Eran dos semanas terribles en agenda. Se fue la primera. El Covid-19 es el primer coronavirus devenido en pandemia. Es oficial. Wall Street, el último de los mohicanos, se entregó el jueves negro con una caída memorable de 9,5%. Es oficial también: el mercado bull no pudo festejar sus once años. El virus lo fulminó. Los récords son de febrero, cuando la epidemia era sólo una tortura china, y al jueves, el S&P500 ya se había desplomado 26,7%.
Llegó la pandemia y vendrá la recesión; y también vendrá la luz final del túnel
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El mercado mide señal del BCRA a la micro para impulsar el crédito y espera un dato clave para el frente fiscal
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La otra cara de la economía: bajos salarios, alto nivel de endeudamiento y pesimismo
El cisne invisible deja una estela negra, destruyó tanta riqueza bursátil como la crisis de Lehman al cabo de 260 ruedas, en la quinta parte del tiempo. Instalados la pandemia y el mercado viral, no debería haber dos sin tres. Aunque no pudo adivinar su propia suerte, la Bolsa presagia una inminente recesión global. En definitiva, los bonos del Tesoro habrán tenido razón. La curva de rendimientos se invirtió a manera de oráculo cuando todavía la sopa de murciélago era una delikatessen en Wuhan. Claro que por la razón equivocada. No fue la puja comercial; la economía mundial se rinde a un virus tenaz que la inhibe sin rozar un arancel. La cartelera plena de peligros, y había que mirar el microscopio.
No es una pandemia, sino dos: el coronavirus y la histeria. Tras el jueves negro llegó un viernes brillante. Wall Street rebotó 9,3% pari passu con un aumento del 30% de los casos de contagio en Nueva York. Lo que mermó, entonces, fue el miedo extremo. ¿Estertor de gato muerto? No. Fluyó plata fresca y dinero inteligente de los insiders (gerentes y accionistas) de las compañías. Ocurre que, a diferencia de lo que desvelaba a Keynes, en el largo plazo estaremos (casi) todos vivos. El drama es terrenal, es acá (y ahora) y no en el más allá: cómo pasar el invierno. Dice la investigación empírica que las intervenciones no farmacológicas (el diagnóstico rápido, el aislamiento, las restricciones a los viajes) son eficaces. De haberlas aplicado China una semana antes, los contagios hubieran disminuido un 66% (y 95%, con una antelación de tres semanas).
De haberse demorado una semana extra la epidemia se hubiera multiplicado por tres (y por 18 si se tardaban tres semanas más). La letalidad del virus es función, entre otros factores, de la calidad de la atención médica. Y para que el sistema de salud no se desborde hay que quitarle ímpetu a la epidemia. Se acepta ya que fuera de Asia el destino es la cuarentena. ¿En qué piensa Wall Street con una contraofensiva cuando es oficial que la guerra se perdió y el virus se potencia? En la luz al final del túnel. Powell bajó medio punto la tasa tres semanas atrás, había un solo estado en emergencia, y provocó pánico y un golpe seco en la Bolsa.
El Presidente Trump declaró la emergencia nacional (con 39 estados en la línea de fuego), y no produjo zozobra sino un rotundo voto de esperanza. Algo importante cambió: la emergencia está en los precios. Tanto que si se exigen cierres semanales la defunción del mercado bull no puede certificarse. Todo se acelera. En una semana terrible el mundo desplegó una formidable línea de defensa. En el país donde uno se fije surgió una respuesta de política sanitaria, fiscal y monetaria de calibre. Hasta la Alemania de Merkel rompió el chanchito de sus ahorros. Conclusión: contra el virus no hay moral hazard. Todo vale. Poner a la fuerza laboral en cuarentena y evitar (o mitigar) el shock crediticio es la obsesión de los planes. Se hará todo lo que haga falta a la Draghi, pero a escala global. La población mundial tomó conciencia con las imágenes de Italia y será más fácil anticipar las políticas de salud. Asia acorraló al virus con gran tesón. ¿Podrá el mundo si le sigue los pasos?
La pandemia no cesará pronto aunque se la derrote con las decisiones que se toman en el presente. ¿Mermará la pavura? Así sea. La Fed de Powell hará lo suyo esta semana, la segunda terrible, la que debería clavetear el ataúd del mercado bull. ¿Relajarán los mercados su obsesión con el virus para ponderar la etapa que sigue, la que China lidera hoy, de volver lentamente al trabajo? Lázaro resucitó el viernes, al primer día. ¿Se deprimirá con la incertidumbre que todavía resta absorber? O cuando se vea en el espejo de las estadísticas. De tan veloz, el mercado viral, ¿es un mercado bear o un tremendo flash crash, un impulso eléctrico del sistema nervioso que se puede corregir? La emoción tiene la última palabra.
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