El pasado viernes murió Nino Manfredi, último grande del cine italiano de la edad de oro. Manfredi tenía 82 años y desde hace más de un año, tras sufrir una hemorragia cerebral, se debatía entre la vida y la muerte. Sus restos fueron velados el fin de semana en la Alcaidía de Roma. Entre los primeros asistentes famosos a la capilla ardiente se contó el director Mario Monicelli, que lo dirigio en varios films. Ettore Scola pronunció el discurso de despedida. Manfredi fue el peluquero de «Los enamorados», el vendedor de «Crimen en Montecarlo», el inmigrante fracasado de «Un italiano en Argentina» (con escenas filmadas en La Boca), y más tarde el de «Pan y chocolate», en Suiza, el infeliz «Padre de familia», y el pícaro padre del grotesco «Feos, sucios y malos», el cardenal que descubre tener un hijo carbonario, en el drama de época «En nombre del Papa Rey», el enfermero idealista de «Nos habíamos amado tanto».
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También hizo personajes que él mismo creó y dirigió para el cine, en «L'amore impossible» (sobre «La aventura de un soldado», de Italo Calvino), «Veo desnudo», y, la mejor de sus películas, «Por gracia recibida», donde planteaba el conflicto del italiano que nunca consigue negar del todo su formación (y hasta su predestinación) católica. Su último éxito fue la serie televisiva «Linda y el brigadier», de 1997 (acá se dio el año pasado). Restaría ver lo que hizo el año pasado, poco antes de su enfermedad, y que hoy conforma su involuntaria despedida: el film «La luz prodigiosa» y la serie «Un posto tranquilo».
Párrafo aparte, el empleado de funeraria que para mantener el departamento debe asumir el oficio de su suegro en la comedia española de humor negro «El verdugo», de García Berlanga.
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