8 de marzo 2004 - 00:00

Abren imperdible muestra sobre Dadá y surrealismo

LHOOQ de Duchamp
"LHOOQ" de Duchamp
Hace 20 años, el Museo de Bellas Artes exhibió «Contrastes de forma», una muestra dedicada al arte abstracto que todavía perdura en la memoria de quienes la vieron. Y es probable que lo mismo ocurra con la exposición que el Malba inaugura el viernes: «Soñando con los ojos abiertos. Dadá y surrealismo». Más allá de la referencia al influjo de los sueños en el proceso creativo, en estos tiempos de dólar alto y cuando las muestras que llegan del extranjero son escasas, el título, «Soñando con los ojos abiertos», suena oportuno para presentar las 220 obras fundamentales para la historia del arte que llegaron de Jerusalén.

Se trata de la colección dedicada a Dadá y surrealismo de Vera y Arturo Schwarz, donada en 1997 al Museo de Israel y comparable en importancia a la del Pompidou o la del MoMa, pero dueña de la documentación y bibliografía más completa del mundo.

El núcleo de la muestra está conformado por las obras de Man Ray y Duchamp, quien en 1913 con su primer «ready made», elevó a la categoría de «obra de arte» un vulgar objeto de la vida cotidiana producido industrialmente, como «El secador de botellas», «Bicicleta fija» o la célebre «Fuente», un mingitorio al que le agrega la firma como si fuera una marca.

Al jerarquizar estos objetos de apariencia inexpresiva, el artista pega una vuelta de tuerca que rompe con el criterio de lo que hasta la fecha se consideraba de orden artístico y acerca así el arte a la vida.

Hoy, el carácter inescrutable y desconcertante de los objetos exhibidos en la sala del museo, posibilita reconstruir la intención del creador de las obras, que buscó remitir al espectador a sí mismo y le demandó su propia interpretación. «El artista no es el único que realiza el acto creativo, pues es el espectador quien crea el contacto de la obra con su entorno, descifrando e interpretando las características más profundas de la misma», señala Duchamp en sus textos.

La intención provocativa del autor de los «ready made» (como percheros o soportes para sombreros y guantes), fue inducir al espectador a observar, desde un punto de vista crítico, el verdadero aspecto de las cosas y la realidad, lo obligó a cuestionarse sobre la ausencia de sentido y, de este modo, a incorporarse al proceso artístico.

«El arte no es lo que se ve, se encuentra en los vacíos que abre»
, explica el enigmático Duchamp, que con la «presencia negativa» de sus objetos encuentra una forma de «negar la posibilidad de definir el arte», le tuerce el rumbo de la historia y convierte la Mona Lisa con bigotes en un fetiche de la vanguardia, a la que inclusive vulgariza más aun con la denominación que le da a la obra: «LHOOQ» (sigla que, leída en francés, suena como la vulgaridad «Elle a chaud au cul»).

A partir de estas obras, con una libertad hasta entonces desconocida, el movimiento Dadá introduce el caos en la escena artística tradicional. A través de la sátira y la ironía, los artistas reaccionan contra la belleza de un arte que se contradecía con la atroz realidad de la guerra, alcanzan finalmente la belleza convulsa que profetizaba
Rimbaud.

La muestra permite recorrer la historia del
Cabaret Voltaire, donde en 1916 se funda el movimiento Dadá que se expande de Zurich a Colonia, París y Nueva York. En las obras de Tzara, Ernst, Arp o Picabia, entre otros, se reconoce la imaginación y la energía experimental sin límite que se expande hacia el uso de nuevos materiales y medios expresivos como la fotografía, el cine o la literatura, disciplinas que hasta entonces habían estado estrictamente separadas.

Un collage del poeta
Paul Eluard, «Love», es altamente significativo: muestra la imagen de una mujer sostenida por una mano varonil, y es comparable a la fantasía de la «Virgen Indómita» -pero encadenada- de Man Ray.

En el conjunto de documentos que presenta el Malba se destaca la vigencia estética de gran parte de las obras. La muestra cuenta la compleja historia llena de «secretos» del arte moderno y contemporáneo, trae a luz la influencia decisiva de los dadaístas y surrealistas en el desarrollo del Pop art, el expresionismo abstracto, el arte cinético y conceptual.

Una obra de
Breton, la maqueta de una sala colmada de puertas, que resume la búsqueda del misterio de la vida, se ve en el contexto de la exhibición como una metáfora anticipatoria.

Por otra parte, vale la pena recordar que solo a partir del original se puede evaluar el talento de los continuadores. Al conocer los estilos y lenguajes del pasado se torna visible el repertorio que utiliza el arte actual: la apropiación, la cita, la derivación, la subversión o negación del modelo e, incluso, la copia.

La cuidada selección habla del refinamiento y erudición del coleccionista, que con un ojo privilegiado y espíritu enciclopédico reunió obras de todo el mundo, congregó artistas checoeslovacos, rumanos o latinoamericanos, como
Matta o Remedios Varo, con Bretón, Dalí o Miró.

La muestra se inicia con
«Los ajedrecistas» de Duchamp realizada en 1911, y culmina con una pintura de Miró de 1970. Pero además se exhiben obras de Goya, Durero, William Blake, Lewis Carroll, Gauguin y, entre otros, el simbolista Redon, consideradas como antecedentes históricos del surrealismo. A la vocación didáctica y la claridad mental que inspira la colección Schwarz -cuya historia merece otro escrito- se pliega el trabajo del Malba, que sumó a la exhibición obras de Berni, Lam, Lazo, Peláez o Kahlo pertenecientes al Museo.

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