(09/08/2001) Acostumbrada ya nuestra percepción a obras que se imponen por el tamaño, el desborde pictórico, el horror al vacío o la carencia de contenido, la inmediatez de las imágenes que se suceden vertiginosamente y desaparecen, característica del videoarte, la obra de Ana Tarsia invita a demorarse para «leer» detenidamente cada centímetro de la superficie de sus cuadros.
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«Sólo setenta» es el título doblemente significativo de esta exposición, por el número de cuadros y porque con ella la artista celebra sus setenta años en el recientemente remodelado Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín (Av. Pedro de Mendoza 1835) de La Boca. Obras realizadas en los últimos veinte años, pero que no siguen un orden cronológico, ya que la artista va y viene sobre sus propias obras, modificándolas constantemente, siguiendo quizás aquella premisa de que lo único permanente es el cambio, intencionalidad reflejada en el título.
Dibujante excepcional, colorista sutil, ninguna técnica le es ajena; la composición no sigue cánones establecidos, siempre hay quiebres que impiden que la anécdota subyacente aparezca linealmente. Esta puede basarse en cuadros paradigmáticos de la historia del arte o de su autoría, y que, a través de otras disciplinas, descompone, desestructura, recreando la situación con imaginativos recur-sos. Collage, fotocopiado, papel recortado a manera de rejas «complican» la imagen, por lo que el contemplador queda atrapado tratando de recomponerla, ya que, como lo señalaba De Chirico, «el arte debe narrar algo que no aparece en su forma exterior».
Ana Tarsia tuvo maestros como Battle Planas, Urruchúa,Aída Carballo, que influyeron en su rigurosa formación. Destacamos «Desembarco II» (1991) de la serie «El río inmóvil»; «Tigres de papel» (1993), una obra clave de 1996; «¡Ay, si te viera Garay!», «Hamacas voladoras» (2000) y «Tocando fondo», una de sus últimas obras. Clausura el 21 de agosto.
* De la misma manera que muchos artistas se han identificado con sus predecesores que marcaron rumbos a través de los tiempos y les han rendido homenaje «citándolos» en sus propias obras, Graciela Ricci bucea en la historia de animales mitológicos, sagrados, que también fueron incorporados a simbologías paganas o cristianas.
A la manera de pinturas rupestres, aparece Amaltea (la cabra que dio de mamar a Zeus), Europa, también de la mitología griega, montada en el toro que la transportó a través del mar hasta Creta portando el collar de la eterna belleza, búfalos que se desplazan en manada o escenas que registró en La Cueva de las Manos en la Patagonia. El elefante es otro de los protagonistas. Símbolo de la fuerza y en la tradición de la India, cariátide del Universo, emblema de la sabiduría en la Edad Media, por los cauces del pensamiento mágico se cree que el elefante puede producir nubes.
Aparte de las connotaciones históricas y míticas que seducen a Ricci, ha encontrado un cauce expresivo que está en las antípodas de manifestaciones anteriores. Con mayor hondura, su pintura cubre la superficie del cuadro sin efectismos; cuando utiliza geso y arena logra el efecto de las primitivas manifestaciones además de, en cierta forma, respetar el cromatismo original, pero cuando se atreve al rojo -por ejemplo, en «Ignis»- logra esa «fuerza en acecho» de la teoría de Kandinsky.
Los «Desplazamientos» de Graciela Ricci no sólo se refieren literalmente a aquellos que se han sucedido a lo largo de la historia humana y animal, sino también a su propia obra, que se ha desplazado a una zona de carácter mítico como el Centro Cultural Borges. Clausura el 6 de setiembre.
* Cecilia Luque nació en Córdoba en 1966 y desde 1992 realiza una importante labor docente en establecimientos oficiales de esa provincia además de estar a cargo del taller de Gráfica Experimental Juan Canavesi.
En 1999 presentó una serie, neoxilografía con collage sobre tacos de madera, acrílico, ejemplares únicos cuyo motivo principal era la tipografía de diversos diarios del mundo. Obras muy elaboradas que tenían como idea subyacente la incomunicación y la no banalización de la palabra.
En «Germinare», su actual exposición en Galería Forma, sorprende nuevamente la cantidad de técnicas empleadas, taco de collagraph, intaglio, collage de fotocopias que hacen de estos ejemplares, también únicos, un compendio barroco por las formas y por el exceso de piezas que encajan unas dentro de otras y que pueden calificarse como objetos gráficos.
En la misma exposición presenta algunas obras de la serie «La construcción del cuerpo», realizadas en el verano de 2000 durante una beca en la Universidad de Nueva York. Diametralmente opuestas, despojadas, en estas serigrafías fotográficas apela también al dibujo de la palabra, por lo que Luque demuestra su capacidad para expresarse a través de distintas técnicas sin ataduras. Aráoz 2540.
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