27 de septiembre 2001 - 00:00

Cine negro revive con gran policial

Robert De Niro, Edward Norton y Marlon Brando
Robert De Niro, Edward Norton y Marlon Brando
Los ladrones del cine ya no vienen como en «Cuenta final». Películas como «Rififi», «Mientras la ciudad duerme», «El último suspiro», «Casta de malditos», «Topkapi» o «Diabolik», cada una en su estilo, rendían culto al profesionalismo de los ladrones que planeaban cuidadosamente cada golpe, mezclando las complicaciones de cada robo con los conflictos personales de los protagonistas.

El tema recurrente de la mayoría de esos films es el del honor entre ladrones en oposición a los miembros del establishment que financian e idean sus actividades, a lo que hay que sumar todo tipo de anexos nihilistas, metafísicos y existencialistas.

Nadie puede negar el atractivo de un buen thriller de superacción al estilo Peckinpah, Walter Hill o John Woo, pero la verdad es que el cine negro tiene demasiadas variantes olvidadas. Sin dejar de entender que esta larga hibernación no ayudará a convertir a este audaz producto en la película más taquillera del año, esto justamente lleva a apreciar doblemente el placer de ver a Robert De Niro, Edward Norton y Marlon Brando mezclados en un asunto criminal digno de un buen policial francés de mediados de los años '60.

Dentro o fuera de la ficción, Robert De Niro está en el medio de Brando y Norton. Como un ladrón profesional un poco cansado de andar disfrazado de ninja para robar joyas, debe hacer un gran esfuerzo por aceptar los puntos débiles de sus dos colegas, el capitalista e ideólogo rodeado de lujos y jaqueado por acreedores mafiosos, y el chico demasiado listo y ambicioso que quiere hacerse rico de un día para otro con su primer trabajito de nivel.

Como uno de los mejores cinco actores del Hollywood de las últimas tres décadas, De Niro también está entre Marlon Brando, tan legendario como decadente, y Edward Norton, un actor joven demasiado talentoso como para encontrar protagónicos en grandes producciones hollywoodenses, limitándose casi siempre a acompañar a colegas con menos clase y más dinero, como Brad Pitt o Matt Damon.

Tanto los riesgos imprevistos y diferencias éticas y existenciales entre los tres socios, como el factor humano de la vida cotidiana del personaje central -aquí aparece una Angela Bassett un poco desaprovechada-logran que una película que casi no tiene tiroteos ni persecuciones automovilísticas consiga un nivel de tensión digno de los clásicos del género.

Si el lector tiene la suerte de haberlos visto -la edad ayuda-, a esta altura ni necesita el consejo de no perderse
«Cuenta final» por ningún motivo. Si no, la decepción puede ser grande. Ver un policial de gran presupuesto y actores aún más grandes, sin las balaceras ni efectos especiales digitales, con el énfasis puesto en los detalles, no se parece en nada a una secuela de «Arma mortal». No se puede culpar a los espectadores decepcionados, ya que la ausencia de feedback es un problema global e insoluble. Todo sería distinto si conocieran los policiales de Jean-Pierre Melville, Henri Verneuil, John Huston, Giuliano Montaldo (autor de la mítica pero hoy inconseguible «Ad ogni costo»/»Grand Slam» con Klaus Kinski, Janet Leigh y Georges Rigaud) y, sobre todo, si supieran quién es Jules Dassin, maestro del comentario social disfrazado de film noir, aunque no tanto como para no ser víctima del macartismo y de la crítica esnob que sabe más del cine iraní que de obras maestras como «Brute Force», «Topkapi» o «The Night and the City».

Es probable que de todo esto, algo haya inspirado a
Frank Oz a abandonar el humor de siempre y volver a las fuentes del mejor cine negro. Tanto el director como su trío de ladrones-actores deben haber aceptado el desafío luego de recordar que las mejores fábulas morales siempre tuvieron que ver con ladrones honorables.

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