«El hombre sin pasado» (Mies vailla menneisyyttä, Finlandia, 2002, habl. En finlandés). Guión y dir.: A. Kaurismaki. Int.: M. Peltola, K. Outinen, S. Kuosmanen, E. Nikkari, y la perra Tähti.
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E sta curiosa comedia romántica, o tragedia optimista, según se la mire, tiene quizá más duración, premios, y elogios de los convenientes. Quien espere una octava maravilla puede sentirse chasqueado, y, en la última parte, un poco aburrido. Pero, con las advertencias del caso, también puede encontrar varios deleites, y hasta una sensación de lejana ternura.
Esta es la trama. Un hombre llega a la capital. Se duerme en una plaza, y unos pícaros lo revientan a palos y le roban casi todo. En el hospital ya lo dan por muerto. Resucita, pero ha perdido la memoria. A partir de ahí comienza otra vida, entre gente pobre pero amable, y burócratas secos pero tontos, e incluso se consigue una novia, hasta que, a través de una foto, su esposa lo reencuentra.
•Parsimonia
La cosa sigue, rumbo a un mejor desenlace. Como mucho mejor de lo que esta síntesis pueda sugerir, es la forma bien personal que tiene Aki Kaurismaki para exponer a sus personajes, con melancólica y fría parsimonia. Estilista sin vueltas, el hombre luce una estética precisa, de artificioso realismo, y un sentido del humor decididamente finlandés. Un humor absurdo a veces, y triste casi siempre. Y un corazón distante, pero vivo.
También son distantes sus criaturas, aunque sufran por dentro. El hombre anónimo, protegido por los otros anónimos de su misma clase, sospechoso para los encasilladores de toda clase, se engancha con una solterona del Ejército de Salvación, y ella con él, como dos infelices a la única tabla perdida en el mar. Pero cuando deben separarse -momento alto de todo melodrama-, ella se vuelca muy tiesa en sus brazos, él toma pose de galán maduro, y lo único que ella dice, y lo dice de un solo tirón, es «El matrimonio es sagrado. Te traje el horario de trenes».
Uno puede reír ante esa situación, puede enternecerse, o (éste es el riesgo) puede quedarse razonablemente afuera, y perderse entonces el placer de la fábula social que se nos cuenta. Por cierto, nadie debe reclamar aquí la calidez con que René Clair, Chaplin, y el Vittorio de Sica de «Milagro en Milán» dijeron cosas similares, cada uno también con su artificio. Para mucha gente de ahora, quizá sea más adecuado el estilo Kaurismaki.
Igual resultan innecesarios el capítulo del regreso al hogar, y el lento vals siguiente (lo canta, arruga viva, la misma mujer que lo cantó hace ya medio siglo). Acá suenan mejor un tema llamado literalmente «Bandoneón», y los rocanroles viejos que, buscando modernizarse, tocan los del Ejército de Salvación.
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