No queda nadie en el planeta que ignore lo que Jay Powell predica desde el púlpito: que la Fed será paciente, observadora y flexible, y que se tomará su tiempo antes de devolverle vigencia al calendario de vacunación de la tasa de interés (si cabe). Esto quiere decir que, a diferencia de un mes atrás, no será ni ciega ni sorda ni muda. La prescripción hoy es mucha Sabin oral. Nada más. Y los resultados son asombrosos (pese a que ha dejado encendido el piloto automático de la reducción de la hoja de balance). Wall Street rebotó 13% desde los mínimos de una frustrante Nochebuena, justo a tiempo para enviar a depósito el zafarrancho de un mercado bear. Sectores como biotecnología saltaron más de 20%. O, en otras palabras, cayeron en la trampa bajista en diciembre y habilitaron una nueva fase bull en enero, en un abrir y cerrar de ojos. Las acciones FAANG –la cesta ilustre de Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google (Alphabet)– repuntaron 28% sin ni siquiera hacer el duelo por el percance chino de los iPhones. Sacando a Powell (y quizás corresponda dejarlo) y a la curva de rendimientos, nadie parece tener convicciones muy firmes. Soplan hacia donde sopla el viento. Una palabra del chairman (una es un decir) bastó para sanarnos.
Trump cerró el gobierno pero Powell sostiene fe y esperanza
El chairman repite el mantra de la calma y la flexibilidad. Wall Street, con la certeza de las espaldas bien cuidadas, se lanzó a hacer dinero como más le gusta.
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No hay recesión: la economía creó 312 mil empleos netos en diciembre (en pleno derrumbe de la esperanza). No hay inflación: los precios minoristas se hundieron 0,1% el mes pasado. Y hay, como se dijo, paciencia, tiempo y flexibilidad. La traducción de paciencia en el lenguaje de Wall Street es que la Fed está dispuesta a saltear la suba prevista para marzo. Flexibilidad significa que los dos aumentos de tasas que figuran en el mapa anual -actualizado un mes atrás- pueden quedar ambos sin efecto. Y tiempo, ya se sabe, time is money. Y Wall Street, con la certeza de las espaldas bien cuidadas, se lanzó a hacer dinero como más le gusta, con el sencillo expediente de recoger lo que más sufrió en el entrevero. Los “perros” de 2018 son hoy los que más brillan (que lo diga la Argentina). La sobreventa era enorme, y se limpió con rapidez. Se hará más cuesta arriba en adelante. Esta semana se estrena la temporada de balances. No habrá ascenso para quienes no aprueben el examen.
Powell salió del brete con elegancia. Él, y nadie más, el 3 de octubre pasado, respondiendo las preguntas de Judy Woodruff en la televisión pública, atizó el fuego que chamuscó la última milla de 2018. Lo carcomía entonces la impaciencia. Su mensaje: las tasas muy relajadas ya no eran apropiadas; había que llevarlas a un nivel neutral y quizás más allá (en todo caso, probablemente, todavía estaban lejos de lo que podía considerarse neutral). Para peor, el presidente Trump enfureció con su pretensión de subir las tasas en pleno temporal en diciembre. Y lo hizo saber a los tuits y gritos. Powell pateó el avispero, no atendió el consejo de Trump y retaceó el clamor de los mercados cuando se desató el aquelarre. Gran abogado, facturó la independencia pero ya concilió posiciones con todos: la tasa, apenas un cuarto de punto por encima, está bien donde está; es el paladín de los mercados por su declamada paciencia (y obvio, por la operación de salvamento, o el “put de Powell”) y se alineó con la Casa Blanca a la perfección. Trump debería pedirle asistencia. Para salir del embrollo de China resucitó la disputa por la financiación del muro mejicano y para torcer la indiferencia de las legisladores (muchos, de su propia bancada) recurrió al cierre del gobierno. ¿Y qué tiene para mostrar? La proeza del “shutdown” más largo de la historia y ni un solo ladrillo nuevo en la pared. El peligro es que para zanjar un problema invente otro más grande. Menos mal que habiendo Powell y paciencia los mercados puedan descansar de Trump. Cuando el chairman y media docena de autoridades repiten el mantra de la calma y la flexibilidad a lo largo de dos semanas seguidas uno debería preguntarse dónde fue la colisión, dónde está el daño. En este caso, a la vista. La Fed de Powell no tiene más remedio que hacerle el aguante a Washington, vender fe y esperanza, darle tiempo a que recupere la brújula perdida. El mundo, agradecido.




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