15 de agosto 2002 - 00:00
Amateurismo que no excluye la ternura
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Las carcajadas en un terreno resbaladizo
Escena del film
Quizá semejante premio fue algo exagerado, y acaso bastaba con una palmadita en el hombro, o con la atinada mención que le otorgó la OCIC, Oficina Católica Internacional de Cine. Cabe una explicación: esta película tiene una ternura singular. Y una cierta poesía, algo rudimentaria, pero sincera y necesaria. Y, si uno es proclive, puede sentir que le llama suavemente al corazón. Y está hecha con dos pesos, es decir, para transmitir lo suyo no necesitó un gran presupuesto, un arte refinado, ni nada semejante. Al contrario, interesa, o se la aprecia (o se la perdona) por lo elemental, como las pinturas de un artista callejero. Si estuviera «bien hecha», sería menos sentida. En todo caso, eso sí, el exceso de elogios puede hacerle daño. Es tan frágil... Tanto, como las criaturas que componen su historia, una historia pequeña, contada a través de viñetas que ocultan pudorosamente ciertos datos, acerca de una chica de barrio, su abuela muy viejita, y su padre discapacitado, que ha salido de la cárcel. Nunca sabremos qué hizo el hombre, ni cómo era la relación familiar. Lo que se digan, cuando los tres vuelvan a juntarse, quedará entre ellos. Nosotros quedamos aparte, y no necesitamos entrar en detalles, para sentirles cierto cariño.




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