Arte de Lichtenstein une en París pasado y presente

Espectáculos

París (Enviada especial) - El arte fue patrimonio exclusivo de las minorías hasta que la Mona Lisa y los pintores impresionistas comenzaron a atraer a los viajeros del mundo. La génesis de la democratización del arte se puede rastrear en París, cuando en los tiempos de la Revolución Francesa el Louvre abrió las puertas de las colecciones reales al público y las presentó como auténticos tesoros, para que todos pudieran disfrutar de la belleza que hasta entonces había permanecido inaccesible.

Las estrategias de marketing cambiaron con los años, pero en la actualidad basta recorrer los museos de la ciudad para advertir que París, que fue el mayor centro del arte internacional, aspira a recobrar el cetro perdido durante la Segunda Guerra Mundial. Fue en esos años, cuando los artistas buscaron el exilio, y el encanto de «lo nuevo» comenzó a suplantar el de las antigüedades.

En la década del '70 el Centro de Arte Pompidou sumó el arte contemporáneo al del pasado, pero Nueva York ya había concentrado el movimiento que generaban los artistas. Hoy, el paisaje es diferente: los centros están diseminados por el mundo y el público está dispuesto a desplazarse en pos del interés que despiertan las propuestas. En este contexto, París ha renovado aceleradamente sus estrategias culturales para ofrecer un programa que, más allá de la calidad, cuenta la incomparable historia del arte en esta ciudad.

Para comenzar, la muestra del Museo D'Orsay «De Cezánne a Picasso, obras maestras de la galería Vollard», ha puesto en el candelero un relato que atrapa la atención y responde al gusto del público actual: la vida de un gran marchand que a fines del siglo XIX con genial intuición se posicionó en el mercado de la vanguardia. Vollard compró obras de Renoir, Degas, Van Gogh o Gauguin, entre otros grandes, cuando nadie los conocía, y las guardó durante años hasta que logró conquistar su clientela y amasar una fortuna. En «Ambroise Vollard: memorias de un vendedor de cuadros», el marchand cuenta que en 1892 compró (a crédito) en un remate cinco pinturas de Cézanne por 900 francos, y agrega que el precio era alto, porque «las primeras pujas eran por diez francos».

Un mes antes de inaugurar esta muestra, el Museo de la Orangerie, que durante seis años estuvo cerrado para remodelar sus salas, abrió al público la magnífica colección de otro marchand, Paul Guillaume, formada a comienzos del siglo y rica en obras importantes de Renoir, Cézanne, Monet, Gauguin, Sisley, Picasso, Matisse, Derain, Modigliani, Utrillo, el aduanero Rousseau, Marie Laurencin, Soutine y Van Dongen, entre otros. El edificio alberga además los «Nenúfares» de Monet, unos estupendos murales que se exhiben en unas salas ovales de cristal, con luz natural, como deseaba el artista.

Atentos a la atracción que suscita el arte contemporáneo, los franceses buscan ganar posiciones y para lograrlo, acaban de inaugurar la Pinacoteca de París con la exposición «Evolución» del pop estadounidanse Roy Lichtenstein. Ubicada frente a la iglesia de La Madeleine, la Pinacoteca ocupa 2000 metros que pertenecían a la bodega del almacén de comidas Fauchon que linda con la galería.

La muestra de Lichtenstein tiene aspectos en común con la que el año pasado presentó el Malba en Buenos Aires, y revela el origen del proceso creativo a través de bocetos, dibujos, collages y maquetas, pinturas y esculturas. Pero en este caso, permite descubrir la relación que establece el artista con Monet, cuando se apropia de ese clásico de la pintura francesa que son los «Nenúfares» y los pinta en grandes planos, con el punteado propio de la obra gráfica, recurso utilizado para conformar la sombra que define su estilo inconfundible.

La exhibición destaca las eruditas citas de Lichtenstein de las estampas japonesas que inspiraron a los pintores impresionistas, o el modo en que distorsiona los típicos rostros de sus jovencitas con el estilo cubista de Picasso, hasta que se parecen al de Dora Maar. Luego, queda en evidencia la gracia con que monta el busto de un personaje de la cultura popular americana como el Pato Donald sobre un pedestal, parodiando los solemnes bustos que pueblan los palacios de Francia. En esta misma línea se apropia de «La danza» de Matisse y cuelga la célebre pintura en un living.

Así, su serie de bañistas reitera uno de los temas favoritos de Cézanne; unos desnudos tienen como fondo las pirámides de Louvre, y la muestra se cierra con una imponente pintura que retrata el grupo escultórico Laocoonte, botín de guerra de Napoleón que fue devuelto al Museo Vaticano. En suma, toda una gira por las reliquias de Francia, que el norteamericano usa como un ready made, como algo prefabricado. Bajo esta óptica, funde la cultura alta con la baja, el comic y las cuestiones más triviales de la vida tienen el mismo rango que las obras maestras del arte.

«En cierto modo, un cuadro de Picasso ha pasado a convertirse en un lugar común», señala Lichtenstein en una entrevista, y agrega que al convertirlo en obra propia mediante el empleo del contorno lineal y la trama de puntos «lo único que yo quiero hacer es una especie de Picasso para todo el mundo, algo que parezca un malentendido que, sin embargo, tenga su propio valor». A la desacralizante visión de Lichtenstein, París suma la conmoción que provoca la instalación del alemán Anselm Kiefer, el primer artista contemporáneo a invitado a intervenir con sus obras el Grand Palais.

En estos últimos años, cuando los museos, con sus espectaculares arquitecturas y montajes de las colecciones resultan tanto o más convocantes que las obras, París abrió el Quai Branly. Bajo la sombra de la torre Eiffel, en un edificio que lleva la firma de Jean Nouvel, el Museo de las Artes y Civilizaciones de Africa, Asia, Oceanía y las Américas, abre paso a las culturas diferentes.

Cuesta creerlo, las colecciones son imponentes, pero el Sur de Latinoamérica se vislumbra desde acá como un territorio casi inexplorado.

A.M.Q.

Dejá tu comentario