5 de octubre 2000 - 00:00

"DOBLE TRAICION"

En el prólogo de «Doble traición», los cadáveres baleados de varios desafortunados Santa Claus adornan las nevadas calles de Michigan. Es que la ironía y el énfasis casi caricaturesco en potenciar los clichés del género son características de «Doble traición», una de las películas más divertidas, vertiginosas e imprevisibles que nos llegan desde el estreno de «Nueve reinas» (menos espectacular, pero más verosímil y superior en varios sentidos). Si bien puede parecer desatinado mencionar un film argentino mientras se comenta otro dirigido por John Frankenheimer, realizador de títulos como «El embajador del miedo», «Seconds», «Contacto en Francia II», «El tren» y la reciente «Ronin», de todos modos la referencia no es gratuita. «Nueve reinas» propone una trama de estafadores donde cada situación podría o no ser un fraude armado por alguno de los protagonistas, dejando que el espectador trate de especular quién engaña a quién hasta el último minuto.
«Doble traición» cuenta las desventuras de un convicto (Ben Affleck) que al salir en libertad decide hacerse pasar por otro preso muerto para aprovechar en carne y hueso el amor que su difunto amigo sólo había conocido por correspondencia. El espectador sabe el engaño que intenta perpetrar el protagonista, pero durante todo el film especulará sobre los otros personajes, que también están engañando a los demás.
Tanto «Nueve reinas» como «Doble traición» proponen un juego en el que el público tiene varias cartas menos que el director. Y al terminar la proyección de las dos películas, hay otro juego: tratar de rearmar cada escena mentalmente intentando comprobar si todos los detalles cierran, o si la película recurrió a trucos nonsanctos en su búsqueda de un desenlace (como el célebre falso flashback que Hitchcock utilizó por única vez en «Stage Fright»).
Una de las diferencias es que la película de Frankenheimer luce más común y corriente en el contexto hollywoodense que la de Bielinsky en el contexto argentino. Hay más situaciones conocidas, más escenas de sexo y violencia, mayor despliegue de producción, cierta intención de lucir actual (ya desde el momento en el que un realizador maduro se une a Ehren Kruger, el joven guionista de «Scream 3») y mucha menos preocupación por pasarse de la raya a la hora de elaborar escenas divertidas pero delirantes.
También le teme menos al género negro, con todo lo bueno y malo que esto significa: cualquiera que haya visto tres policiales sabrá que a todo ex convicto la buena suerte le dura muy poco, y eso es exactamente lo que le pasa al pobre amante de la bellísima mujer fatal Charlize Theron. Las actuaciones son muy sólidas y el reparto secundario incluye hallazgos como Isaac Hayes y Dennis Farina, pero Gary Sinise en la interpretación del villano depravado (algo así como el Arthur Kennedy contemporáneo) logra un trabajo distinto a todo lo que había hecho antes. Su trabajo justifica por sí solo la visión de una película que tiene un punto débil en el título local, literal, y excesivamente revelador.

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