4 de julio 2001 - 00:00

Colón: admirable versión de Orfeo

Víctor Torres y Graciela Oddone.
Víctor Torres y Graciela Oddone.
El primer impacto que recibe el público al llegar a la sala del Colón es el rediseño del foso de orquesta, rodeado de la gradería para los coreutas, todo en madera natural, es decir, sin pintar ni lustrar. Los músicos, con togas y a la vista del público, afinan sus violas y lirones «da gamba», se templan los laúdes y chitarrone; los sacabuches y cornetos se disponen en un palco para la fanfarria inicial. Está todo dispuesto para revivir el mito de Orfeo, el músico más citado en todas las épocas, nacido en Tracia, como resultado de la visión griega del mundo terrenal y el sobrenatural. Todo un legado que en el Renacimiento vuelve a inspirar a músicos y a poetas.

Claudio Monteverdi es uno de ellos. Estrenó su «Orfeo» en 1607, cuando el nuevo género está en pañales, y como ha dicho John Elliot Gardiner, «lo más parecido a una ópera que se rescata de esa época». Hacer una puesta en escena de esta ópera supone un desafío a la imaginación, sobre todo si se rechaza hacer una reproducción de los recargados cuadros y grabados, arquitectura y trajes del siglo XVII.

Esta es una respetuosa evocación, de una belleza visual indescriptible, de un refinamiento extremo; esa fronda que no sabemos si atribuir a Poussain o Watteau, los colores pastel de las túnicas, el natural desplazamiento de los coreutas, la gracia en la danza de los pastores -que pare-cen esas figuras en los bajorrelieves de las ánforas griegas puestos en dinámico movimiento-, la sobriedad en la actuación privilegiando el canto y la música, que en su austeridad y tenues sonidos ponen el marco ideal con acentuada delicadeza.

Madrigales, cánones a varias voces, recitativos trovadorescos con laúd, arioso con arpa, corales de afiligranada polifonía, dos órganos que se imitan, violas de gamba que gimen; es una sucesión continua y placentera de cuadros distribuidos en cinco actos que son poesía pura. Todo los músicos del Ensamble Elyma como los cantantes hacen una declaración de amor y fidelidad al Renacimiento; muchos de ellos han dedicado su vida a la investigación, estudio y actual divulgación de un arte que a su vez representa una etapa decisiva en la evolución de la cultura occidental.

El Orfeo de Víctor Torres es antológico; barítono de clara dicción y profunda expresión, domina al personaje como si se hubiera mimetizado, y en «Possente spirto» consagra sin fisuras sus probadas dotes. Graciela Oddone es una Eurídice ideal, tanto por su voz como por su figura. (Los citados cantantes grabaron la obra en CD.) Son 15 los cantantes en la distribución de partes, y todos en un grado de superlativa excelencia; el espacio no permite señalar los méritos de cada uno, pero es destacable la acertada elección para el cuarteto de pastores y la equilibrada dirección de Gabriel Garrido, director argentino de bien ganado prestigio internacional.

Dejá tu comentario

Te puede interesar