Una de las nueve obras que integran la primera muestra de César Aira en el espacio alternativo Belleza y Felicidad.
El sábado pasado el escritor César Aira inauguró su primera muestra de dibujos y pinturas en Belleza y Felicidad, el espacio alternativo del barrio del Abasto que dirige Fernanda Laguna. Con apenas nueve obras que van desde el comic a unas escenas «de cuento» que se acercan al espíritu de varios de sus relatos, Aira incursiona en esta disciplina. Durante el vernissage, que compartió con el joven Eduardo Navarro que ocupa la sala del subsuelo con sus dibujos, un parco Aira contó que sus obras, reunidas en un rincón de la pequeña sala, son autorreferenciales; observando las paredes que quedaron desnudas, se atribuyó la autoría del montaje y del «vacío» que predomina en la instalación.
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Es que lejos de adoptar un aire profesional (como el de Ernesto Sábato, cuando donó una de sus indescriptibles pinturas a la colección de arte argentino del Museo de Bellas Artes), Aira exhibe su nuevo oficio con cierta modestia.
Sin embargo, es todo un conocedor. En un ejemplar de la revista «Ramona», su texto «La utilidad del arte» aporta agudas reflexiones, no sólo sobre el constructivismo y el conceptualismo, sino además sobre la función que cumple el arte moderno y contemporáneo. Aira, que nació en 1949, cuenta que en su Pringles natal «había dueños de autos que se jactaban, sin mentir, de haberlos desarmado 'hasta la última tuerca', y haberlos vuelto a armar». Agrega que con idéntica habilidad hacían esta proeza con relojes, lavarropas o cajas fuertes, hasta el momento en el cual se crearon de las inabordables «cajas negras» y «la humanidad dejó de saber cómo funcionan las máquinas que usa».
Para Aira, el arte «sigue siendo el mejor campo de práctica y experimentación de la vieja inteligencia, la que se imponía el (revolucionario) objetivo de saber cómo funcionaban las cosas, y cómo funcionaba el mundo». Señala que durante siglos el arte fue una cuestión de dominio del oficio, hasta que arribaron los constructivistas, que aspiraban a que el cuadro «exhibiera su proceso de factura desde cero», a que no sólo el artista sino también el espectador pudiera desarmar la obra «hasta la última tuerca». Y el mejor ejemplo es la célebre pintura de Malevich (1915), donde se aprecia un cuadrado negro sobre fondo blanco.
El artista -observa - «es el único ciudadano corriente, no financiado por el poder, que trabaja con una materia sofisticada y actual que no es una caja negra, es decir que puede ser desarmada y reconstruida enteramente. Es el único que usa un tipo de inteligencia que se está atrofiando en la sociedad».
Entre las pinturas de Aira, se destaca una escena donde se puede observar un personaje alado con una pluma en la mano, que parado en una pequeña isla se despide de un ángel que representa la inspiración y de una pareja que simboliza la juventud. En la isla, esos tres personajes y una nube color rosa, se recortan sobre un fondo negro, un espacio vacío y misterioso como el de los cuadros de Malevich. La oscura superficie recuerda además su descripción del mar cuando al analizar el texto de Melville, «Moby Dick», destaca la soledad que impone el océano, y dice: «En el mar los hombres se apartan de la especie y se condenan a ser individuos por toda la eternidad».
•Cartoneros
Esa misma tarde, a poco más de una cuadra de Belleza y Felicidad, sobre la calle Guardia Vieja, el artista callejero Pablo Rosales inauguraba en la sede de la editorial Eloísa Cartonera su muestra de grabados «No hay cuchillos sin rosas». Allí se venden a 5 pesos los libros realizados por cartoneros que pudieron abandonar ese trabajo y ahora se ganan la vida pintando y cortando las tapas. El ambicioso proyecto editorial avanza, ya tienen 54 títulos publicados de autores latinoamericanos, entre ellos los cuentos de Aira, «Mil Gotas», que trata sobre arte, y «El todo que surca la nada». Se trata de textos inéditos cuyos derechos fueron cedidos por autores como Ricardo Piglia, Fogwill, Lamboghini o el joven poeta Washington Cucurto, un favorito de Aira.
Además, este emprendimiento benéfico ya tiene seguidores: en Perú, con el modelo de Eloísa y autores locales, acaban de fundar la editorial Silvita Cartonera.
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