Emmanuelle Béart en «Lejos del mundo», nuevo film del francés André Techiné.
«Lejos del mundo» («Les égarés», Francia, 2003; habl. En francés). Dir.: A. Techiné. Int.: E. Béart, G. Ulliel, G. Leprince-Ringuet, C. Meyer.
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Se estrenó, casi secretamente, la nueva película de André Techiné, director que en los años 80 se proyectaba como la futura gran vedette de la realización en Francia («Apasionados», con Juliette Binoche; «Las hermanas Brontë», con las dos Isabelle, Huppert y Adjani, o «Toda una mujer», con Catherine Deneuve), aunque su estrella fue poco a poco declinando en la década siguiente. «Lejos del mundo», sin embargo, es lo suficientemente atractiva como para volver a trascender las fronteras de su país. Aunque el film transcurre, en su mayor parte, a cielo abierto, en el marco de los desplazamientos en masa de los parisienses fugitivos durante los peores momentos del asedio aéreo en la Segunda Guerra, se trata de una obra camarística y teatral, limitada casi a una extraña pareja protagónica y unos pocos personajes más.
Son ellos Odile (Emmanuelle Béart), una docente repentinamente viuda, buena burguesa, incapaz de terminar de advertir y mucho menos de adaptarse a su nueva condición en el mundo; el poco más que adolescente Yvan ( Gaspard Ulliel), una especie de salvaje animal de campo que, pese a la desconfianza que le inspira a ella, parece ser su única tabla de salvación, y finalmente los dos hijos de la mujer, Phillipe y Cathy.
Cuando toman por asalto (por decisión de Yvan, desde luego) la suntuosa casa de campo, abandonada hace muy poco, que perteneció a un músico famoso y su esposa, el libro tiene más posibilidades de desarrollar lo que realmente importa en «Lejos del mundo»: no es ni la guerra que ocurre puertas afuera, como si se tratara de otro país, ni el suspenso por conocer si los fugitivos terminarán salvándose o serán descubiertos, sino, sobre todo, asistir a un sutil, elaborado drama de recelo, poder y sometimiento, que involucra a una mujer adulta, pero en el fondo insegura, y a un despiadado muchacho que apenas le lleva unos años a su hijo (y que recuerda, lejanamente, al Lacombe Lucien de Louis Malle).
Deformadas por la brutalidad de la guerra, que impone como siempre el cese de tantas fronteras de conducta, la película avanza lentamente (para algunos espectadores, tal vez demasiado lentamente) sobre esa relación incipiente, en la que el poder va cambiando insospechadamente de dueño según la situación que vivan o se produzca, y en la cual el contrapapel de los extraños (los propios hijos, o esos hombres que aparecen imprevistamente) contribuye a enriquecer. Aunque no a la altura de sus mejores años, un nuevo y buen Techiné.
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