20 de agosto 2001 - 00:00
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Keanu Reeves.
Sobre su infancia no habla, aunque no la pasó demasiado bien. Reeves nació en Beirut hace 37 años, su madre fue corista y su padre un geólogo que actualmente está encarcelado por tráfico de cocaína. Nunca tuvo contacto con él. Todavía ni era adolescente cuando se escapó con su hermana menor a Nueva York, y después a Toronto, donde pasó la mayor parte de su juventud. La idea de hogar no es la que mejor le sienta: vive en hoteles de lujo, y nunca más de dos o tres meses en cada uno de ellos. No sea cosa de echar raíces. Además del cine, otra de sus pasiones es el rock and roll: con su banda The Dodgers recorre frecuentemente el país en giras.
Sobre el film, Reeves tiene su propia crítica: «Esta película no tiene que ver con Hollywood. Yo la veo más cerca del cine independiente, aunque sea tan reconocible bajo la forma de un género clásico, como es el policial de suspenso, en particular el policial de intriga. Pero el espectador que pueda ver más allá de la historia se dará cuenta de que, en definitiva, no importan ni la intriga ni la anécdota policial», dicta-mina. « Lo importante acá es el mundo que surge del lugar y de los personajes, la influencia de ese paisaje sobre los personajes. Creo que a Raimi no le interesa ya el miedo, como tal, sino el hombre mismo en situaciones de límite, de angus-tia. Ha madurado, me parece, en su forma de filmar».
El rodaje de «Premonición» lo ocupó tanto como una película donde fuera la estrella central. No sorprende eso en un actor que rechazó protagonizar la secuela de «Máxima velocidad», uno de los más grandes éxitos de 1994 y por el que hubiera percibido millones. A la luz de los resultados, no se equivocó. Tampoco cuando se embarcó en «The Matrix»: las futuras dos secuelas de ese film le dejarán 50 millones de dólares.
« Me fui a Savannah en mi camioneta tres meses antes. Empecé a frecuentar bares de «rednecks» (los campesinos blancos del Sur). Tenía que encontrarle un lugar a mi personaje, separarme de mí, necesitaba preparar el espacio físico y mental para Donnie», dice. «También, conocer a estas videntes del Sur, que son tan distintas de las del resto de los Estados Unidos. Hay toda una mística en torno a ellas. Reconozco que, por cosas que pasaron en mi vida, yo también atravesé una etapa en la que me sentí atraído hacia ese tipo de conocimiento, aunque mi razón se burlara de mí. Pero ¿por qué no? Si la ciencia está hecha de tantas cosas «sin hilos», las ondas, las transmisiones de todo tipo, ¿por qué no aceptar que determinado tipo de personas pueden recibir algún tipo de revelación, o de conocimiento, mediante esas ondas de las que estamos rodeados a diario?»
El personaje lo atrapó, cuenta, al punto de que se sintió hasta físicamente transformado. «Aparezco hasta con barba, pero eso no fue algo propuesto. Cuando me encontré en Savannah con Sam Raimi, yo llevaba una barba de varios días; él me miró y me dijo: no te afeites. Sintió que le sentaba al personaje. Ayuda a que Donnie sea todavía menos reconocible, más apartado de mi persona», comenta.
De inmediato -norteamericano al fin-, avanza contra las tentaciones prejuiciosas de generalizar: «No se debe trasladar las características del personaje a todos los hombres del Sur. Esa es una sociedad, en muchos sentidos, diferente del resto del país, pero no quiere decir que allí haya más hombres violentos. Mi papel es un resorte más dentro del film, necesario para darle coherencia a la trama», se defiende, para luego volver a la psicología: « En general, aquí y en cualquier lugar del mundo, muchas veces cuando una persona no puede resolver una situación, la ignora, o se siente acorralada y suele estallar a través de la violencia».
La reflexión final vuelve a dedicársela a la gente que se burla de las videntes, en especial, de las videntes del Sur. «Siempre me pregunto: ¿qué espiritualidad se prefiere, la californiana? Ya tenemos demasiado de ese tipo de espiritualidad. Está haciendo estragos.»




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