Pese a haber sufrido terribles embates, la actividad artística en la ciudad creció en vez de disminuir, los artistas están más activos que nunca y nadie puede negar que pese a los dramáticos contrastes se ha vivido una temporada de genuina excitación cultural. Es cierto que ante el derrumbe cada cual se aferra a lo que tiene como tabla de salvación, pero en estos últimos meses varias exposiciones reflejaron la intensidad con que el drama repercute en el arte.
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Como una metáfora de la situación, Esteban Alvarez montó «Un año de aire», una nube de botellas de plástico descartable que llenó de oxígeno y flotó en el inmenso hall abierto hacia las tres plantas del MALBA. Desde ese cielo de pacotilla pendían cuatro mascarillas para respirar, todo un símbolo.
Con un gesto igualmente desesperado y también metafórico, aunque de modo más directo, brutal y elocuente, Enio Iommi llevó la actual degradación de Buenos Aires al espacio neutro de la galería en la muestra «Cambalache». Partió al medio la sala con una pared reducida a escombros y polucionó la belleza de sus formas escultóricas con los mismos elementos del basural que invadieron el paisaje porteño.
Este año, en la sufrida provincia de Jujuy, el pathos de los crucificados de Semana Santa superó la de cualquier performance artística y, posteriormente, el sobrecogedor entierro virtual de quienes mueren literalmente de hambre, en cajones negros de tablitas frágiles y con flores de utilería, conmocionó a todo el país.
•Norma
Algunos sostienen que es imposible desconocer la norma: «cada vez que se produce una crisis económica, el arte es el primer producto que cae en picada». Basta para ello recordar que la crisis del petróleo en la década del setenta y la Guerra del Golfo al principio de los noventa, determinaron un bajón en el interés de la gente por el arte y consecuentemente, en el mercado internacional.
«De la noche a la mañana, el arte se convirtió en un producto superfluo, que se consumía y disfrutaba sólo en tiempos de estabilidad económica y si abundaba el dinero», aseguran. Pero la Argentina de hoy, con la creciente productividad artística, la demanda del público y el coleccionismo en aumento, contradice esta regla. El arte y la cultura se ofrecen para algunos como espacios de contención.
Sin embargo, la inequitativa distribución de la inversión estatal en cultura, desalienta cualquier optimismo. El gobierno de la Nación aspira a mantener un presupuesto de 112,6 millones, mientras la legislatura de la Ciudad aprobó el aumento de 145 a 149 millones, que no es poco dinero en estos tiempos. Pero la verdad es que sólo unos pocos privilegiados disfrutan de la cultura.
El año pasado, mientras la Ciudad destinaba a la cultura algo más de 50 pesos por habitante, en la provincia de Buenos Aires la cifra bajaba a 3,76 pesos y en Santiago del Estero a sólo 31 centavos. Más allá de la injusta disparidad, el 75% de los presupuestos de todo el país se gastan en sueldos y servicios.
Entretanto, el patrocinio privado lejos de aumentar ha disminuido con la crisis. Razón de más para creer que si la cultura y el arte sobreviven es un hecho milagroso.
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