"CHINESE BOX"

Espectáculos

Esta «caja china» es muchas películas dentro de una película: es una crónica dramática de los últimos 6 meses del Hong Kong colonial, sintetizados en un acto desesperado; es la historia de un periodista inglés (Jeremy Irons) al que le diagnostican una enfermedad terminal, y que se enajena en el amor por una fría y elegante ex prostituta (Gong Li); es también el relato de la obsesión de este hombre por una joven mujer engañada (Maggie Cheung), con el rostro comido por una cicatriz, y es, finalmente, la mirada que tiene de ese mismo ambiente y esas mismas circunstancias un fotógrafo latino (Rubén Blades).
Cada uno de estos recorridos representaría, quizá, una película aislada; su conjunto, en cambio, parece excesivo, y sus resoluciones no siempre satisfactorias.
Sin embargo,
«Chinese Box» tiene valores que el espectador que haya disfrutado de películas como «Cigarros» o «El club de la buena estrella», ambas del mismo director, Wayne Wang (natural de Hong Kong) no deja-rá de apreciar.
Irons es uno de los actores a los que mejor le sienta el papel de acorralado, y aquí está a la altura de siempre. Si el guión fuera más económico y no cayera en algunos de los típicos desbordes de la pluma de Jean-Claude Carrière, probablemente su historia de amor con Li habría sido perfecta.

 Opuestos

Irons, acostumbrado a jugar el papel de tercero sufriente (recordar «La amante del teniente francés» y «Damage»), ocupa un lugar pasional exacto entre dos desgarramientos: el suyo propio, y del Hong Kong colonial, pero Li, con esa indiferencia fundada en la sensatez feme-nina, prefiere otro tipo de seguridades, aunque sus elecciones la arrastren a previsibles humillaciones. Algunas de las escenas que juegan juntos están logradas; otras, como el ataque de celos en el bar, son del todo inapropiadas. Algo similar ocurre con la obsesión que el mismo Irons encuentra en el rostro, entre repulsivo y fascinante, de la joven Cheung, con quien establece un vínculo casi documentalista. El seguimiento, el pacto y las sumisiones recíprocas interesan; en cambio, la inopinada aparición de ese antiguo novio que ni siquiera la recuerda (obvia referencia a «Madama Butterfly»), sobra.
Pero «Chinese Box», insistamos, es una película siempre interesante de ver. Tiene, aunque no su libro extraordinario, mucho de los climas de «Cigarros», y el decadentismo moral y físico de todas las transiciones. En ese sentido sí el film elude el mecanicismo obvio y acierta en la exposición de los simultáneos quiebres, políticos y personales, de un territorio que se libera del colonialismo viejo pero que a la vez abomina de lo que se viene, y del puñado de atormentados solitarios que deambulan por esas mismas zonas, incapaces de relacionarse entre sí sin dañar y dañarse.

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