3 de septiembre 2004 - 00:00
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Marcelo Lombardero: «La ópera de Poulenc no sólo habla de lo religioso sino de lo humano. También del miedo y de la injusticia».
Periodista: ¿Cuál de las dos actividades, la del cantante o la del régisseur, tiene prioridad hoy en su vida artística?
Marcelo Lombardero: Ante todo soy un cantante. Si se dan las condiciones óptimas me dejo tentar por la posibilidad de dirigir. Y las circunstancias me han llevado a esto. La tarea del cantante se relaciona constantemente con la realización del espectáculo teatral, y creo que en ella está el secreto para aprender lo que exige una obra del «régisseur». Lo que nunca hago es cantar y dirigir al mismo tiempo, hechos que no me parecen compatibles.
P.: ¿Cómo encaró «Diálogos de Carmelitas»?
M.L.: Por mucho tiempo desconfiaba y hasta despreciaba esta obra. Luego me di cuenta de que, hoy en día, es mucho más sencillo cortar con los prejuicios, y sobre todo si estos están relacionados con los dogmas de la religión. La ópera de Poulenc no sólo habla de lo religioso. El eje pasa por lo humano. También habla del miedo y de la injusticia. En esta obra aparece el miedo a la muerte como redención. Me interesa, sobre todo, mostrar cómo estas carmelitas, siempre listas para rezar, de pronto deben enfrentarse a la muerte. También expresar esa sensación de encierro en el convento y las presiones ejercidas desde lo externo. Es un hecho de fundamentalismo revolucionario que obliga a liberar a este grupo de mujeres y el fundamentalismo de la Mére Marie, que las manda al martirologio. Es, en última instancia, una enseñanza acerca de cómo se llega a la muerte.
M.L.: He seguido dos caminos. Por un lado planteo una ubicación temporal de los hechos con el vestuario, que son de la época, y por otro lado una propuesta abstracta que se concreta en el manejo del espacio escénico. Para esto último trabajo con una caja acústica, que provoca la sensación de encierro. La puesta fue pensada como si fuera una película, de ahí la utilización de la técnica cinematográfica para la concatenación de las distintas escenas, como si se tratara de un montaje. El uso del telón transparente para el cambio de escena me va a permitir la proyección de grabados sepia, que refieren la época -la obra transcurre en 1789-, como en una puesta anterior, la de «La fanciulla del West» servía para la ilustración cercana al western cinematográfico.
P.: ¿Trabaja en equipo o prefierela independencia de muchos «régisseurs»?
M.L.: Soy bastante difícil y muy exigente. Tengo ideas propias y creo que el mío no es un trabajo en equipo, aunque me acompaña un grupo que me conoce bien (Diego Siliano en la escenografía, Luciana Gutman en el vestuario y Roberto Traferri en las luces). Si no impongo mi propio criterio en todo no puedo trabajar. Necesito un espacio escénico muy elaborado. Tengo la costumbre de meterme en todo y pretendo cosas específicas.
P.: ¿Cuál de las dos actividades le dan más satisfacción, cantar o dirigir?
M.L.: Las dos me dan mucho gusto. Me atrae el hecho de manejar todas las cuestiones que hacen al planteo escénico pero también siente un enorme placer cuando se trata de cantar.
P.: ¿Tuvo problemas técnicos para la realización de su trabajo?
M.L.: Tuve problemas por una programación equivocada, que no me dejó días completos para los ensayos. El escenario está siempre ocupado. Pero esto es algo de lo que la actual gestión no es culpable. Es algo que ha recibido como herencia y ahora hay que tratar de salvar inconvenientes. La grilla del teatro no contempla días completos para el ensayo de una ópera y eso es muy perjudicial para la puesta de una obra. Esperemos que las cosas cambien de aquí en más.
Entrevista de Eduardo Vincent



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