Si bien el título argentino de este discreto psycho-thriller parece más apropiado para un diario que para una película, los medios de comunicación no tienen una participación demasiado importante en esta trama sobre la retorcida relación entre un hombre del FBI (James Spader) y un asesino serial extremadamente eficaz, sádico y demente ( Keanu Reeves).
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
El problema es que esta traducción no sirve demasiado para los videoclubes, donde con un título más marquetinero (por ejemplo «Observación letal» o «Killer Matrix»), el asunto podría ser todo un éxito. De hecho, en su génesis, «The watcher» no era otra cosa que un film clase B cuyo director había logrado un compromiso de Keanu Reeves para hacer un papel breve. Al final, el actor de «The Matrix» se encontró haciendo un protagónico por casi 10 veces menos de lo que cobra habitualmente, y sólo mantuvo su promesa para eludir los problemas derivados de romper un contrato.
No hay que ser psíquico para intuir que este complicado trasfondo puede haberle quitado algo de su potencial a una idea que daba para bastante más. Lo más interesante del argumento es su manera de relacionar al asesino serial con el hombre del FBI que se ocupó de su caso tiempo atrás sin obtener mayores resultados que darle pie al criminal para que termine atentando contra sus seres queridos.
Mudado de Los Angeles a Chicago, el personaje de Spader vegeta a base de barbitúricos, y su única preocupación es asistir a las sesiones con la psicoanalista Marisa Tomei. Eso hasta que el asesino, extrañando a la única persona que alguna vez se preocupó por él (aunque sea para atraparlo) reaparece con un desquiciado chantaje homicida: luego de mandar una foto de su futura víctima, le da a su amigo y perseguidor un breve lapso para que evite su muerte.
La falta de entusiasmo que exhibe Spader se adecua perfectamente a su personaje de policía cansado de la vida. Lo malo es que lo que en él es cualidad también se puede apreciar en los otros dos protagonistas (sobre todo en una Marisa Tomei muy poco convincente, sin que eso convierta a Reeves en el nuevo John Gielgud), por lo que el alcance del film se termina limitando mucho en lo actoral.
Otro punto débil es la falta de carácter en el estilo de un director capaz de arruinar la mejor escena con cámaras lentas digitales y solarizados mal ubicados, además de una banda sonora con muy buenos temas pop y tecno, sólo que poco integrados a la trama y que por momentos parecen surgir de una radio prendida por algún espectador.
Por eso, más allá de sus momentos intensos y de algunos giros sorprendentes y originales del guión, el conjunto no resiste un análisis serio, y la película siempre parece a punto de irse a pique. Como el realizador casi siempre tiene más suerte que Spader con sus rescates a último minuto, el resultado sirve para pasar el rato, aunque en todo momento siga pareciéndose más a un telefilm del cable que una superproducción de uno de los principales estudios hollywoodenses.
Dejá tu comentario