9 de junio 2005 - 00:00

"El hombre del bosque"

El hombre del bosque
«El hombre del bosque» («The Woodsman», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: N. Kassell. Int.: K. Bacon, K. Sedgwick, B. Bratt, M. Def, C. León y otros.

En Filadelfia, el chico de «Sexto sentido» veía gente muerta, pero los responsables de esta película sólo ven pedófilos, en acto o en potencia. Walter, el hombre que al iniciarse el film sale de la cárcel después de 12 años, es uno de ellos. Si bien el dato no se revela de inmediato de manera explícita, existen varios indicios para advertirlo: en la ficha policial figura (aunque sin traducción en los subtítulos) el cargo de «acoso indecente», y apenas se instala en el departamento que logra alquilar, frente a una escuela primaria, su cuñado Carlos le hace un comentario: «Justo acá». Ante su fastidio, Carlos intenta atenuarlo: «Sólo lo decía por lo ruidoso que puede llegar a ser».

De allí en más, la película asume el punto de vista del protagonista, interpretado por Kevin Bacon, y contrapone su «lucha interior» (o, en sus propias palabras, el «deseo de ser normal», irrealizable) al rechazo, la repugnancia o la persecución de la sociedad en la que se mueve, efectos que se traducen en la virtual imposibilidad de Walter para reinsertarse en ella.

A medida que avanza la historia, el espectador puede preguntarse, con toda legitimidad, cuál es la meta de este film, ¿bucear en la mente de un perverso o, en realidad, intentar que semejante personaje inspire compasión o comprensión? ¿Se nos induce a que consideremos intolerantes a la empleada que lo delata en la fábrica de madera donde consigue trabajo, al policía que lo persigue con ganas de volver a encarcelarlo, o a todos quienes lo desprecian? ¿Acaso no lo merece?

De un modo subliminal, el guión de «El hombre del bosque» (dirigida por una joven debutante, Nicole Kassell, y basada en una obra de teatro de Steven Fechter) le otorga al protagonista, al menos según el cánon más clásico de reparto de roles, el lugar de la víctima: purgó su condena, está en tratamiento y, en todo caso, sus pulsiones exceden su voluntad. A Vicki, la mujer que se enamora de él sin conocer su delito, le dice al revelárselo: «Eran chicas de entre 9 y 12 años, pero no imagines lo que estás imaginando. No lastimé a ninguna de ellas» (¿presume el libro que la única herida es la física, o es sólo la presunción del personaje?).

Ese no es el único atenuante que alega el film en su defensa: desde su ventana, Walter descubre a otro perverso, Candy, que molesta a menores, pero varones. Aunque no lo denuncia, mucho después lo muele a trompadas: ¿se sostendría igual este film si el objeto del deseo de Walter no fueran niñas? Su cuñado, interpretado por
Benjamin Bratt, le hace en otro momento (justamente a él) un comentario ambiguo sobre las formas de su propia hija, es decir,su sobrina, y Walter entoncesle pregunta si nunca se sintióexcitado por ella. El hombre reacciona con violencia y lo toma por las solapas: ¿qué ocurre ahora, Walter está cumpliendo con la misión de detectar el enano pedófilo interior? ¿Es ese otro atenuante?

Finalmente, escena clave, Walter está a punto de recaer en su vicio con una chica de 11 años a la que sigue hasta a un parque, y con la que sostiene diálogos sobre aves. Pero descubre, por ella, que no es el único en acosarla, y eso le duele. Ultimo de los atenuantes de esta película que, dicen, le costó mucho interpretar a ese buen actor que es
Kevin Bacon. No es para menos.

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