El notable Chabrol firma un profundo film moral

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«La flor del mal» («La fleur du mal», Francia, 2003; habl. en francés). Dir.: C. Chabrol. Int.: N. Baye, S. Flon, B. Magimel, M. Doutey y otros.

E l personaje más interesante de esta película, la abuela Suzanne Flon, parece estar hablando del cine de Claude Chabrol cuando dice, susurra casi: «El tiempo no existe, es un presente perpetuo». En su universo personal, ajeno a experimentos o «riesgos» à la mode, el cine de Chabrol también es un presente perpetuo: su arte, al que alguna vez definió (hace ya 40 años) como «la travesía de las apariencias», está vivo y sin moverse en ese mismo abismo oscuro, culposo, perturbadoramente calmo, de donde surgió esa admirable cincuentena de películas que va desde «Los primos» hasta la actual, inconfundiblemente chabrolissima.

El extenso travelling inicial por la escalera burguesa y de provincias (una referencia más a su film favorito de Hitchcock, el muchas veces menospreciado «Bajo el signo de Capricornio») desemboca, tras haber visto fugazmente a una mujer poner la mesa, en las imágenes sucesivas, en habitaciones contiguas, de una muchacha, acuclillada y en trance, y del cadáver de un hombre maduro. Para dilucidar ese presente hace falta remontarse al pasado, deshojar la «flor del mal».

En el pasado inmediato, comprobará el espectador, tampoco hay respuestas a mano: un retrato de familia que componen una pareja poco avenida (ella, Nathalie Baye, en campaña política para la intendencia; él, Bernard Lecoq, farmacéutico, en campaña para seducir cuantas mujeres se le crucen por delante); los respectivos hija ( Mélanie Doutey) e hijo ( Benoît Magimel) de los matrimonios anteriores de ambos, enamorados entre sí de manera casi endogámica, y la abuela Lina ( Flon), sobre cuyas frágiles espaldas se apoya la parte más siniestra de la historia de Francia en el siglo XX. Si las palabras Pétain, Vichy, colaboracionismo, maquís o Gestapo son pasado, la memoria y la culpa asociadas a ellas son el presente perpetuo. Y mucho más si afectan a la historia personal.

De modo que, en los hilos que teje
Chabrol, la respuesta a esa naturaleza muerta inicial -que puede ser tanto presente como pasado, o ambas cosas a la vez-, o a la súbita aparición de esquelas anónimas que vienen a sacudir inesperadamente la campaña política de la mujer, y de cuya autoría todos se vuelven sospechosos (obvia referencia al film maldito de la época de Vichy, «El cuervo» de Clouzot), sólo puede ser satisfecha a través de una expiación que aún no ha tenido lugar. La dirección del film indica que, para que ello ocurra, otro crimen debe cometerse.

Así (y sin revelarle al lector más de lo indispensable),
«La flor del mal» se rige por la misma lógica que el cuento «Emma Zunz», aunque con un sentido moral del que prescindía la pura gramática borgeana: si, en Borges, el crimen necesitaba un antecedente de humillación, al azar, para terminar en el final con la humillación auténtica, en Chabrol el crimen del presente es la postergada confesión de una culpa que le exige, al personaje que lo cometió, un sacrificio que hoy nadie le requería, con excepción de su propio infierno. El muerto del pasado, en ese infierno, puede ser el de hoy: son crímenes intercambiables, otra vez como en Borges.

No por casualidad eligió
Chabrol la cita de Baudelaire para el título de su nueva película: «Las flores del mal», a mediados del siglo XIX, fue un libro censurado, llevado a la justicia. Según el poeta, quienes tanto se escandalizaron «creían en el orden imperturbable del bien y el del mal, y no fueron capaces de ver la propia podredumbre en sus corazones cada vez que supusieron, con sus actos, ser personas justas».

Los personajes de
Chabrol, como ocurre en esta película (y en la mayor parte de su admirable obra), también pueden ser personas justas aun cuando tengan las manos manchadas con sangre. La «flor del mal», ese fantasma que recorre generación tras generación cuando hay una culpa que no encuentra salida, tiene en el veterano maestro francés, ese «Hitchcock sin el mismo sentido del entretenimiento pero sí de la moral», como se lo definió una vez, a uno de sus mejores narradores.

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