13 de julio 2000 - 00:00

"EL DORADO"

S i bien la ya habitual lucha estacional entre la Disney y Dreamworks por el mercado infantil continúa siendo despareja -el propio Steven Spielberg, que ahora los tiene en contra, sabe muy bien lo que pesan los dinosaurios en la taquilla-, el nuevo largo de animación producido por su estudio, «El dorado», tiene atractivos más interesantes y comercialmente más definidos que, por ejemplo, la anterior, «El príncipe de Egipto». Nuevamente hay un trasfondo histórico más o menos complejo (en otras épocas, menos pendientes del «target» como ahora, se decía que era una virtud empezar a despertar la curiosidad de los chicos...), también hay un guiño para padres amantes del cine (el argumento de «El dorado» recrea la base del cuento de Kipling «El hombre que quería ser rey», que llevó al cine John Huston con Michael Caine y Sean Connery), pero la sencillísima, a veces anodina, línea narrativa del film parece haber sido diseñada para que los más chicos no se queden afuera de una historia que gana en claridad de exposición pero pierde, definitiva-mente, en ironías y sutilezas.
Los héroes del film son
Tulio y Miguel, dos pícaros españoles de los tiempos de la conquista, que terminan embarcados por azar en las naves de Hernán Cortés, a quien han caracteriza-do casi como un villano, acompañado siempre por los compases más siniestros de la Sinfonía Fantástica de Berlioz como leitmotiv. Un poco a la manera de Abbot y Costello, hasta en la sutileza de los chistes, Tulio y Miguel, que entre sus trofeos habían obtenido antes un mapa de El Dorado, logran llegar hasta ese territorio fantástico. Allí encuentran, además de una población aficionada al juego de pelota, un jefe obeso y blanduzco que los confunde con dioses, un mago devoto de los sacrificios humanos a quien es mucho más difícil engañar y una hermosa nativa que se parece demasiado a Pocahontas, aunque con más sex appeal y un interés muy femenino por el oro (pero sus atractivos recién le servirán muy avanzado el film, ya que al principio Tulio y Miguel parecen tener más interés recíproco que otra cosa).
El diseño de los dibujos es atractivo y los movimientos y los fondos muy bellos: el «Disney syndrome», de todas formas, es inevitable, y los creadores de la película, lejos de tratar de diferenciarse, parecerían tratar de cultivarlo hasta donde les sea posible.
Las canciones de
Elton John, que evidentemente han de ser mucho más ricas en la versión original inglesa, son agradables y hasta pegadizas, y la combinatoria de ritmos hispanos y sudamericanos recuerda mucho al cine americano de los tiempos del «buen vecino».
El guión, que combina el cuento tradicional con las alternativas históricas de la conquista más viñetas fantásticas de la legendaria ciudad de El Dorado, tal vez sea el punto más flaco de la película, sobre todo porque en su afán de totalizar y sumar públicos desbarata la posibilidad de un humor un poco más mordaz, al estilo de
«Cazadores del arca perdida», que mejoraría mucho el producto. Pero, más allá de eso, es una película que usted puede ir a ver con sus hijos, y la pasará muy bien.

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