22 de abril 2002 - 00:00

El paisaje porteño sumó una flor que no se abre

Floralis Generalis
"Floralis Generalis"
La radiante flor metálica que se instaló hace unos días en la Plaza de las Naciones, estimada en alrededor de 6 millones de dólares y donada por el arquitecto tucumano Eduardo Catalano, invita a recordar la historia de las estatuas o monumentos emplazados en Buenos Aires con afán ornamental o celebratorio. Dicha historia tiene momentos notables como el Alvear de Bourdelle o el Sarmiento de Rodin (pagado por los ciudadanos en subcripción pública), pero está llena de episodios singulares.

Entre los más sonados se cuenta el de la estatua de Aristóbulo del Valle realizada por Lola Mora, que ya instalada en el Parque Tres de Febrero fue destruida por una bomba pocas horas antes del acto de inauguración. La provocativa vida privada de la autora y los desnudos que esculpía motivaron el atentado. De ese conjunto, como recuerdo, en el zoológico se conserva «El Eco», una mujer en actitud de escucha. Pero se consideró injusto que Aristóbulo Del Valle no tuviera su monumento y se encargó al francés Charles Despiau que modelara «La elocuencia», que ocupó el lugar del anterior.

Sin embargo, como la gente se empecinó en asegurar que la autora era Lola Mora, la enviaron por previsión a un corralón de Campana, donde alguien descubrió su valor estético y la erigió en una plaza. Así Del Valle tuvo su tercera estatua, realizada esta vez por Emile Edmond Peynot y emplazada en la calle Tagle, donde hasta hoy comparte la seguridad de una embajada que la resguarda de actos vandálicos.

La flor de Catalano fue recibida con muy buen talante por los habitantes de la ciudad. Pero su pétalos se resisten a cerrarse. El movimiento cotidiano que tanta expectativa suscita en la gente, pues se interpreta como auspicioso mensaje el hecho de que esa flor gigantesca se abra ante la luz del día, debe cumplirse por medio de un complejo mecanismo hidráulico. Pero todavía no comenzó a funcionar y por ahora, desvela a quienes esperan «el milagro».

•Marca

Las grandes formas escultóricas o arquitectónicas en movimiento (la flor porteña pesa 18 toneladas), son la marca registrada del arquitecto valenciano Santiago Calatrava, que dejó su impronta en Buenos Aires el año pasado, con el elegante -aunque estático-puente instalado frente a un hotel en el Dique 3 de Puerto Madero.

La «Shadow Machine» de Calatrava, exhibida en 1992 en el Moma y en 1993 en la Bienal de Venecia, ostenta el movimiento sinusoidal de las manos; el Pabellón del Lago de Lucerna flota sobre el agua y se abre gradualmente a la luz como una flor; el Pabellón de Kuwait de la Expo Sevilla '92, juega con el simbolismo de dos hojas de palmera que se mueven como abanicos; en la Plaza de España, se encrespan las enormes olas del estanque, y en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, un ojo gigantesco, abre y cierra su párpado frente a los visitantes.

El puente porteño de
Calatrava, sustentado por sus soberbios tensores semeja un pájaro decidido a remontar vuelo que trae, como la flor, otro mensaje de ilusión a los desanimados porteños, aunque inexplicablemente fue menos celebrado. Se trata de otra donación, estimada en 8 millones de dólares. Poco dinero, si se compara con el récord de 7 millones que la Secretaría de Cultura pagó en 1999 por las estatuas de Rosas y Evita.

Casi simultáneamente se erigieron en Buenos Aires dos monumentos: el de
Juan Manuel de Rosas realizado por Ricardo Dalla Lastra en los bosques de Palermo con un costo de 3 millones de dólares, y luego, frente a la Biblioteca Nacional el de Eva Perón, una estatua de Ricardo Giannetti que escaló a 4 millones. En su momento se criticó el monumento dedicado a Eva, instalado sin terminar, y no faltó quien se opusiera a que Rosas recibiera ese homenaje. Pero más allá de las apreciaciones estéticas y consideraciones ideológicas, lo llamativo de las obras, aún para el lego en materia de cotizaciones de arte y estatuaria, es sencillamente el costo. La obra de Giannetti superó en ese momento el precio récord de la historia del arte de Latinoamérica: los 3,2 millones de dólares que pagó Eduardo Constantini por el autorretrato de Frida Kahlo. Cifra top que causó conmoción en el mercado. Kahlo superó posteriormente ese récord, pero Giannetti ocupa todavía el segundo lugar en el ranking.

Consultado en esa fecha el escultor
Dalla Lastra, desestimó que el costo de su obra fuera elevado. «Gran parte de esos 3 millones de dólares se van en impuestos y no es tanto lo que queda», señaló, y agregó que su escultura ecuestre fue fundida en el exterior. En realidad, según figura en la Decisión Administrativa del 4 de enero de 1999, la cifra que se iba a destinar originalmente al monumento de Rosas era 4 millones de dólares, y al de Evita sólo 1 millón, pero en diversas ocasiones se modificaron los presupuestos. El nutrido jurado que seleccionó el proyecto de Giannetti (gestión Gutiérrez Walker), lo integró el académico Mario Roberto Alvarez, Herminda Duarte, Miguel Unamuno, Carlos de la Rosa, Ignacio Hernais, Nélida de Miguel, Irma Roig, Raúl Monetta,Alberto Petrina, Cristina Alvarez Rodríguez, Leo Vinci y Clorindo Testa. Todos cobraron 1.500 pesos por su trabajo.

Otros tiempos y otro país. El año pasado en pleno ajuste se inauguró en Berlín un monumento a San Martín y la comunidad alemana radicada en Argentina debió correr con los gastos. Los privados sí que lograron reducir costos: el bronce de dos metros y medio de alto encargado a
José María Toto sólo les costó 45.000 dólares, y el pedestal, 30.000. En total: 75.000. Todo incluido.

Para brindar una idea sobre los precios internacionales de la obra monumental, basta decir que el torso que donó el cotizado
Botero, ubicado en el circuito de la flamante «Floralis Generalis» y el bronce de Eva Perón, ronda los 700.000 dólares. El monto de las inversiones en arte que realiza el Estado no suele difundirse, por ese sentimiento generalizado de austeridad, de que no hay dinero para gastar. Al punto que cuando se exportan piezas irrecuperables, a nadie se le ocurre pensar en la posibilidad de comprarlas para enriquecer el patrimonio de nuestros museos. Poco antes de invertir 7 millones en monumentos, partió para Sotheby's de Londres una de las famosas «Parvas» de Monet que estaba estimada en apenas 2 millones de dólares.

Así, la mayor parte del arte europeo de fin y principios de siglo que atesoró la Argentina, se exportó y se continúa exportando. Como el imponente grupo escultórico de mármol realizado por
Mariano Benllieure, que perteneció a la colección Navarro Viola y ahora luce su esplendor en una plazoleta de Valencia, pues lo compró esa comunidad en 1989 por 400.000 dólares en un remate de la casa Posadas. En ese mismo remate, una pintura de Sorolla que envidiaría el Museo del Prado se vendió en sólo 150.000 dólares.

Entretanto, el próximo mayo se rematará en Nueva York uno de los mayores tesoros artísticos que quedan en manos argentinas y que aspiraba a un destino público.

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