Wall Street recalcula, pero igual suma récords

Economía

La preocupación muta, hay que comprar la agachada. Es la octava vez desde octubre que cuando el S&P500 se saca chispas con la media de 50 ruedas, extrae también fuerzas de flaqueza y se impulsa, tarde o temprano, a nuevas cumbres.

El GPS de los inversores es pura confusión. Recalculando, avisa el lunes. Ni falta que hace: Wall Street se cae como un piano. Y se toman apuestas. ¿Quién da más por la variante delta? De repente, la paranoia se instala. Media Australia se confina, y a la par, Gran Bretaña declara el Día de la Libertad (y anula toda restricción de distanciamiento social). Ambas sufren el contagio ultrarrápido del virus, y EE.UU. tampoco es ajeno aunque no le preste atención. ¿Qué suponen el derrumbe de la Bolsa, los 900 puntos que destruye el Dow Jones, la merma de 1,59% que perfora al S&P 500? ¿Estábamos mirando otro canal? Sí. ¿Exceso de confianza? Y de valuación, seguro.

El Dow Jones de Transporte y las acciones de pequeñas compañías (“small caps”) gatillan una corrección de 10%. ¿Chocará la recuperación mundial con otra muralla de covid? La respuesta del lunes es un sí rotundo. Sin embargo, el martes se revierte. Recalculando. El S&P 500 se infla 1,52%. Los ánimos se apaciguan (el virus, por supuesto, no). La preocupación muta, hay que comprar la agachada. Es la octava vez desde octubre que cuando el S&P500 se saca chispas con la media de 50 ruedas, extrae también fuerzas de flaqueza y se impulsa, tarde o temprano, a nuevas cumbres. La proeza, en esta ocasión, se consuma rapidísimo. El S&P 500, el Nasdaq y el Dow Jones Industrial establecen el viernes máximos flamantes. ¿Aquí no pasó nada? Sólo un viaje en ala delta. ¿Qué tan sólido es un avance así? La fachada restaurada luce impecable. La construcción por detrás está dañada. Los índices principales acumulan un recorrido de entre 14,5% y 17,5% en lo que va de 2021. Necesitarán una base menos precaria de sustentación. Comenzando por la participación: más papeles tocaron nuevos mínimos que nuevas cumbres. Y las “small caps” deben fortalecerse para confirmar la movida.

¿Qué es lo que enloquece a la brújula de los inversores? No es el covid, desde ya. Son las tasas largas de interés. Con su caída a pique el lunes sembraron la zozobra. ¿Cómo interpretar una tasa a diez años en 1,125%? Que las tasas bajasen en el segundo trimestre fue una bendición. El declive de un cuarto de punto desde 1,75% a fines de marzo, pari passu con una política procíclica de estímulo de magnitud nunca vista, sirvió para que los desvíos de la inflación no socavaran las expectativas (ni el libreto de la Fed). Es el mejor testimonio de que no se incuba un problema de inflación persistente. Pero a fines de junio, las tasas continuaron la caída. Nació entonces otra inquietud. Ya no sólo la inflación sería temporaria, ¿también la bonanza económica? Es ahí donde talla la variante delta. Porque la marcha de la economía no es fuente de dudas. La actividad se desacelera, sí, pero con suavidad. La canasta de indicadores líderes del Conference Board vislumbra un crecimiento de 6,6% este año y, dato clave, “un saludable 3,8% en 2022”. ¿Cómo explicar entonces las tasas reales tan negativas? ¿Forzará la variante delta otro encierro memorable? Es optativo. Australia lo hace con 130 casos nuevos por día (y un muerto ocasionalmente). Gran Bretaña con 45 mil casos se abre. Las oleadas anteriores provocaron más de mil muertes por día, el registro actual es de sólo 55. La Bolsa en récords, gracias a la vacunación extendida, no teme al covid. Pero sí le incomoda el misterio de las tasas largas. Lo sobrelleva a costa de barquinazos.

¿Qué piensan los bancos centrales? EL BCE adoptó la estrategia de la Fed con rezago. Como siempre. Ya modificó su meta de inflación. Ahora persigue un objetivo de 2% liso y llano. Y admitirá también que la inflación navegue circunstancialmente por encima de la meta. ¿Y qué hará la Fed esta semana en su reunión? Mientras el mercado recalcula, la Fed tiene su norte clarísimo. Sabe que todavía cruzamos a mitad del río. Ni la inflación está resuelta como suponen los bonos. Ni la recuperación, amenazada. Y todo se puede complicar. Conviene menear el tapering para mostrar que nada está librado al azar. Cancelarlo daría pie a los interrogantes que alimentan las tasas. Tampoco urge la prisa por ejecutarlo, salvo la de James Bullard, el presidente de la Fed de St. Louis, quien ve lo que nadie por el momento: un salto de la actividad en septiembre-octubre a caballo de la reapertura del ciclo lectivo y mejores condiciones laborables. Un viento de cola que por cierto las tasas largas ignoran por completo.

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