Ocho años antes de que Charlton Heston se estrellara con su nave en el planeta de los simios, al joven profesor B.T. Cates lo arrestaban por enseñar a sus alumnos las teorías de Charles Darwin en «Heredarás el viento» (1960). Algo parecido pretende hacer ahora la Twentieth Century Fox con quienes digan que su nueva superproducción de 100 millones de dó-lares es una «remake» de aquellas viejas películas. La «remake», para los grandes estudios, es un concepto evolucionista de temidos efectos en la boletería, y Hollywood al dios Novedad le rinde tanto culto como los simios al dios Chimpancé.
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Ni la película de Tim Burton desciende de aquellos monos, sostiene la Fox, ni el astronauta Mark Whalberg desciende del atribulado coronel Heston. Todo es nuevo y no hay pasado. La novela de Pierre Boulle, autor también de «El puente sobre el río Kwai» (ese film tan silbable, en el mejor de los sentidos), sirve de inspiración al nuevo producto de los maestros del maquillaje y la técnica visual como si nadie la hubiera explotado antes. Algo de eso hay, pero esta vez no en el mejor de los sentidos.
En «El planeta de los simios», versión 2001, el cine ocupa el mismo espacio que Oscar Wilde le reservaba al periodismo en relación con la publicidad: se filtra en los lugares que deja libre el diseño. Los admiradores de Tim Burton sentirán que se les corta el aliento en varios momentos, tal es la fuerza persuasiva de muchas de sus imágenes. Sin embargo, la aventura pura, o el comentario satírico social que contenía la novela y que, aun con su inocencia, reflejaba la antigua saga, pasan ahora a un lugar secundario.
Política
El libro de Boulle, como gran parte de la ciencia ficción de su tiempo, ilustraba hipótesis políticas con imágenes fantásticas. En su caso, la de un mundo manejado por primates parlantes, sabios, crueles y guerreros, que someten a la ahora inferior especie humana. El monerío estaba estratificado según rangos de poder y sólo un par de científicos, los estupendos Kira y Cornelius que interpretaban Kim Hunter y Roddy McDowall, tenía otra relación con la esclavitud humana que no fuera la de victimización.
Irónicamente, en el nuevo Hollywood se verifica una revolución similar: si la especie dominante era antes el relato y sus metáforas, para los que maquillaje y decorados servían de sumiso soporte, ahora ocupan el trono el diseño todopoderoso, el látex aterrador y la multiforme tiranía de la virtualidad, ante los que se someten humildemente los contenidos.
A ellos y a los requerimientos de mercado, desde luego. Empezando por el romance: lo hubo en «Titanic», lo hubo, lamentablemente, en «Pearl Harbor» y lo hay también ahora, pero desde luego con moderación. Un beso más y la película habría incurrido en zoofilia (aunque, dadas las circunstancias, más apropiadamente sería «humanofilia» de la sensible mona Ari hacia el guapo de Leo).
De lo que no se priva el libro es de algunos apuntes a la moda: decir «simio» es correcto, decir «mono» es políticamente incorrecto. Tampoco de cumplir con el guiño inevitable que le proporciona la breve participación-homenaje de Charlton Heston, ahora mutado de especie: su discurso tiene que ver con su conocida presidencia de la asociación de defensa de la portación de armas.
No es de buena educación revelar finales, y no se hará. Pero el que se le dio a esta película, aunque gracioso, es insostenible. Y esto recuerda, una vez más, el darwinismo hollywoodense. Si a los maestros creadores de «King Kong», en los años '30, les tenía sin cuidado el sentido de la proporción (en la manaza del simio ocupaba el mismo espacio el bello cuerpecito de la asustada Fay Wray que un vagón de subterráneo), ¿para qué buscarle ahora alguna lógica temporal al desenlace?
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