2 de agosto 2001 - 00:00

"A la expoliación legal se le llama socialismo"

Bastiat.
Bastiat.
(01/08/2001) Leyendo a Frédéric Bastiat (1801-1850), cualquier parecido con la realidad argentina no es pura coincidencia, sino la de no tener claridad sobre cuál es la función del gobierno y de la ley. Acaban de cumplirse, en julio, 200 años del nacimiento de Bastiat, ferviente propulsor y defensor de los derechos individuales.

Nació y murió en Francia en una época convulsionada y decisiva. La alternativa a Estados nacionales monárquicos, emperadores autócratas o tiranías militares no estaba clara y el debate duró hasta bien entrado el siglo XX.

Las opciones al intervencionismo del Estado en la economía mediante privilegios fiscales (proteccionismo), el radical comunismo y el indefinido socialismo, eran las corrientes más populares. Ante esas corrientes destructoras del progreso, enarboló la bandera de la libertad, caída tras la degeneración de principios y luchas sangrientas en que culminó la Revolución Francesa.

Bastiat representa una excepción de Europa continental, junto a la posterior Escuela Austríaca de Economía, que comprendía cabalmente el principio de derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad, y la función extremadamente limitada que debe cumplir el órgano destinado a garantizarlos, el gobierno.

Hay en sus escritos admirable sencillez y contundencia tanto para exponer y defender los postulados de la libertad como para demoler las inconsistencias, falacias y absurdos del pensamiento socialista (no sólo de quienes se autodenominan así, como a ideologías que se consideran enfrentadas, pero no son más que variantes en distinto grado del socialismo: comunismo, nazismo, fascismo, dirigismo, intervencionismo, tercera vía, «progresismo», tercermundismo, doctrina social de la iglesia, keynesianismo, etcétera).

Fue un filósofo social que integra una teoría de la moral, del Derecho, del Estado y de la economía precursora de destacados economistas del siglo XX. Tiene influencia en Hayek en sus advertencias sobre los peligros del intervencionismo del Estado en el proceso económico. Es antecesor de Buchanan y de «la opción pública» en el análisis del comportamiento de la burocracia, de los grupos de interés, del proceso electoral que degenera cuando se extralimita en su función, de la corrupción endémica y de las revoluciones latentes. Anticipa a North y Friedman en la vinculación del marco institucional del Derecho, de la ley del Estado con la eficiencia del mercado. Estos son los más conocidos economistas liberales del siglo XX, y por sus méritos recibieron el Premio Nobel.

Toda la visión de Bastiat es similar a la situación que hoy se vive en la Argentina, no muy distinta a la de los últimos 70 años, con su discrecionalismo gubernamental, despilfarro y latrocinio estatal, su correlato de corrupción íntimamente ligado al poder ilimitado de imposición que se autoarroga el gobierno, creyéndose dueño y señor de rentas y patrimonios de quienes verdaderamente producen bienes y servicios requeridos voluntariamente por el resto de los individuos.

Los problemas que nos agobian no se deben a las personas que ejercen el poder, sino al poder ilimitado de que disponen. Una persona, cualquiera sea su actividad, trata de maximizar su beneficio y cuando lo hace desde el gobierno, ello significa corrupción.

En
«La ley» expone Bastiat junto a la historia del pensamiento político con claridad, sencillez y estricto rigor, la misión de la ley y la función del gobierno. La ley es la prevalencia del Derecho sobre el poder, es la libertad definida. Pero la ley puede pervertirse y pasar a ser instrumento del robo legalizado que llama «expoliación». Escenario que estamos viviendo en la Argentina.

Bastiat definió las circunstancias que nos conducen o nos alejan de lo que hoy se conoce como Estado de Derecho. «La ley, explica, es la organización del derecho natural de legítima defensa; es la sustitución de las fuerzas individuales por las fuerzas colectivas, para actuar en el campo restringido en que éstas tienen el derecho de hacerlo, para garantizar a las personas sus libertades, sus propiedades y para mantener a cada uno en su derecho, para hacer reinar para todos la Justicia».

Para él en un pueblo constituido sobre esa base prevalecería el orden, tanto en los hechos como en las ideas. Tendría el gobierno más simple, económico y justo y por consiguiente el más perdurable cualquiera que fuera su forma política. El Estado se sentiría sólo por el beneficio de la seguridad derivada de este concepto de gobierno.

Para
Bastiat la ley se ha pervertido bajo la influencia de el egoísmo carente de inteligencia y la falsa filantropía. «Tenemos fuerte inclinación a considerar lo legal como legítimo, a tal punto que son muchos los que falsamente dan por sentado que toda justicia emana de la ley. Basta que la ley ordene y consagre la expoliación, para que ésta parezca justa y sagrada para muchas conciencias. Los impuestos, la restricción, el monopolio, encuentran defensores no solamente entre los que de ello aprovechan, sino aun entre los que por ello sufren.»

Habla de expoliación extralegal y legal. A la expoliación extralegal le llama robo, estafa, la que define, prevé y castiga el Código Penal. Pero «la ley a veces defiende y participa en la expoliación, la lleva a cabo por propia mano a fin de ahorrar al beneficiario vergüenza, peligro y escrúpulo. En otras oportunidades pone el aparato de juzgados, policía, gendarmería y prisión, al servicio del expoliador, tratando como criminal al expoliado que se defiende». Esta es la expoliación legal. ¿Cómo reconocerla? Para Bastiat «hay que examinar si la ley quita a algunos lo que les pertenece, para dar a otros lo que no les pertenece.

Examinar si la ley realiza, en provecho de un ciudadano y en perjuicio de los demás un acto que aquel ciudadano no podría realizar por sí sin incurrir en criminalidad. Perentoriamente debe derogarse la ley. No constituye sólo una iniquidad (injusticia), sino que es fuente fecunda de iniquidades; provoca represalias, y de no tenerse cuidado, el hecho excepcional habrá de extenderse y multiplicarse, transformarse en algo sistemático.

Sin duda el beneficiario chillará: invocará los derechos adquiridos. Dirá que el Estado debe protección y fomento a su industria; alegará que es bueno que el Estado lo enriquezca, porque siendo rico, gastará más, derramando así lluvia de salarios sobre los obreros pobres». Es lo que ha ocurrido, según Bastiat.
«La utopía de hoy es enriquecer a todas las clases, unas a expensas de otras: es la de garantizar la expoliación bajo el pretexto de organizarla.»

Bastiat ejemplifica sobre cómo puede ejercerse la expoliación legal: tarifas, proteccionismos, primas, subvenciones, fomentos, impuestos progresivos, instrucción gratuita, derecho al trabajo, a la ganancia, al salario, a la asistencia, a los instrumentos de trabajo, gratuidad del crédito, etc. El conjunto de aquellos planes, en lo que tienen de común: la expoliación legal, toma el nombre de socialismo.»

«La ley -continúa Bastiat-es la justicia organizada. Se tropieza aquí contra el prejuicio más popular de nuestra época (¿la del siglo XIX o la del XXI?). No se quiere sólo que la ley sea justa, también que sea filantrópica. No se está conforme con que garantice a cada uno el libre y pacífico ejercicio de sus facultades, aplicadas a su desarrollo físico, intelectual y moral; se exige que esparza directamente sobre la Nación el bienestar, la instrucción y la moralidad. Este es el aspecto seductor del socialismo.»

Bastiat sostiene que «cuando un político desde el aislamiento de su oficina pasea su mirada sobre la sociedad, se conmueve por el espectáculo de desigualdad. Gime por los sufrimientos que son dote de tal número de nuestros hermanos, sufrimiento que se hace aún más entristecedor por el contraste con el lujo y la opulencia.

Tal vez correspondería preguntarse si tal estado social no tiene por causa las expoliaciones ejercitadas por medio de las leyes. Se busca el remedio en la exageración y perpetración de lo que produce el mal. Porque, fuera de la justicia, que no es más que la negación de lo injusto, ¿existen algunos arreglos legales, que no contengan el principio de la expoliación? Nada ingresa al tesoro público, para beneficio de un ciudadano o de una clase, que no sea lo que otro ciudadano u otras clases han sido forzados a poner en él.

El socialismo por más complaciente que sea consigo mismo, no puede dejar de ser el monstruo de la expoliación legal. Pero, lo disfraza hábilmente a los ojos de todos bajo seductores nombres de fraternidad, solidaridad, organización, asociación. Y en razón de que no pedimos tanto a la ley, no exigimos de ella sino justicia, el socialismo supone que rechazamos la fraternidad, la solidaridad, la organización y la asociación, lanzándonos el epíteto de individualistas.

Para
Bastiat «lo que se rechaza no es la organización natural sino la organización forzada; no la asociación libre, sino las formas de organización que pretende imponer; no la fraternidad espontánea, sino la fraternidad impuesta; no la solidaridad humana, sino la artificial, el injusto desplazamiento de responsabilidades».

Vale recordar dos frases de este visionario pensador cuyos escritos gozan de una increíble actualidad:
«El Estado como hoy lo concebimos es la ficción mediante la cual todos tratamos de vivir a expensas de los demás», y «El Estado nos trata de convencer de que nos roba en nuestro propio beneficio».

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