23 de enero 2001 - 00:00

Arthur Laurents: un famoso en sombras revela secretos

Arthur Laurents.
Arthur Laurents.
Nueva York - (22/01/2001) Viva donde viva, y aunque no haya tomado nunca un avión hacia el centro del show business mundial, usted ya consumió un buen bocado de la obra de Arthur Laurents y no lo sabe. Laurents es un guionista y director norteamericano que, desde 1945 a los años '80, tuvo su nombre asociado a algunos de los musicales, obras teatrales y películas más famosas de los Estados Unidos. Por ejemplo, «West side story», el musical de Leonard Bernstein y Stephen Sondheim: tanto el musical de 1958 como el film de 1961 fueron escritos por él; en verdad, Laurents fue quien tuvo la idea original con el coreógrafo Jerome Robbins.
«Gipsy»
, otro fabuloso musical (1959), con música de Jule Styne y letras también de Sondheim, igualmente tuvo libreto de Laurents -fue de él, entre otras, la idea de hacer de Rose, la monstruosa madre de Gipsy Rose Lee, el personaje principal de la historia.

Para Hitchcock, Laurents escribió el guión original de «Festín Diabólico» (1948), película famosa por no tener cortes de montaje, en la que John Dall y Farley Granger matan a un amigo y sirven una comida sobre el baúl en donde esconden el cuerpo. El mismo año, Laurents escribió para Anatole Litvak el guión de «Nido de serpientes», uno de los primeros films en tratar con compasión las enfermedades mentales.

En 1949, la primera obra teatral de Laurents, «Home of the Brave» (1945), fue adaptada por el director Mark Robson como «Clamor humano», una de las primeras películas serias sobre el racismo en los Estados Unidos. Eso, a pesar de haber cambiado el foco, muy a la Hollywood: la obra era sobre antisemitismo; en el film, la víctima pasó a ser negro.

Laurents
era «de izquierda». Rechazó colaborar en la «caza de brujas» y entró en la lista negra del maccarthismo. Al no poder trabajar en Hollywood, se mudó a Europa, donde escribió una obra teatral, «The time of the cuckoo», adaptada al cine en 1955 por David Lean como la inolvidable «Summertime», con Katharine Hepburn y Rossano Brazzi. En 1965, el propio Laurents transformaría «Summertime» en el musical «Do I hear a Waltz», con canciones de Richard Rodgers y (esta vez solo) Sodheim. Y tiene muchísimas obras más.

La trayectoria política de Laurents, desde estudiante en los años '30, le sirvió de base para su guión de la película «Nuestros años felices» (1973), enorme éxito de Sydney Pollack, con Barbara Streisand y Robert Redford. Además, fue Laurents, como director, quien le dio la primera chance a Barbra en Broadway, en 1963, al contratarla para hacer la solterona Miss Marmelstein en el musical de Harold Rome, «I Can Get It for You Wholesale». Un detalle: Miss Marmelstein tenía 50 años; Streisand, 19. Mucho después, también como director, Laurents sería responsable de un exitazo de Broadway: «La jaula de las locas» (1983), el gran musical de Jerry Herman. Etcétera, etcétera.

Laurents tiene hoy 82 años y, con un currículum tan glorioso, ¿qué le quedaba por hacer? Escribir sobre él, contar su vida. Y fue lo que hizo, en «Original story by Arthur Laurents», que se publicó a fines del año pasado. Es uno de los libros de memorias más maliciosos, deliciosos y bien escritos por una celebridad del teatro y el cine. Nada por donde él haya pasado en Broadway o en Hollywood está a salvo, pero, para no ser acusado de haberse sentado en los laureles, Laurents abre la guardia desde las primera líneas: «Judío, homosexual y, desde temprana edad, de izquierda, o sea, difícilmente los requisitos que volvía confortable la vida de un muchacho norteamericano en la primera mitad del siglo».

La carrera de Laurents comenzó pronto y encontró mucha gente que después se haría célebre. Conoció a Lena Horne, para comenzar, cuando ella aún se llamaba Helena Horne. Con William Holden disputó una competencia para ver quién bebía más, en los tiempos en que los dos servían en el ejército. Y Laurents tuvo el privilegio de oír varias «salidas» de la escritora Dorothy Parker, entre ellas, aquélla en el hall de un hotel de Nueva York, cuando el perrito de la escritora hizo pis en una columna, el gerente vio como había quedado el piso, y Dorothy se justificó diciendo: «Fui yo».

Cuando se fue a trabajar a Hollywood en 1947, lo invitaban a las mansiones de los magnates del cine; a Laurents le costó darse cuenta de dónde sacaban ese estilo de decoración que tenían y que sentía tan conocido. «Era de las casas inglesas según las diseñaban los escenógrafos de las películas de la Metro, la única diferencia era que la piscina ocupaba el lugar de los establos». Para un muchacho de Nueva York era una constatación terrible, todo era imitación, copia, incluso la vida real.

En Hollywood,
Laurents jugó tenis con Charles Chaplin, fue uno de los habitués de las fiestas del director George Cukor y paseó en barco con Katharine Hepburn y Spencer Tracy (con Tracy pasado de whisky y Hepburn acomodando almohadas para él). Laurents quedó descolocado al descubrir que Spencer, tan amable y buena gente, era «de derecha», como Barbara Stanwick, John Wayne, Ginger Rogers y Ronald Reagan. Y, aun con toda su experiencia neoyorkina, quedó impresionado al ver, en una fiesta, a Humphrey Bogart dando mordidas a una copa de martini y, con la boca llena de sangre, desafiar a otros a hacer lo mismo.

El primer enamorado de
Laurents en Hollywood fue el galán Farley Granger y los dos decidieron vivir juntos. Antes, ya estaba el precedente de Cary Grant y Randolph Scott, pero, en 1948, hombres conviviendo no era algo que se asumiera. Por eso, cuando salían de noche, los dos se hacían acompañar por amigas actrices: así, para todos, Laurents estaba «saliendo» con Geraldine Brooks y Farley con Shelley Winters. Geraldine sabía que Laurents era gay, pero la romántica Shelly creía que Farley estaba feliz con ella.

Antes de esto,
Laurents había sido contratado por Hitchcock para escribir el guión de «Festín diabólico», protagonizado por Farley. Los tres muchachos de la película (los dos asesinos y la víctima) eran claramente homosexuales, pero, en las innumerables reuniones con Hitchcock en su estudio o en su casa, en ningún momento la palabra homosexualidad fue pronunciada con relación al film. Eso intrigaba a Laurents, porque según él, a Hitchcock le encantaba contar historias de homosexuales y hablaba de sexo todo el tiempo, no del de papá-mamá, limpio y tradicional, sino de las perversiones brutales de las mentes criminales.

A pesar de esos chistes y comentarios, para
Laurents, Hitchcock era asexuado y su confesada fijación a las rubias de hielo no pasaba de mero marketing. Si Hitchcock tenía una pasión real, dice Laurents, era la cámara. Pero el trasfondo homosexual de «Festín diabólico» era tan fuerte para Hitchcock que los actores que quería eran Cary Grant en el papel del profesor y Montgomery Clift y Farley Granger como los asesinos, todos gays. Desgraciadamente Grant y Clift, por miedo a verse colocados en una vitrina distinta de la de siempre, rechazaron el papel y terminó el suave y asexuado James Stewart siendo el profesor, y John Dall haciendo de uno de los asesinos y el film se perdió allí.

No todo es malicioso en el libro de Arthur Laurents. En su larga vida a él le gustó mucha gente, como Lena Horne, Anita Ellis (la cantante que dobló a Rita Hayworth en todas las películas en que Rita «cantaba»), Sondheim, Mary (hija de Richard) Rodgers, Betsy Blair (mujer de Gene Kelly, que lo consideraba inseguro, vanidoso y egoísta), Judy Hollyday, Hitchcock. Pero lo bueno es cuando no le gusta alguien y, entonces, golpea desde abajo. Su juicio de colegas que señalaron gente durante el maccarthismo es implacable, y Laurents los conocía bien de antes y de durante los interrogatorios.

Cuanto mayor era su amistad anterior, mayor era el desprecio posterior por el informante. En el libro trata tranquilamente a Jerome Robins de canalla (a pesar de haber vuelto a trabajar con él), no perdona a Elia Kazan y deplora la conducta del actor Larry Parks, que era un candidato serio al estrellato en los dos films que protagonizó Al Jolson.Parks, dice Laurents, fue peor que muchos, porque intentó quedar bien con los dos lados; entregó gente en los interrogatorios reservados y luego quiso pasar por buen tipo negándose a hacerlo en la sesiones abiertas al público.

El libro tiene también pasajes punzantes, como los que cuentan la humillación a la que sublimes artistas de teatro se tenían que someter para atraer inversores.
«West side story» entre otros, fue durante años apenas un sueño suyo y de Robbins, Bernstein y Sondheim. Ellos cuatro hicieron más de 30 lecturas (aun con música y el elenco entero cantando) para grupos de ricos potencialmente interesados, reunidos en elegantes departamentos de Nueva York. Y, a la media hora de lectura, ya sentían su platea distraída o desesperada por irse a cualquier lado. De hecho, era un argumento que nadie, en 1958, podía tener fe: ¿dónde se vio un musical --¡un musical!- lleno de puertorriqueños pobres en el cual tres personas morían a cuchillo y a tiros? Pero, si no hubiera sido así, no sería un musical de Arthur Laurents.


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