Imagen del inglés Paul Oakenfold y manos en alto: se controló esta vez con más
rigor la posibilidad de que entraran bengalas. Pero las sustancias energizantes
fueron otra vez moneda corriente.
En la ex Ciudad deportiva de Boca en Costanera Sur se batió un nuevo récord de asistencia a Creamfields: 60 mil personas, 9% más que el año pasado (55 mil) y 300% más que en su primera edición en 2001.
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Este fue el primer Creamfields post-Cromañón. Años anteriores estaba prohibido el ingreso de bebidas, comida y obviamente cualquier tipo de cuchillo o arma. Esta vez enfatizaron en la prohibición del ingreso de bengalas, pirotecnia y no se vieron shows que utilizaran fuegos de artificio. También circulaban bomberos y voluntarios de la Cruz Roja. Algo similar ocurrió este fin de semana con Luis Miguel en Vélez, quien solía ofrecer largos espectáculos de fuegos artificiales al final que se reemplazaron por papelitos. Trabajaron en Creamfields 450 personas de seguridad, 30 móviles de Prefectura y Policía Federal Argentina y 2 helicópteros.
Recomendaban no manejar si se consume alcohol aunque la mayoría no es justamente alcohol lo que consume sino pastillas de éxtasis, agua mineral y bebidas energizantes.
Fueron legión los carteles que comunicaban el estado de ánimo de los presentes: «Esto es vida», «Gracias Dios» o «Take the blue pill» en clara referencia al éxtasis. Algo raro en ese contexto: una bandera de los Redonditos de Ricota, que habían reunido esa misma noche a otra multitud en La Plata (ver vinculada). No pocos optaron por ir a Creamfields el sábado y al segundo show del Indio Solari el domingo, aunque a simple vista no tengan mucha relación la ansiedad saltarina del éxtasis con el rock and roll ricotero y el vino en «tetra».
Si en algo se diferencian estas fiestas del estruendo bolichero es en su diagramación. Diez carpas que permiten aturdirse de armonías y distorsiones digitales y un inmenso campo que invita a momentos de relax en el césped, casi siempre en grupo. Pese a las características autistas de esta música, la mayoría asistió en grandes grupos: se abrazan unos con otros, se tocan, se ponen crema y lociones aromatizantes para percibir «nuevas sensaciones». Para muchos todo es «un flash»: mirar la luna, tocar el pasto, caminar y hasta respirar. El furor de este año fueron las aguas saborizadas que se agotaron alrededor de las 5 de la mañana y hubo que pasar a lo único que quedaba para tomar: cerveza.
Actuaron más de 90 artistas nacionales e internacionales en 10 espacios: Main Stage (escenario principal), tres carpas llamadas Arena y luego espacios auspiciados por sponsors y el infaltable vip. Las puertas abrieron a las 15 con ingreso para mayores de 18 años, pero se advirtió que varios menores falseaban el documento y lograban ingresar si no eran descubiertos. También fueron varios los que esperaron a último momento y en lugar de pagar el valor inicial (70 pesos) terminaron pagando en la reventa 200 pesos.
En el escenario principal, se destacaron el dúo inglés «Audio Bullys», cuyo hit «Bang Bang» hizo delirar al público; la banda «The Prodigy» llegó a las 23.30 pero los más electrónicos preferían correrse hacia la Cream Arena 1, donde a la medianoche arrancó Hernán Cattaneo. Gran error ubicar a Cattaneo en una carpa pues la mitad de los presentes querían estar allí, lo cual provocó una masiva oleada que no cupo de ningún modo dentro. Hasta hubo inadaptados colgados de los sostenes de la carpa, a cinco metros de altura, con tal de ver al DJ argentino más aclamado en el mundo. Así que hubo que encontrar otras alternativas en otros espacios si se buscaba bailar.
A las 3 de la mañana tocaba en la carpa principal Danny Howels pero lo mejor ocurría en el main stage, con otro inglés, Paul Oakenfold, que ya estuvo varias veces en el país y ofreció un set impecable que incluyó desde «We will rock you» de «Queen» hasta el último corte de U2, «Vértigo». Cerró a las 4.30 y la mayoría se dispuso a vivir la última hora de la fiesta con James Holden en la carpa.
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