13 de noviembre 2000 - 00:00
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Como en el Norte, los vaivenes económicos de nuestra región repercuten inmediatamente en el mercado del arte y adquieren su mayor visibilidad en el escenario neoyorquino. Esta vez, superadas las oscilaciones de los efectos tequila y caipirinha, luce la supremacía que ejercen las economías fuertes y nunca fue tan evidente el despliegue de estrategias para escalar posiciones.
El primer dato que revelan los catálogos de los remates, es la declinación de los artistas argentinos frente al poderoso avance de los brasileños y la recuperación del tradicional predominio de los mexicanos en ese terreno.
Para comenzar, es fácil augurar que el cuadro de Cándido Portinari que ilustra la portada del catálogo de Christie's, «Girl combing her hair», que perteneció a la colección de Helena Rubinstein y está estimado entre 800.000 y 1 millón de dólares, será récord para Brasil. La bella imagen de la mujer peinándose revela con toda claridad la influencia de Picasso, pero como se trata de una mulata, la obra ostenta la tan buscada identidad propia de Latinoamérica. Con apenas un tono más subido de color y unos trazos más cerrados en las sortijas del pelo mota, lo que podría haber sido no más que un puro reflejo de Picasso se volvió un «producto genuino».
Luego, el glamour de la diva de los cosméticos sumado a la foto que la muestra junto a Portinari y a un texto recordando que el Museo de Arte Moderno de Nueva York posee una obra del brasileño, bastan y sobran para aspirar a la rica clientela norteamericana y, mejor aún, a que algún museo se interese por el cuadro, que es lo que garantiza el prestigio.
Al fin, la cifra más alta pagada por un Portinari en subasta pública no alcanza al millón, pero se sabe que un argentino sí pagó esa suma privadamente, además del récord brasileño, un Tarsila de Amaral que costó 1,4 millón. Y como si una sola mulata no fuera suficiente para imponer la imagen carioca, rematan otra que pintó Di Cavalcanti con similares virtudes estéticas y por el mismo precio.
Estos son los detalles visibles. Por detrás están los hilos que tejen políticos, empresarios y opera-dores culturales y del mercado, que confían en el poder del arte para mejorar la imagen de Brasil, al punto de bajar el «riesgo país». Y no se trata de un delirio poético ni de una especulación intelectual, sino de intereses concretos de las fortunas más grandes del país, que montaron este año la mayor exposición de arte que se recuerde en Latinoamérica con ese fin, para «cambiar la imagen de enclave violento y con enormes bolsones de pobreza».
Es decir, la seductora mulata de Portinari está en el lugar y el momento preciso, y las cuentas para que el precio (como el pagado por Frida Kahlo) repercuta en los mass media de toda la tierra, ya deben estar calculadas. A no ser que aparezca otro argentino.
Sin embargo, el elemento fundamental que surge a la hora de consolidar el mercado del arte moderno y contemporáneo, no es tanto el dinero que a algunos les sobra, como el soporte teórico de la crítica que legitima ese gasto. En el caso de Brasil, el pensamiento de Oswald de Andrade, que de algún modo explica y legitima con su teoría de la Antropofagia tanto la independencia como las apropiaciones del arte europeo que hacen los artistas de ese país, tuvo reconocimiento público e internacional durante la última Bienal de San Pablo, que además propició el arribo de su curador, Paulo Herkenhoff al MoMA.
La teoría coincide con la de Borges, cuando dice: «Creo que los argentinos (...) podemos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener y ya tiene consecuencias afortunadas». Mario Vargas Llosa se sirve del pensamiento de Borges para apoyar, incluso, la relación de Botero con el arte europeo. Pero la afinidad de Pettoruti con el futurismo y el cubismo, tan auténtica como la de Portinari, no cuenta aún con el imprescindible aval de la teoría.
En la portada de Sotheby's los mexicanos vuelven a ganar el sitio que siempre lideraron con «Sandías», de Rufino Tamayo, una de las versiones más expresivas de un tema que el artista reiteró hasta el cansancio y que está estimada entre 900.000 y 1,2 millón de dólares. Es el precio más alto a que aspiran las subastas, ya que «Pájaro agresivo», también de Tamayo, tiene la misma valuación en Christie's. Aunque la habilidad brasileña también luce en esta casa.
Como si no hubiera vidriera suficientemente grande, ofrecen una obra de Arnauld Julien Pallière que proviene de la muestra de los 500 años, presentada por su curador, Pedro Corrêa do Lago. Se trata de la primera vista conocida de San Pablo, una idílica visión de la ciudad en 1829, valuada en la empinada suma que oscila entre 600.000 y 800.000 dólares.



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