26 de septiembre 2001 - 00:00

El jazz, punto débil de Salinas

Luis Salinas.  Luis Salinas
Luis Salinas. Luis Salinas
La mayor capacidad de Luis Salinas está en su dominio de las cuerdas de la guitarra. Su virtuosismo parece no tener límites y su enorme ductilidad le permite recorrer todos los géneros. Sin embargo, atado a ese virtuosismo, ajeno a la importancia que puede tener el silencio, y sin grandes piezas que le den sustento, los resultados de su trabajo no alcanzan siempre el mismo vuelo. Lo mejor es cuando hace música tradicional argentina; cuando interpreta tango o folklore sin escaparse mucho de los originales, se muestra como un músico muy interesante. El orden y la direccionalidad que le ofrecen los temas conocidos ordenan a la vez su discurso.

En cambio, cuando el punto de partida es el jazz, o el jazz-rock, el producto termina siendo mucho más difuso, más reiterado. A contrapelo de cualquier ley de marketing, Salinas ofrece conciertos muy distintos en cada presentación y, esta vez, el eje estuvo en el álbum «Rosario», grabado en los Estados Unidos hace unos años que tardó en ver la luz en la Argentina.

En una línea que podría asimilarse al «latin jazz», el guitarrista trabajó aquí con unas pocas células rítmico-melódicas, no muy originales por cierto, que en el disco adquieren algo más de dimensión por el impresionante elenco de músicos que lo acompañó, pero que en el concierto se diluyeron en un discurso monotemático. Entonces, ni él ni sus innegablemente buenos músicos, hicieron improvisaciones interesantes y, a falta también de temas que atraigan por su profundidad, terminaron ofreciendo un recital que no molestó a nadie pero que tampoco entusiasmó especialmente. Apenas en el comienzo, con «Todavía quedan cosas», promediando el concierto, con la vidala «Desde lejos», o en algunos fragmentos de su solo de guitarra acústica, con un popurrí de tangos y zamba, apareció el mejor Salinas.

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