. O'Neill demostró ser agresivo, provocador y hablar sin pelos en la lengua. No muy diferente de lo que es Bush... El problema es que O'Neill no funcionó, no aportó sustancia. El equipo económico no funcionó, más allá de que Lindsay fuera sumamente eficaz durante la campaña electoral...

P.: Los demócratas dicen que no fallaron los hombres, sino que falló el plan económico...


G.G.:
Es que no hubo un plan. Sólo un paquete de reducción de impuestos. Y una docena de recortes de tasa de interés que, como Ud. sabe, no las maneja el Tesoro, sino que son el resorte de la Reserva Federal...

P.: Pero tampoco se elaboró una estrategia. Una visión...


G.G.:
Afortunadamente. América latina tuvo que padecer la estrategia del «bail in» con resultados catastróficos... Es un ejemplo válido de las consecuencias que pueden surgir si se combinan ideas a medio cocinar con una agresiva aplicación.

P.: Muerto el rey, viva el rey. ¿Qué opinión le merece la designación del reemplazante John Snow?


G.G.:
Bush tiene un molde que usa para elegir a sus secretarios del Tesoro. Por lo visto, no consideró que debía cambiarlo después de fracasar con O'Neill.

P.: Es un perfil similar de hombre de negocios... y alejado de Wall Street.


G.G.:
Es curioso, pero ambos son economistas -doctorados- con experiencia en el sector público registrada en el comienzo de sus carreras profesionales. Pareciera ser un requisito para aspirar al cargo conforme a la visión particular de Bush.

P.: Una condición necesaria, pero no suficiente...


G.G.:
Por supuesto debe ser refrendada luego en el campo empresarial con el ascenso a la máxima posición de conducción de una gran corporación. Este, después de todo, es un gobierno con gran predilección por reclutar CEO... empezando por el vicepresidente Cheney.

P.: Los escándalos corporativos no han alterado esa inclinación...


G.G.:
Ni un ápice. Aunque Snow ha tenido una activa participación a favor de castigos ejemplares para las firmas y directivos envueltos en irregularidades.

P.: ¿Puede Snow aportar la sustancia que le faltaba a O'Neill?


G.G.:
Digamos que Bush compró un «call» sobre el Tesoro. Es difícil que Snow resulte peor que O'Neill. Y si uno recuerda el peso que ejercía Robert Rubin desde esa misma función, tendrá una cabal idea del potencial de apreciación.

P.: La Reserva Federal se ocupa de la política monetaria. Las tasas de interés constituyen su ámbito natural de acción. Pero, a su vez, el dólar es territorio exclusivo del Tesoro. ¿Qué puede ocurrir con la política del dólar fuerte?


G.G.:
Paul O'Neill había dicho -ante las preguntas reiteradas- que cuando cambiase de política sobre el dólar alquilaría el Yankee Stadium para hacer el anuncio. Es muy difícil para un secretario del Tesoro abandonar ese libreto. Nadie querría repetir la «gaffe» de Lloyd Bentsen (el antecesor de Rubin) cuando sus palabras provocaron una memorable caída libre del dólar al comienzo del gobierno del presidente Clinton.

P.: El mercado observa a toda persona que proviene de Main Street, de la industria, como un devaluador en potencia...


G.G.:
Lo sé. En rigor, el dólar fuerte ya se acabó. Pero no la política de dólar fuerte. Admitir lo contrario sería similar a propiciar una fuerte corrida contra la moneda. No creo que Snow traiga esa iniciativa en carpeta. No querrá que el dólar transmita la sensación de una economía en descalabro. Todo lo contrario. Mi impresión es que repetirá el estribillo que dejó Rubin (y repitieron Summers y O'Neill). Lo que no quita -siguiendo esa misma lógica- que observemos un dólar debilitándose...

P.: Si Snow trae un paquete de baja de impuestos agresivo bajo el brazo, ¿a qué nivel podría llegar el déficit fiscal?


G.G.:
O'Neill se las hubiera arreglado solo para fabricar un desequilibrio en torno a los 250 mil millones. Y ésa era la versión «blanda».

P.: ¿Quizá llegue a los 300 mil millones?


G.G.:
No es imposible. Hay que pensar, sin embargo, que el estímulo neto de la política fiscal comienza a mermar cuando el déficit provoca un alza de las tasas de largo plazo. Hoy en día el mercado inmobiliario brinda un gran soporte al nivel de actividad. Una suba de las tasas que gobiernan a las hipotecas es lo último que alguien sensato podría pensar como política.

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