«Rancho (una historia aparte)» de J.Chávez, L.Castello, L.Palazón y M. Scapola Morán. Dir.: J.Chávez. Int.: L.Castello, L.Palazón y M. Scapola Morán. Mús.: J. Ntaca. Ilum.: G. Córdova. Esc.: J.Chávez. (Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín.)
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Dos estilos de vida se enfrentan ferozmente en esta incisiva comedia de costumbres, coordinada y dirigida por Julio Chávez con el aporte de su grupo de actores. Al igual que en «Maldita sea (la hora)» -obra con la que debutó «oficialmente» como autor y director-Chávez vuelve a ocuparse de los oscuros juegos de poder que anidan en una familia. Su pieza anterior mostraba la convivencia de cinco adultos sometidos a la caridad de una madre inaccesible y poderosa que les daba albergue en el sótano de su casa a condición de que cuidasen a su hija menor, una débil mental.
En «Rancho (una historia aparte)» la que detenta el poder es Clara, una mujer que reniega de su pasado campesino, pero que luego de varios años de distanciamiento, recibe en su lujoso departamento de «Peña y Austria» a Tulio (su hermano mayor) y a Susana, hija de una hermana ya fallecida.
Los recién llegados son poco menos que impresentables: prenden velas para no utilizar la luz eléctrica, comen a cualquier hora y prefieren dormir entre sus trastos antes que acostarse entre sábanas de lino. Sus modales, que harían sonrojar a Minguito Tinguitella, van más allá de cualquier código urbano. Son dos salvajes recién llegados de un pueblito de Córdoba que desconfían del confort, la educación y las refinadas costumbres que Clara intenta transmitirles. Llegaron a Buenos Aires acorralados por la miseria, perdieron todo lo que tenían (incluso su rancho) y este estado de cosas hace aún más difícil evaluar su conducta.
La obra finaliza algo abruptamente, cuando el conflicto explicitado al comienzo empieza a mostrar sus raíces más ocultas. La trama parecería exigir un par de escenas más, pero siendo una obra centrada en la pintura de personajes, ésta nunca pierde atractivo. Los diálogos son desopilantes y resulta imposible tomar partido por uno u otro bando. Es tan molesta la soberbia de Clara como el eterno resentimiento de Tulio, quien además de tiranizar a su sobrina desde su silla de ruedas, se empecina en rechazar toda idea de progreso y de educación.
El humor oscuro y mordaz de la pieza gana efectividad con las convincentes interpretaciones de Luz Palazón (Clara), Mercedes Scapola Morán (Susana) y de Leandro Castello, quien pese a su juventud logra componer a un anciano creíble (e insoportable) sin caer en la macchietta.
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