Una de las pocas imágenes que puede captar el espectador
cuando no está ocupado en empujar paredes con la cara
pintarrajeada, sortear obstáculos en la oscuridad o aburrirse
mortalmente.
«Obit», espectáculo de la Compañía La Fura del Baus. Dir.: Pera Tantiña. Int.: el público (La Rural.)
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"Obit", la curiosa propuesta que trajo La Fura dels Baus a La Rural no es ya siquiera para incondicionales de la compañía catalana. Tampoco para los que esperan jugar y divertirse, como prometía la promoción previa. Lo que propone La Fura dels Baus con «Obit» no es un juego divertido, ni una experimentación que sorprenda. Tampoco es un generador de emociones, ya que no proporciona placer estético, ni miedo, ni entretenimiento, ni nada. Sólo genera un hastío que tiene su clímax mucho antes de que culmine el espectáculo (aunque, con razón sus creadores prefieren llamarlo «creación colectiva») y la única inquietud que provoca en el espectador es la enormidad de tiempo que pierde (1 hora y 20 minutos), esperando que este grupo justifique su enorme prestigio internacional.
Ese tiempo se divide en tres «juegos», previa espera en el guardarropas, ya que hay que estar ligero para «jugar». El primero requiere que los más de 500 espectadores se alineen en una tediosa fila aguardando ser divididos en equipos. Todo está empezando, y se conserva todavía la curiosidad, sobre todo teniendo en cuenta que a cada uno se lo ha munido de un delantal y se le ha pintarrajeado la cara. El «juego» consiste en empujar una pared y derribar con largas vigas una gran rueda que cuelga del techo. Y esto se repite unas cuatro veces.
Tras veinte minutos de « momento lúdico», apagan las luces y todo se transforma. La idea, explícita, es crear caos y confusión con espacios laberínticos, ruidos ensordecedores, corridas de hombres desnudos, transporte de ataúdes, brazos y piernas de maniquíes arrojados hacia los espectadores, a incesante sonido de bocinas y sollozos de bebé, todo esto en la oscuridad. Por si alguien no comprende la intención, hay papeles pintados con leyendas como «Todo cambia, nada es lo que parece, quién eres? ¿para quién juegas?».
Al cabo de otros veinte minutos alguien se toma su tiempo para escribir «Mueres solo» con letras rojo sangre. Como la muerte es la idea que subyace bajo todo este disparate (no porque surja del espectáculo sino porque el director Pera Tantiña lo ha explicado insistentemente en entrevistas), ahora lo que viene es un nuevo nacimiento. Hay que sacarse el delantal, lavarse y secarse la cara en alguna de las cuatro grandes canillas y prepararse para la gran danza colectiva final con percusión tribal ad-hoc, para lo cual se reparten unas maderitas. A esa altura, antes que el abrazo con el prójimo, lo único que quiere el público es encontrar la puerta más próxima para huir. Y olvidar rápidamente.
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