7 de noviembre 2001 - 00:00

¿Reforma laboral en peligro?

Alberto Tell es senador y preside la Comisión de Asuntos Laborales de la Cámara. En ese carácter, defiende que se mantenga la «reforma» laboral (en realidad un híbrido laboral) que se sancionó en 2000. Se opone así a las voces que piden su derogación, entre ellas las de algunos capitostes gremiales y futuros legisladores del PJ. Pero los argumentos del menemista Tell son importantes por otro motivo: defiende incondicionalmente que De la Rúa y la UCR sigan en el poder hasta 2003, acusando a los que proponen cogobierno peronista o salida anticipada del poder para los radicales.

El último resultado electoral para la renovación parlamentaria muestra una victoria del peronismo tan evidente, contundente e inobjetable como la derrota de la Alianza. A tal punto que la oferta justicialista provincial alcanzó el triunfo en el Parlamento local allí donde la miopía dirigencial fracasó en mantener las bancas nacionales. Y el tan mentado «voto bronca», más allá de su magnitud, no pasa de ser una expresión del malestar social de la Capital Federal y de dos grandes provincias: Buenos Aires y Santa Fe.

Parece obvio, también, que el híbrido experimento de la Alianza ha quedado deshecho y que el destino de la minúscula hueste mediática del frepasismo será la dispersión y el silencioso retorno a sus fuentes, para algunos la izquierda vernácula bajo sus distintos sellos y para otros el peronismo o los desprendimientos «denunciadores» del radicalismo.

• Veredicto

Los pueblos de la República han dado su veredicto. Y el radicalismo, al que le sigue tocando gobernar la Nación, debe escucharlo. Porque es su responsabilidad buscar una salida razonable al marasmo social y económico en que ha sumido al país con sus desaciertos desde diciembre de 1999.

Desde luego, también al peronismo cabe ahora una responsabilidad mayor en línea con su crecimiento parlamentario a nivel nacional y el recíproco sostén que significa la mayoría de gobiernos provinciales de su signo. Allí está su misión: la de oposición que promueva las reformas legislativas pendientes que los argentinos esperan y que desbarató la sordera triunfalista de una alianza hoy en extinción. No la de cogobierno o cosas por el estilo. Para otra definición, 2003. También sabrá el pueblo votar para esa fecha.

• Programa

Pero esa labor de oposición debe mirar adelante. Debe formular y coordinar un programa en ambas cámaras del Congreso Nacional. No detenerse en el exorcismo del pasado reciente, donde, con sus más y sus menos, el justicialismo parlamentario jugó un rol relevante y fundamentalmente responsable. Tan responsable que subordinó sus intereses de partido a la gobernabilidad de la República.

Por eso, no puedo pasar por alto la sorpresa que me causan los «nuevos exorcistas» electos de mi partido a los que sin proyecto alternativo alguno y conjugando las fórmulas mediáticas del «chachismo» no se les ha ocurrido otra cosa que proponer la derogación de la reforma laboral sancionada en abril de 2000.

¿Olvidan, acaso, que fue la mayoría peronista del Senado la que desbarató los consensos alcanzados por la Alianza para arrancarles conquistas a los trabajadores mientras se trataba el proyecto en Diputados?

Su actual desmemoria, ¿les impide recordar la «luz verde» que dieron a la reforma nuestro partido -incluidos su presidente, Carlos Menem; el presidente de su congreso, Eduardo Duhalde, y principales referentes-, los gobernadores justicialistas y la CGT?

¿Se han ocupado de comparar los textos sancionados en ambas cámaras, y de valorar los cambios que introdujo el Senado y Diputados terminó aceptando?

¿Tiene idea, alguno de estos nuevos «objetores de conciencia», de lo que significa una modernización de las relaciones laborales que, a la par de favorecer la creación de empleo en un medio recesivo, dé mayor autonomía a los agentes sociales y profundice el control estatal del fraude laboral y del trabajo en negro?

Y, en definitiva, ¿qué proponen en su sustitución?

Creo que todos estos interrogantes tienen respuesta negativa. Que este torpe exorcismo político no es otra cosa que eco del escarnio con que, a propósito de esa ley, se buscó ensuciar al Senado ahora saliente. Presidiendo su Comisión de Trabajo y Previsión Social, a mí me queda la satisfacción de haber promovido la incorporación de protecciones e instituciones eficaces para los trabajadores en el texto final de la ley.

• Opción

Pero mientras unos lavamos nuestra honra ante la Justicia, la bancada justicialista no debe perder el norte: la institucionalidad parlamentaria y el servicio al mandato democrático contra viento y marea. La opción me parece clara: nunca la asociación con las rencillas internas que sacuden al gabinete nacional, hoy más fuertes que nunca frente a la disputa por el rumbo en medio de la grave tormenta económica; sí la contribución a la gobernabilidad, sea con una propuesta alternativa concreta o apoyando el rumbo elegido con severo control de su cumplimiento.

El progreso de toda sociedad, aun cuando enfrente las mayores dificultades como nos ocurre hoy, es una sabia combinación de continuidades y rupturas. Pero ambas en el marco de la Constitución. Los «exorcistas» de hoy me suenan a «vendedores de ocasión». O a los golpistas de ayer, que tanto ha sufrido el peronismo. Y con él, la sociedad argentina.

Dejá tu comentario

Te puede interesar