La excelente Paula Almerares tiene un digno partenaire en Enrique Folger, en la muy buena versión de la ópera de Gounod que ofrece el Teatro Argentino de La Plata.
«Romeo y Julieta». Opera. Libreto: J. Barbier y M. Carré. Mús.: Ch. Gounod. Dir. mus.: R. Censabella. Régie: M. Niec. (Teatro Argentino de La Plata. Repite: 8/8.)
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En pleno Romanticismo musical francés, Charles Gounod tomó como fuente de inspiración la tragedia de « Romeo y Julieta», de William Shakespeare y con la ayuda de los libretistas Barbier y Carré concretó una muy bella ópera que recrea la historia de los amantes de Verona. La imaginación melódica, el refinadísimo entramado instrumental, las grandes escenas de conjunto y la sensualidad de los momentos de intimidad de los jóvenes protagonistas constituyen rasgos salientes de la creación que tuvo su premiere en 1867, en el Théatre Lyrique de París.
La cantante platense de ganado prestigio internacional Paula Almerares fue llamada para animar a Julieta y diseñó su rol con la elegancia y la musicalidad que son habituales en sus performances. La amplitud lírica de la partitura, sus exigencias en el registro agudo para la soprano, de la que también requiere coloratura y especial sensibilidad para dibujar a la adolescente enamorada tiene a una intérprete excepcional en Almerares.
A su lado se luce Enrique Folger, un tenor joven de indudable mérito, que crece día a día; un digno partenaire de la soprano platense. En papeles menores se destacan Sebastián Sorrarain, Carlos Esquivel, Federico Sanguinetti, Arnaldo Quiroga, Vanesa Mautner y Alberto Jáuregui Lorda.
En la dirección musical del espectáculo, Reinando Censabella aporta garra, temperamento, pero también refinamiento y rigor estilístico al frente de una consecuente Orquesta Estable. El Coro del teatro-Argentino constituye un elemento decisivo en esta producción, con su habitual calidad y precisión en la preparación. Las efectivas luces de Gabriel Lorente y la bella escenografía, de Daniel Feijóo suman atmósfera a la régie preparada por Marga Niec, que no sólo creó una dinámica apropiada a la conducción de las masas sino que también el clima sensual e íntimo para las secuencias de los enamorados, redondeando un gran espectáculo operístico.
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