8 de junio 2000 - 00:00

"COMO BARRIL DE POLVORA"

L a película nocturna «Como barril de pólvora» es menos un ensayo político que un acertado ejercicio de teatro sobre situaciones lí-mite. El film, del yugoslavo Goran Paskaljevic («La otra América») focaliza su acción en una única noche y en una misma ciudad, Belgrado, la víspera del acuerdo de paz de Dayton que clausuraría la guerra de Bosnia.
El escenario, sin embargo, es aleatorio: podría ser cualquiera de las muchas geografías castigadas en la historia de este siglo, intención que Paskaljevic deja clara desde la primera escena con una inconfundible cita de «Cabaret» -cuando se caía la República de Weimar a principios de los años '30-, y sobre todo con sus alusiones mínimas, tangenciales, a las circunstancias que están viviendo sus personajes.
El paroxismo y las conductas violentas definen el tono de las fábulas que se suceden o entrecruzan esa noche. El libro que dio origen al film, y también éste, ceden a la tentación fácil de extraer la moraleja mecanicista: en una sociedad así, pauperizada y en guerra, todos los individuos son barriles de pólvora; al menor roce, arden. «Un día de furia», el film con Michael Douglas de Joel Schumacher, partía de la misma tesis, pero en la pacífica y opulenta San Francisco. Tal vez pueda concluirse que la causa no es la miseria de la guerra, sino la misma miseria humana.
La «chispa» que abre el film, como ocurría en el anteriormente citado, también tiene un origen automovilístico; ya no es un simple embotellamiento en el Golden Gate, sino un choque mínimo: un joven conductor imprudente, y sin registro, golpea el viejo auto de un hombre. La reacción del segundo es impredecible, psicopática, y llega casi a la locura criminal. Su recorrida en busca del fugitivo conductor permite a Paskaljevic un somero examen de los refugiados, humillados, y desesperanzados.

 Conflictos

Los cuadros siguientes comparten con éste su violencia, planteados casi todos con ortodoxas consignas de conflicto: el exiliado que vuelve a la patria y encuentra a su antigua novia con otro; la muchacha acosada en el tren por el hombre que acaba de asesinar a su amigo; la venganza desmedida de un taxista contra alguien que le jugó mal en el pasado; la angustia del «huis clos» a bordo de un colectivo sin chofer, en manos de un lunático.
El conjunto de los episodios conforman, si no una gran película, sí un amargo conjunto dramático del paisaje humano, subhumano por momentos y con escasas iluminaciones, que parece confirmar las tesis más pesimistas de algunos filósofos sobre la condición del hombre. Las actuaciones son, en todos los casos, muy creíbles.

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