Un sujeto realmente egoísta, neurótico, prepotente, comete adulterio, le refriega el hecho a su pareja, bastante sufrida, se va a vivir con “la otra”, que es una mujer amable, de un ámbito distinto, la deja embarazada, le molesta que su pareja esté rehaciendo su vida con otro hombre y entonces decide ofrecer, o más bien imponer, una reconciliación, en fin, una joyita. O, como se dice ahora, un amor tóxico. A la enésima potencia. Y los otros dos se alimentan de ese amor.
Del dolor y la obsesión a la íntima angustia de la soledad
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Tanto da que el energúmeno sea un director de cine, o que su pareja sea otro hombre. Esos son solo detalles que alimentan la curiosidad del espectador, o el morbo, o la sensación de ver algo moderno. Pero lo esencial es la descripción de esos caracteres, de sus relaciones, el dolor que se causan, la obsesión que los mantiene, la íntima angustia de la soledad. De moderno, la verdad, no hay mucho, ni siquiera la franqueza de algunas escenas sexuales. Basta con remitirse al cine, y a la fama, de Rainer Werner Fassbinder, que allá por los 70 ponía un poco de todo esto en sus películas y mucho más en su vida cotidiana. De esos 70 hay más ejemplos, y una obra intensa, melancólica, “Dos amores en conflicto” (“Sunday, bloody Sunday”), de John Schlesinger, donde una mujer y un hombre ya maduro tenían, sin saberlo, el mismo amante joven, que ahora se va de sus vidas. Glenda Jackson era la mujer, dicho sea de paso.
Ira Sachs es el autor de “Pasajes”, persona bien apreciada dentro del llamado cine indie norteamericano, donde ha hecho ya sus buenas películas sobre amores tortuosos. Esta la hizo en París, y hay que apreciar su buen manejo de los medios tonos, sin más explosiones de las necesarias, y su buena dirección de intérpretes. Así el protagonista, Franz Rogowski, logra hacerse querer como actor, y, pese a todo, consigue que el público quiera también a su personaje. Lo acompañan Ben Whishaw, Adéle Exarchopoulos, Erwan Kepoa Falé.



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